El calor de San Pedro Sula a mediados de año tenía una densidad distinta, una pesadez tibia que se filtraba por las persianas del apartamento a media tarde y que parecía hacer que el tiempo avanzara con una calma deliberada. Me encontraba de pie frente al espejo de cuerpo entero en nuestra habitación, con la camiseta holgada de Ren recogida justo por encima del abdomen. Pasé las palmas de las manos sobre la curva ya prominente de mi vientre, sintiendo la firmeza nueva y redonda que marcaba mi quinto mes de gestación.
Era un cambio físico que aún me robaba el aliento cada mañana. Mi cuerpo, que durante meses había sido un recipiente de tensión, ansiedad y secuelas del agotamiento, se había transformado en un territorio seguro. A los cinco meses, los movimientos en mi interior habían dejado de ser sutiles burbujeos para convertirse en pequeños toques firmes, una presencia constante que me recordaba a cada segundo que el futuro ya no era una vaga promesa abstracta, sino una vida latiendo en tiempo real.
Desde la sala se escuchaba el sonido metálico de las herramientas de Ren y el suave deslizamiento de cajas de cartón. Habíamos dedicado todo el fin de semana a despejar el cuarto contiguo a la habitación principal —aquel espacio que al principio usábamos como depósito improvisado de cables, piezas de repuesto y mis lienzos antiguos— para comenzar a adaptarlo como el cuarto del bebé. Ver a Ren asumir esa tarea era contemplar una forma de amor que no necesitaba palabras grandilocuentes para manifestarse.
Salí de la habitación caminando con pasos lentos, adaptándome al nuevo centro de gravedad de mi cuerpo, y me apoyé contra el marco de la puerta de la nueva estancia. Ren estaba de rodillas sobre el suelo de cerámica limpia, usando un desarmador para ensamblar la estructura de madera clara de una cómoda infantil. Traía las mangas de su camisa gris enrolladas hasta los codos, revelando las venas marcadas de sus antebrazos por el esfuerzo, y una gota de sudor le bajaba por la sien. Tenía los labios entreabiertos en esa concentración absoluta con la que abordaba cualquier proyecto técnico, pero su postura denotaba una relajación profunda, sin la rigidez defensiva de los meses pasados.
—Te dije que podías dejar la parte pesada para cuando viniera tu hermano a ayudarte —comenté con una sonrisa suave, haciendo que levantara la cabeza.
Sus ojos oscuros me buscaron de inmediato, recorriendo mi figura con esa devoción serena que siempre lograba hacerme sentir protegida. Dejó la herramienta sobre el suelo, se puso de pie con una agilidad pausada y caminó hacia mí.
—No es pesado, mi amor —respondió, acortando la distancia para rodearme la cintura con la delicadeza con la que siempre me tocaba desde que la pancita comenzó a crecer—. Además, prefiero medir y asegurar cada tornillo yo mismo. Me da tranquilidad saber que todo en esta pieza está armado con la máxima estabilidad.
Se inclinó ligeramente para besar mi frente, dejando su frente apoyada contra la mía durante un segundo. Luego, bajó una de sus manos grandes y tibias para posarla sobre mi vientre. Casi por instinto, como si reconociera el contacto habitual, el bebé dio un pequeño empujón contra su palma. La cara de Ren se iluminó con esa expresión de asombro contenido que nunca dejaba de conmoverme; sus dedos se amoldaron a la curva de mi piel con una ternura infinita.
—Está despierto —susurró, rozando con el pulgar la tela de mi camiseta.
—Reconoce cuando su papá deja de hacer ruido con las herramientas —bromeé, acariciándole el cabello en la nuca—. Pero de verdad necesitas tomar un descanso y tomar agua. El calor del mediodía está fuerte.
—Está bien, te tomo la palabra. Voy por un vaso de agua a la cocina y reviso si la entrega de la pintura ecológicamente neutra que pedimos para la pared viene en camino.
Ren se giró hacia el pasillo con ese paso tranquilo que marcaba el ritmo de nuestro hogar. Yo caminé hacia el pequeño escritorio de la sala donde descansaba mi laptop. Durante esas últimas semanas, con el cansancio del primer trimestre superado y la estabilidad de nuestro entorno plenamente restablecida, mi creatividad había regresado con una fuerza limpia. Usaba Krita no como un refugio defensivo contra el estrés, sino como un lienzo de celebración: estaba diseñando una serie de ilustraciones digitales de animales del bosque para imprimirlas y colocarlas en las paredes de la habitación.
Encendí la pantalla de la computadora para guardar los avances del último dibujo. Mientras el sistema procesaba los archivos, escuché el sonido vibrante de mi teléfono celular sobre la mesa de centro, notificando un mensaje entrante.
Pensando que era una confirmación de la tienda de muebles o algún recordatorio de mi próxima cita médica de control obstétrico, me acerqué al sofá y tomé el aparato. La pantalla mostraba una notificación de un número desconocido, sin foto de perfil.
Deslicé el dedo para abrir la aplicación de mensajería. En el instante en que mis ojos leyeron el texto, el aire pareció congelarse dentro de mis pulmones. Un escalofrío helado y violento descendió por mi columna vertebral, borrando de un plumazo todo el calor de la tarde.
«Pensaron que me había olvidado de ustedes, ¿verdad? Qué bonita se te ve la panza caminando por el barrio. Disfruta tu tranquilidad mientras te dure, porque las deudas no se borran tan fácil.»
El teléfono pareció pesarme como si estuviera hecho de plomo. Mi respiración se volvió corta, acelerada, y el latido de mi corazón empezó a retumbar en mis oídos con un estruendo ensordecedor. La sensación de invasión, ese horror viscoso que creíamos haber dejado atrás tras la denuncia y el alejamiento de la anterior crisis laboral y de acoso, reapareció en un milisegundo, multiplicada por cien. Ya no era solo una amenaza hacia mi trabajo o mi paz mental; la mención directa a mi estado físico, a mi vientre de cinco meses, transformó el texto en una navaja dirigida directamente a lo más sagrado que poseía.