Nuestras noches en silencio

Capítulo 21: La sombra acechante (Parte 3)

La noche cayó de golpe sobre San Pedro Sula, acompañada por el retumbo distante de un trueno que anunciaba la lluvia sobre el valle. El aire cargado de humedad hacía que el ambiente dentro del apartamento se sintiera espeso, casi asfixiante. A pesar de que Ren había ajustado los ventiladores y mantenía el aire acondicionado en una temperatura fresca, una sensación de claustrofobia física se había apoderado de mí. La sombra del mensaje no solo había contaminado la tarde; se había instalado en cada rincón de nuestra rutina como un polvo invisible que lo cubría todo.

Ren no se había apartado de mi lado desde que terminó de revisar las cerraduras. Cenamos en silencio, apenas probando bocado, con el plato sobre la mesa de centro mientras la televisión encendida a volumen bajo servía como un ruido de fondo infructuoso para intentar llenar el vacío. Cada pequeño sonido del exterior —el motor de un auto acelerando en la calle principal, los pasos apresurados de algún vecino en el pasillo del edificio, el crujido de la madera por el cambio de temperatura— hacía que mis hombros se tensaran de inmediato.

Cerca de las diez de la noche, nos trasladamos a la habitación principal. Me acosté de lado en la cama, apoyando una almohada entre las rodillas para amoldar la postura a la curva pesada de mi vientre de cinco meses. Ren se metió bajo las sábanas detrás de mí, pegando su pecho a mi espalda y envolviéndome con un brazo firme sobre las costillas. Su presencia física era un escudo macizo, pero incluso a través de la tela de su camiseta podía sentir la tensión contenida en sus músculos, ese estado de alerta latente del hombre que se sabe en guardia constante.

—No has dormido nada, Ren —susurré, buscando su mano con los dedos y entrelazándolos sobre mi vientre.

—Estoy bien, mi amor. Solo estoy pensando —respondió contra mi cuello, su voz una vibración grave y cálida que intentaba transmitirme la calma que sus propios pensamientos le negaban.

—Estás repasando el código del mensaje, ¿verdad? Buscando patrones... o nombres.

Escuché un leve suspiro que brotó de lo más profundo de su pecho. Su pulgar comenzó a trazar círculos lentos sobre el dorso de mi mano.

—Es un número virtual, Lyra. Un servicio de mensajería desechable generado desde una dirección IP enmascarada con VPN. Quien lo envió sabe lo suficiente de herramientas básicas como para no dejar una ruta directa en una revisión simple. Pero no es inaccesible. Mañana, antes de ir a la fiscalía, voy a extraer los encabezados completos del tráfico de datos que llegaron al servidor de tu línea. Siempre hay una fuga de información, por mínima que sea. Una ubicación de celda, un rango de hora, un proveedor local.

Escuchar su mente técnica trabajar de esa forma me reconfortaba y me aterraba a la vez. Admiraba la lucidez helada con la que Ren procesaba la amenaza, la forma en que transformaba el pánico en un problema de lógica y seguridad que podía descomponer y neutralizar. Pero al mismo tiempo, el contraste entre su dedicación pragmática y la fragilidad de mi propio estado me hacía sentir terriblemente expuesta.

Me giré sobre el colchón con lentitud, cuidando no forzar la espalda, hasta quedar frente a él. La penumbra de la habitación, apenas iluminada por el resplandor azulado del indicador del aire acondicionado, recortaba sus facciones pulidas y severas. Le pasé la mano por la mejilla, sintiendo el rasgar fino de su barba de dos días.

—Tengo miedo, Ren —confesé en un murmullo roto, dejando caer la máscara de entereza que había intentado sostener durante la cena—. No por mí. Ya viví el acoso, ya viví la vergüenza y el agotamiento cuando me destruyeron en el trabajo... puedo soportarlo. Pero este bebé no tiene cómo defenderse. Pensar que alguien ahí afuera nos está mirando, que sabe que llevo una vida dentro de mí y que lo usa como un arma para torturarnos... me rompe por dentro.

Ren no respondió de inmediato. Lo vi cerrar los ojos durante un segundo eterno, un gesto microscópico de dolor que reveló la grieta en su propia armadura. Cuando volvió a abrir los ojos, la ternura que brillaba en su mirada estaba teñida de una resolución feroz, una promesa implacable de protección que me caló hasta los huesos.

Se acercó más, acortando cualquier espacio entre los dos, y volvió a tomar mi rostro entre sus manos. Sus palmas grandes y firmes se sintieron como la única certeza en medio de la tormenta.

—Escúchame bien, Lyra —dijo, pronunciando cada palabra con una lentitud medida, asegurándose de que se grabara en mi mente—. Nadie va a tocar a nuestro hijo. Nadie te va a volver a hacer daño. Lo que pasó en el pasado ocurrió porque estabas sola en un ambiente hostil, pero aquí no estás sola. Este apartamento es infranqueable, yo estoy aquí y no voy a permitir que ninguna sombra toque la vida que estamos creando. Si tengo que mover cielo y tierra, si tengo que gastar cada recurso y cada hora de mi vida en acorralar a quien sea que esté detrás de esto, lo voy a hacer. ¿Me oyes?

Asentí despacio, sintiendo una lágrima solitaria rodar por mi pómulo hasta mojar la palma de su mano. Ren la limpió con la yema del pulgar, inclinado la cabeza para besar mis labios en un contacto largo, cargado de una devoción trágica y pura. Luego, bajó el rostro hasta la curva de mi vientre, apoyando la frente contra la piel tibia sobre la camiseta.

Se quedó allí durante mucho tiempo, respirando al ritmo de nuestro bebé, convirtiendo su propio cuerpo en un muro de contención contra el mundo exterior. A los pocos minutos, las primeras gotas de la lluvia torrencial comenzaron a repicar con fuerza contra el cristal de la ventana, llenando la habitación con el murmullo denso del agua cayendo sobre San Pedro Sula.

Me quedé acariciando su cabello oscuro en la oscuridad, contemplando la pared en penumbras mientras el cansancio físico del quinto mes terminaba por vencer la resistencia de mis párpados. La sombra había regresado a nuestras vidas, pero entre la tormenta y nosotros, la figura inquebrantable de Ren permanecía erguida, dispuesta a sostener el peso de todo nuestro universo.




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