Nuestras noches en silencio

Capítulo 22: La grieta en la muralla (Parte 2)

La tranquilidad del fin de semana se esfumó a primera hora de la mañana del lunes con el sonido insistente del teléfono de Ren sobre la mesa de noche. Eran apenas las seis y media cuando el tono de llamada de su empresa rompió el silencio de la habitación. Lo vi reaccionar al instante, pasando del sueño profundo a la lucidez técnica en cuestión de segundos, estirando el brazo para contestar mientras me echaba una mirada instintiva de disculpa.

—¿Qué pasó, Marco? —preguntó con la voz grave aún rasposa por el sueño. Escuchó en silencio durante un par de minutos, mientras su ceño se iba frunciendo gradualmente—. ¿Colapsó el nodo central? No, eso no puede ser un fallo de ruta normal... Está bien, denme treinta minutos. Salgo para allá.

Colgó la llamada y se pasó la mano por el rostro con un suspiro pesado. Yo me acomodé sobre los cojines, sintiendo el tirón leve en la espalda baja que se había vuelto mi constante al despertar en este sexto mes.

—¿Ocurrió algo grave? —pregunté, observando cómo se ponía de pie y comenzaba a vestirse con una agilidad metódica.

—El servidor de contingencia de la sede principal se cayo y el sistema de respaldo no está respondiendo como debería —explicó, abotonándose la camisa a toda prisa—. Es un problema físico en el bastidor de red. Tengo que ir presencialmente a la oficina a revisar los switches. Me va a tomar casi todo el día resolverlo, Lyra.

Noté la sombra de vacilación en sus ojos. A pesar del mes entero de calma y de la ausencia total de amenazas, a Ren todavía le costaba trabajo romper el perímetro y dejarme sola en el apartamento durante un periodo prolongado. Caminó hacia la cama, se inclinó y me tomó el rostro con la calidez de siempre, dejando un beso prolongado en mis labios antes de bajar su mano para acariciar la firmeza redonda de mi vientre.

—No me gusta la idea de dejarte sola tantas horas —admitió en un murmullo bajo, dejando ver esa vulnerabilidad que solo mostraba en la intimidad—. Puedo pedirle a mi hermano que venga a acompañarte o ver si puedo gestionar la revisión de forma remota desde aquí...

—Ren, mi amor, tranquilo —lo interrumpí con una sonrisa suave, tomando sus dedos para tranquilizarlo—. Ha pasado un mes entero. Las cerraduras están reforzadas, el apartamento es seguro y no pienso moverme de aquí en todo el día. Además, solo vas a estar a veinte minutos en auto. No te preocupes por mí.

—Vas a mantener el teléfono cerca, ¿verdad? Cualquier cosa, por mínima que sea, me llamas de inmediato —insistió, mirándome fijamente.

—Te lo prometo. Ve a resolver ese fallo técnico. Tu equipo te necesita y el bebé y yo vamos a estar perfectamente bien descansando en el sofá.

Después de varios minutos de recomendaciones, de verificar que los cerrojos quedaran pasados por dentro y de dejarme una jarra de agua fresca y frutos secos sobre la mesa de centro, Ren finalmente salió del apartamento. Escuché el sonido del motor de su Corolla alejarse por la calle principal y me quedé en la calma tibia del salón.

Las primeras horas de la mañana transcurrieron con una lentitud apacible. Aproveché la soledad para avanzar en mis bocetos en Krita, trabajando sobre la laptop en la barra de la cocina. El bebé estuvo especialmente activo durante el mediodía, respondiendo con pequeñas patadas firmes cada vez que me reclinaba hacia atrás para estirar las piernas. Ver mi vientre abultarse bajo la tela suelta de mi vestido materno me llenaba de una serenidad que parecía indestructible. Habíamos sobrevivido a la tormenta más oscura; la vida estaba abriéndose paso con una fuerza hermosa y constante.

Para las tres de la tarde, la luz del sol sobre San Pedro Sula se volvió más densa y el calor dentro del departamento comenzó a elevarse. Me levanté para servirme un vaso de agua y fue entonces cuando noté el pequeño bote de galletas de avena en la alacena completamente vacío. Había estado sintiendo un antojo persistente desde la mañana y la idea de pasar el resto de la tarde sin algo dulce para acompañar el té se me hizo extrañamente pesada.

Miré por la ventana del balcón. La tienda de conveniencia de la gasolinera estaba justo al cruzar la esquina, a no más de cincuenta metros de la puerta principal del edificio. Era un tramo ridículamente corto, una caminata de apenas dos minutos por una acera concurrida y a plena luz del día.

"No vale la pena molestar a Ren por una tontería así", pensé, recordando lo saturado que debía estar en el trabajo enfrentando el colapso de los servidores. Tampoco quería seguir comportándome como una prisionera dentro de mi propio hogar por un miedo que pertenecía al pasado. Necesitaba demostrarme a mí misma que podía dar diez pasos fuera de casa sin caer en la paranoia.

Tomé las llaves, metí el teléfono en el bolsillo de mi vestido y deslizé los pies en un par de sandalias cómodas. Sin saber que estaba dando el primer paso hacia la trampa perfecta, abrí la puerta del apartamento y me adentré en el pasillo, dejando atrás la seguridad de la muralla que con tanto celo habíamos protegido.




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