Nuestras noches en silencio

Capítulo 23: La noche más larga (Parte 2)

El hedor a ozono y plástico caliente del centro de datos solía ser el único ambiente donde mi mente encontraba un orden absoluto. Frente al servidor principal de la sede, rodeado por el zumbido ensordecedor de los ventiladores y el parpadeo verde de los switches, mi vida era una serie de códigos de error y soluciones lógicas. Pero a las cuatro de la tarde, una presión inexplicable, una garra helada metida justo en el centro del pecho, me hizo soltar el destornillador sobre la bandeja de metal.

No había ninguna razón técnica. El patch panel estaba casi listo y la ruta de contingencia respondía. Pero el pulso me dio un vuelco violento, como si un hilo invisible ligado a mi propia carne se hubiera tensado hasta romperse a kilómetros de distancia.

Me saqué los guantes de hule a la prisa y eché la mano al bolsillo. Mi pantalla no tenía llamadas perdidas de Lyra. Solo una notificación del grupo de seguridad del condominio.

Casi al mismo tiempo, el teléfono vibró con una llamada entrante. No era el número de nuestra casa. Era un número desconocido con el prefijo de urgencias médicas de la ciudad.

—¿Señor Ren? —la voz de una mujer al otro lado sonaba acelerada, con el eco sordo de un pasillo clínico de fondo.

—Sí, con él. ¿Qué ocurrió? —pregunté, sintiendo cómo el frío me subía desde los pies hasta la nuca.

—Le hablamos del Hospital Mario Catarino Rivas. Ingresó una paciente femenina de nombre Lyra... sufrió un traumatismo severo en la vía pública. Necesitamos que se presente de inmediato en el área de shock de Urgencias.

El mundo se volvió un punto blanco.

No recuerdo haber guardado las herramientas. No recuerdo qué le dije a Marco al salir corriendo del cuarto de servidores, ni cómo bajé las escaleras de tres en tres hasta el estacionamiento. Lo único que llenó mi mente fue la imagen de Lyra esa misma mañana: acomodada en el sofá, sonriéndome con la luz del sol dándole en el rostro, asegurándome que no se movería del apartamento.

Manejé el Corolla por el trágico tráfico de San Pedro Sula como si la carretera estuviera desierta. Esquivé vehículos, salté semáforos en amarillo y me aferré al volante con los nudillos blancos, tragándome el aire hirviente que entraba por la ventana. Mi mente, siempre enfocada en prevenir el peor escenario, se convirtió en una pesadilla en bucle: ¿Un accidente? ¿Un tropiezo? ¿O la sombra que juré mantener lejos de ella?

Cuando atravesé las puertas dobles de Urgencias, el olor a antiséptico y el caos habitual de la sala me golpearon el rostro. Corrí hacia el mostrador de recepción, estampando ambas manos contra el acrílico.

—Lyra... mi esposa. Entró hace unos minutos, ¿dónde está? —exigí, con la voz ronca y el aliento cortado.

La enfermera ni siquiera tuvo que buscar en el sistema; vio la desesperación salvaje en mis ojos y señaló hacia el pasillo de traumatología.

—Pabellón dos. La están preparando para quirófano de emergencia.

Avancé a zancadas por el pasillo. La vi a lo lejos, sobre una camilla rodeada por dos médicos y una enfermera que conectaba bolsas de solución salina a su brazo.

Al acercarme, el corazón se me hizo pedazos en el pecho.

Lyra estaba pálida, con los labios desprovistos de color y el cabello enredado pegado a la frente por el sudor frío. Su vestido liviano estaba manchado de tierra en el hombro, pero lo que me paralizó la sangre fue la mancha oscura, densa y macabra que cubría la parte inferior de la tela. Tenía los ojos entreabiertos, fijos en el techo, vacíos de la luz que siempre la caracterizaba.

—¡Lyra! —grité, cayendo de rodillas al lado de la camilla y tomando su mano helada entre las mías.

Su mirada tardó un segundo agónico en enfocarme. Cuando me reconoció, sus dedos temblorosos apretaron los míos con una desesperación que me desgarró el alma.

—Ren... —un hilo de voz, rasposo y cargado de un dolor inimaginable, brotó de sus labios—. Ren, no me dejó... Daniel estaba afuera... me empujó...

—¿Qué? —el nombre resonó en mi cabeza como un disparo, pero el médico de guardia me sujetó con firmeza del hombro, separándome de la camilla.

—Señor, tiene que dejarnos trabajar ya —ordenó el doctor con gravedad—. Hay una hemorragia severa por desprendimiento prematuro de placenta tras el golpe abdominal. El feto no muestra frecuencia cardíaca. Tenemos que intervenir inmediatamente para salvarle la vida a su esposa.

Las palabras flotaron en el aire como navajazos. Sin frecuencia cardíaca. Salvar la vida a su esposa.

La camilla empezó a moverse hacia las puertas dobles del quirófano. Me solté del agarre del médico para acompañar el trayecto, apretando la mano de Lyra hasta el último milímetro permitido.

—Voy a estar aquí afuera, Lyra. No me voy a mover de aquí, te lo juro —le dije con lágrimas cayéndome por el rostro, mirando sus ojos aterrorizados antes de que las puertas de acero se cerraran violentamente en mi cara, dejándome solo en el pasillo helado.




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