El agarre de Daniel sobre mi antebrazo no era violento en apariencia, pero tenía la rigidez helada de un tornillo de banco. El aire en la acera pareció espesarse de golpe, sofocante, cargado del olor a humo de los motores y del calor abrasador de la tarde sampedrana. Miré su rostro a escasos centímetros del mío y el terror me paralizó la lengua durante unos segundos eternos. El hombre con el que había compartido cafés en la oficina, el que escuchaba mis quejas sobre los plazos de entrega, me miraba ahora con unos ojos ajenos, desprovistos de cualquier rastro de empatía humana.
—Suéltame, Daniel... por favor —logré articular, con un hilo de voz que se quebró antes de salir de mi garganta.
—No te voy a soltar, Lyra. Tuviste un mes entero para buscarme, para darte cuenta de que ese estúpido técnico de sistemas no es el hombre que necesitas —susurró, tirando suavemente de mi brazo hacia el callejón lateral que bordea el edificio, una zona en sombra donde la visibilidad desde la calle principal disminuía drásticamente—. Solo vamos a caminar un par de metros. Tienes que escucharme.
El pánico, espeso y visceral, venció a la parálisis. El instinto más primario de conservación, empujado por la presencia viva de mi bebé latiendo bajo mi vientre de seis meses, tomó el control absoluto de mi cuerpo. Me planté sobre el pavimento, clavando los talones de mis sandalias, y tiré de mi brazo con toda la fuerza que pude reunir.
—¡Que me sueltes! ¡Auxilio! —grité con todas mis fuerzas, rompiendo el murmullo de la calle.
La reacción de Daniel fue instantánea y despiadada. La máscara de falsa cordura se le desmoronó del rostro en una fracción de segundo, sustituida por una mueca de rabia ciega.
—¡Cállate! —siseó, perdiendo el control.
En lugar de soltarme, arremetió hacia adelante para cubrirme la boca con la mano libre. El peso de su cuerpo contra el mío me desequilibró por completo. Intenté girar el torso, metiendo los brazos de forma desesperada entre su impacto y mi abdomen, protegiendo con la espalda y los puños la redondez firme de mi gestación. Pero el centro de gravedad de mi cuerpo de seis meses era distinto, torpe, vulnerable.
El empujón brutal de Daniel me proyectó hacia atrás. Volé prácticamente un par de metros antes de que mi espalda impactara contra el filo del bordillo de la acera. El choque rompió mi inercia y me hizo caer de lado sobre el concreto recalentado.
Y entonces ocurrió el desastre.
Al intentar amortiguar la caída con la mano izquierda, el pie se me enganchó en la tela suelta del vestido. Mi cuerpo giró hacia adentro y caí de lleno, con todo el peso de mi torso y la fuerza del impacto seco, directamente sobre el vientre contra el pavimento duro.
El sonido no fue alto, pero dentro de mi cabeza sonó como el estallido de un cristal definitivo. Un dolor sordo, brutal y aplastante me atravesó el abdomen de lado a lado, cercenándome el aire en los pulmones antes de que pudiera volver a gritar. Fue un golpe seco, lacerante, que pareció detener el pulso del mundo a mi alrededor.
—¡Oiga! ¡¿Qué le pasa?! ¡Déjela en paz! —la voz lejana de un vendedor ambulante o de un transeúnte resonó desde la esquina de la gasolinera.
Daniel dio dos pasos hacia atrás, mirando mis manos aferradas al vientre y mi cuerpo encogido sobre la acera. En sus ojos vi el chispazo del pánico cobarde. Echó una mirada rápida a ambos lados de la calle, dio media vuelta y echó a correr a toda prisa, perdiéndose en el flujo de la avenida hasta que sus pisadas se apagaron en la distancia.
Pero yo ya no estaba en la calle. Yo había descendido a un pozo de oscuridad helada.
Me quedé tirada sobre el costado derecho, sobre el concreto hirviente, acurrucada en posición fetal en un intento agónico y desesperado de envolver mi vientre con ambos brazos.
—No, no, no... por favor, no... —gemí contra el suelo, con la frente apoyada en la tierra seca.
Entonces lo sentí.
No era solo el dolor físico, que crecía en olas punzantes y desgarradoras desde el centro de mi pelvis hacia la espalda baja. Era la sensación interna, la aterradora y destructiva certidumbre de que algo dentro de mi cuerpo se había roto. La vibración cálida, las pataditas firmes y llenas de vida que me habían acompañado durante toda la mañana, cesaron de golpe. Un silencio denso, pesado y sepulcral se apoderó de mi matriz.
Llevé las manos temblorosas hacia la parte baja de mi vestido. La tela liviana comenzaba a empaparse de un calor húmedo, espeso y oscuro que se extendía rápidamente entre mis muslos.
—Mi bebé... Ren... por Dios, mi bebé... —susurré, mientras la vista se me nublaba por completo en un mar de lágrimas y la luz de la tarde de San Pedro Sula se apagaba en sombras borrosas.
Las voces de la gente que comenzaba a rodearme, los gritos pidiendo una ambulancia y el ruido del tráfico se convirtieron en un eco lejano e inútil. En medio del pavimento, desangrándome en la soledad de la acera, solo podía pensar en la promesa que le había hecho a Ren unas horas antes: no pienso moverme de aquí, vamos a estar bien.