Nuestras noches en silencio

Capítulo 21: La sombra acechante (Parte 2)

Ren tomó el teléfono de mi mano con una calma tensa, una serenidad fabricada que solo utilizaba cuando la presión amenazaba con sobrepasarnos. Vi cómo sus ojos oscuros recorrieron la pantalla en segundos, fijándose en cada palabra del mensaje, en la sintaxis agresiva y en la mención explícita a mi estado. No hubo una reacción violenta e impulsiva; no tiró el teléfono ni profirió un insulto. En su lugar, vi la mandíbula de mi esposo apretarse hasta marcar los músculos de su rostro con una rigidez de piedra, mientras sus pupilas se dilataban en una concentración helada.

—Lyra, mírame —dijo, usando esa voz grave, baja y pausada que siempre intentaba anclarme a la realidad cuando mi mente comenzaba a perder el control.

Me costaba trabajo enfocar la vista. El corazón me golpeaba las costillas con una fuerza salvaje, y la sensación de vulnerabilidad me oprimía el pecho de tal forma que apenas podía llevar aire a mis pulmones. Puse la mano sobre mi vientre, en un gesto instintivo de protección, temiendo que la marea de adrenalina y pánico que me recorría pudiera alcanzar al bebé.

—Mírame a los ojos, mi amor —insistió Ren, dejando el teléfono sobre la mesa de centro y tomando mis manos temblorosas entre las suyas. Su tacto era firme, cálido y absolutamente presente—. Estás a salvo. Estás aquí conmigo, en nuestro apartamento. Nadie va a cruzarse en nuestro camino.

—Ren... sabía lo de la panza —articulé con un hilo de voz, sintiendo que las lágrimas finalmente se agolpaban en mis ojos y comenzaban a rodar por mis mejillas—. Nos está viendo. Sabe cómo me veo, sabe que salgo...

—No nos va a tocar —sentenció él con una convicción tan rota como inquebrantable—. Esto es una táctica de intimidación, un intento desesperado por sembrar miedo porque sabe que habíamos recuperado el control. Pero esta vez no estamos desarmados ni sorprendidos.

Se puso de pie sin soltar del todo mi mano, manteniéndome sujeta mientras sacaba su propio teléfono del bolsillo. Con una destreza rápida y metódica, tomó una captura de pantalla del mensaje desde mi celular, envió el archivo a su propio dispositivo y guardó el número desconocido en su lista de registros técnicos. Lo vi activar una aplicación de respaldo de datos y seguridad que él mismo configuraba para sus sistemas, asegurando la preservación de los metadatos de la conversación.

—Voy a hacer un rastreo del origen de la red desde donde se envió este mensaje y a preparar el reporte preliminar —explicó, hablando en voz alta no solo para coordinar sus pasos, sino para mantenerme informada y evitar que el silencio alimentara mis pensamientos más oscuros—. Mientras tanto, la regla cambia desde hoy: no vas a salir sola ni a la esquina. Las compras las haré yo o las pediremos a domicilio.

—No quiero que te expongas tú tampoco —susurré, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano.

—Yo me sé cuidar, Lyra. Mi prioridad absoluta en este mundo son ustedes dos —respondió, arrodillándose de nuevo frente a mí para besar mis manos con una devoción desgarradora—. No voy a permitir que nada ni nadie amenace la vida que estamos construyendo.

A pesar de sus palabras reconfortantes, el aire dentro del apartamento había cambiado de forma irreversible. La estancia que minutos antes olía a madera limpia, pintura ecológicamente neutra y proyectos de nido se sentía de pronto como un espacio rodeado por cercos invisibles. La sombra que creíamos haber disipado con denuncias previos y el aislamiento voluntario había vuelto a filtrarse por las grietas de nuestra cotidianeidad.

Durante las horas siguientes, Ren se movió con un rigor metódico. Revisó cada una de las cerraduras del apartamento, verificó los sensores de las ventanas y ajustó la privacidad de nuestras redes domésticas. Yo me quedé sentada en el sofá, acurrucada con una manta ligera a pesar del calor sofocante de San Pedro Sula, incapaz de regresar a la habitación del bebé o de volver a abrir el programa de diseño en la laptop. El dibujo de los animales del bosque que había estado trazando con tanto amor en Krita parecía ahora pertenecer a una realidad lejana e ingenua.

Caída la tarde, el cielo sobre la ciudad se tiñó de un naranja violáceo denso, presagio de las lluvias que solían caer al anochecer. Ren se sentó a mi lado, trayendo una taza de té tibio que me ofreció con infinita paciencia. Me acomodé contra su costado, buscando la solidez de su torso, sintiendo el ritmo constante de sus latidos contra mi cabeza.

—Mañana iré a la fiscalía a presentar la ampliación de la denuncia con esta nueva prueba —dijo suavemente, acariciándome el hombro—. Querían asustarnos, Lyra, pero lo único que lograron fue recordarme que no puedo bajar la guardia un solo segundo.

Apoyé la mano sobre la suya, bajándola lentamente hasta volver a posarla sobre mi abdomen. En ese instante, el bebé volvió a moverse, un golpe sutil pero claro contra nuestras palmas unidas. Mire a Ren a los ojos; debajo de su fortaleza madura y de su postura inquebrantable, alcancé a percibir un destello microscópico de temor, la fisura humana de un hombre que amaba demasiado y que sabía que el mundo exterior era un lugar hostil.

—Vamos a estar bien, ¿verdad? —pregunté, necesitando escuchar el decreto de sus labios.

Ren me miró en silencio durante un segundo, inclinándose para besarme los labios con una lentitud profunda, sellando el espacio entre los dos antes de responder.

—Mientras yo respire, nada les va a pasar. Te lo prometo.




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