Nuestras noches en silencio

Capítulo 22: La grieta en la muralla (Parte 3)

El aire de la tarde me recibió con ese golpe de calor húmedo característico de la ciudad, un soplo denso que hizo que la tela liviana de mi vestido se pegara sutilmente a la curva pronunciada de mi vientre. Caminé a un ritmo pausado por la acera, disfrutando del estiramiento de las piernas y del murmullo habitual del tráfico a esas horas. Apenas fueron unos cincuenta metros; cruzar el portón del edificio, bordear la acera de la esquina y entrar a la tienda de conveniencia climatizada.

Todo fue absurdamente rápido y cotidiano. Compré el paquete de galletas de avena, pagué en la caja con unas cuantas monedas y volví a salir a la calle, sintiendo una pequeña victoria infantil por haber hecho algo tan simple por mi cuenta. Me sentía ligera, realizada dentro de mi propia autonomía, recordando que la vida real continuaba al margen de las sombras del pasado.

Estaba a solo diez pasos del portón de entrada de mi edificio cuando una voz conocida rompió el ruido de los motores de la calle.

—¿Lyra? ¡Pero qué sorpresa volver a verte!

Me detuve y me giré despacio, acomodando el paquete de galletas contra mi costado. Frente a mí, parado junto a la sombra de un árbol de la acera, estaba un hombre vestido con ropa casual, luciendo una sonrisa amplia y amigable. Tarde un segundo en procesar su rostro hasta que los engranajes de mi memoria encajaron.

Era Daniel. Había sido compañero de departamento en la empresa de diseño donde trabajé antes de la crisis, alguien con quien compartí almuerzos en la cafetería, discusiones sobre entregas de proyectos y conversaciones informales durante años. No era un desconocido; era una cara familiar, una presencia asociada a mi antigua vida laboral antes de que todo colapsara.

—¿Daniel? —pregunté, dejando escapar un suspiro de alivio genuino mientras mi postura se relajaba por completo—. ¡Qué barbaridad, qué pequeño es el mundo! Casi no te reconozco.

—Se nota que ha pasado tiempo —dijo él, dando un par de pasos lentos hacia mí con las manos metidas en los bolsillos, manteniendo un tono de voz suave, casi nostálgico—. Y me doy cuenta de que no solo ha pasado tiempo... ¡mira nada más cómo estás! Felicidades, Lyra. De verdad te ves increíble.

La calidez y la naturalidad de su saludo disiparon cualquier atisbo de alerta que pudiera quedarme. Al ver la sonrisa tranquila de un viejo conocido felicitándome por mi estado, bajé la guardia por completo. Pasé la mano sobre mi vientre con ese orgullo instintivo de madre, sonriendo con sinceridad.

—Gracias, Daniel. Sí, ya cumplí los seis meses —respondí, bajando la voz en una charla casual de acera—. Ha sido un camino largo, pero estamos muy felices. ¿Y tú qué haces por este sector?

—Ah, tenía unos mandados que hacer cerca —respondió él, acortando un paso más la distancia, con los ojos fijos en mi rostro, sin perder esa sonrisa amable que, bajo la luz sesgada del sol poniente, comenzaba a congelarse en una fijación extraña—. Ya sabes cómo es esto... uno siempre termina regresando a los lugares donde dejó pendientes.

—Sí, claro... —murmuré, sintiendo un sutil pinchazo de desconcierto por el giro de su frase, aunque sin llegar a reaccionar.

—Qué lástima que Ren no esté contigo para saludarlo también —añadió Daniel, ladeando la cabeza con una calma helada—. Aunque claro... con el desastre de los servidores en su oficina hoy, era imposible que estuviera aquí a esta hora, ¿verdad?

Un frío repentino me atravesó el pecho de parte a parte. El nombre de Ren en sus labios, la mención exacta de su problema de trabajo... la sonrisa de Daniel dejó de parecer amigable para convertirse en una máscara afilada. Intenté dar un paso hacia atrás hacia la reja del edificio, pero el peso del sexto mes hizo que mi movimiento fuera lento.

—¿Cómo... cómo sabes lo de Ren? —alcancé a articular con un hilo de voz, sintiendo que la bolsa de galletas se resbalaba de mis dedos.

Daniel dio el último paso, bloqueándome el paso hacia el portón, y se inclinó apenas un poco hacia mí. Su rostro estaba tan cerca que pude ver el destello de una satisfacción oscura y enferma ardiendo en sus ojos.

—Porque fui yo quien hizo la llamada a su empresa para reportar la caída del nodo, Lyra —susurró con una voz suave, casi cariñosa—. Un mes entero esperando a que bajaras la guardia... y al fin estás aquí conmigo.

La vi palidecer. Ver cómo la sangre se le escapaba del rostro en un segundo, mientras la comprensión golpeaba sus ojos, fue una sensación infinitamente superior a cualquiera de los mensajes anónimos que le había enviado.

Ahí estaba Lyra, la misma que me había ignorado en la oficina, la que prefirió aislarse con el técnico de sistemas antes que darme un minuto de atención. Toda su supuesta seguridad, su vida perfecta de casada y la curva prominente de ese vientre que paseaba con tanto orgullo frente al vecindario... todo había quedado al descubierto en cuestión de diez metros de acera.

Había sido absurdamente fácil. Treinta días de paciencia absoluta, esperando el momento exacto en que Ren tuviera que salir corriendo por una emergencia técnica fabricada desde una conexión externa. Solo necesitaba que ella saliera un paso fuera del perímetro. Solo necesitaba que me reconociera como un "amigo".

La vi tambalearse ligeramente, llevando una mano temblorosa hacia su abdomen en ese patético intento de protección instintiva. La respiración se le aceleró de golpe, exactamente como lo imaginé cada noche mientras vigilaba las luces de su apartamento desde mi auto.

—Tranquila, Lyra —le dije, manteniendo mi sonrisa mientras extendía la mano para sujetarla con firmeza del antebrazo, impidiendo que diera un solo paso atrás hacia la puerta—. No hagas ningún show en la calle. Tú y yo tenemos muchas cosas de las que hablar... y esta vez, tu esposo no va a venir a salvarte.




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