El despertar no trajo luz, solo una pesadez estéril que olía a desinfectante y a metal.
Las luces del techo del cuarto de recuperación flotaban como halos borrosos sobre mí. El dolor físico en el abdomen se había transformado en un vacío sordo, una punzada constante y hueca, entumecida por los analgésicos que goteaban por la vía en mi mano. Pero el verdadero peso no estaba en la herida, sino en el silencio atronador que habitaba dentro de mi cuerpo.
Ya no había latido. Ya no había ese roce firme y constante que me devolvía la vida cada tarde. El vientre, antes redondo y lleno de futuro, se sentía plano, extraño, como una tierra devastada por un incendio.
Giré la cabeza con torpeza sobre la almohada. Ren estaba ahí, sentado en la silla plástica al lado de la cama. Tenía la cabeza apoyada entre las manos, los hombros hundidos en una postura de derrota absoluta que jamás le había visto. Al escuchar el leve roce de las sábanas, levantó la vista. Tenía los ojos inyectados en sangre, rodeados de ojeras oscuras y marcados por las huellas de lágrimas secas.
—Lyra... —murmuró, poniéndose de pie de inmediato. Me tomó la mano con un cuidado tan extremo, tan frágil, como si temiera romperme con solo tocarme.
—Ren... —mi voz fue apenas un susurro raspado—. Mi bebé... ¿dónde está mi bebé?
Él no respondió con palabras. Solo se inclinó sobre la cama, apoyó la frente contra la mía y dejó escapar un sollozo ahogado que le sacudió todo el torso. Ese llanto silencioso y destrozado fue mi única respuesta. La confirmación del abismo.
—Lo siento... lo siento tanto, mi amor... —susurró él contra mi piel, apretando mi mano contra su pecho.
El dolor me atravesó el alma como una lámina de hielo. Cerré los ojos, pero no pude llorar de inmediato; en su lugar, una ola de culpa venenosa comenzó a filtrarse por cada rincón de mi mente. Fue por las galletas. Fue porque no quise molestarlo. Fue porque salí. Las palabras de Daniel resonaban en mi cabeza como un eco malévolo: un mes entero esperando a que bajaras la guardia...
—Fue mi culpa —articulé en un hilo de voz, fijando la mirada en el techo blanco—. Tú me dijiste que me quedara adentro... yo bajé la guardia, Ren. Si tan solo me hubiera quedado en la cocina...
—¡No! —Ren se levantó ligeramente, mirándome con una desesperación feroz en los ojos—. Jamás vuelvas a decir eso, Lyra. Escúchame bien: tú no tuviste la culpa de nada. Ese miserable planeó esto, nos manipulo a todos... La culpa es de él. Únicamente de él.
Pero sus palabras rebotaban en la muralla de shock que comenzaba a erigirse alrededor de mi conciencia. Lo miré a la cara y vi el dolor inconmensurable que lo consumía, la culpa reflejada en sus propios ojos por no haber estado ahí para protegerme, el odio negro que se gestaba detrás de su mirada. Y el miedo a terminar de romperlo me paró la garganta.
El médico había sido glacialmente preciso dos horas antes: el impacto causó un desprendimiento total de placenta; no hubo forma de salvar al bebé. Lyra estaba fuera de peligro vital, pero el trauma físico y psicológico dejaría marcas profundas.
Ahora, sosteniendo su mano helada en la penumbra de la habitación de hospital, sentía que una parte fundamental de mí había muerto en ese quirófano. La vida estructurada, metódica y protectora que había construido meticulosamente para nosotros se había derrumbado en un charco de sangre sobre la acera de nuestro propio edificio.
La vi cerrar los ojos, retirándose lentamente hacia un rincón oscuro e inaccesible de su propia mente. Esa distancia sutil, el inicio de una disociación nacida del trauma y la culpa, me aterrorizó más que cualquier amenaza. Intenté hablarle, recordarle que estábamos juntos en esto, pero la sombra de Daniel se interponía entre los dos como una pared de humo denso.
Un policía de investigación esperaba afuera en el pasillo para tomar la declaración formal. Me levanté despacio, le di un beso suave en la frente a Lyra —quien apenas reaccionó al contacto— y salí al pasillo helado del hospital.
Al cerrar la puerta de la habitación, el aire me faltó en los pulmones. Me apoyé contra la pared de azulejos blancos, apretando los puños con tal fuerza que las uñas se me clavaron en la palma de la mano hasta casi hacer sangrar la piel. El técnico de sistemas, el hombre razonable que buscaba soluciones lógicas para cada problema, había desaparecido.
En su lugar, bajo las luces de neón del pasillo, solo quedaba un frío absoluto y una certeza devastadora: Daniel no solo nos había arrebatado a nuestro hijo; había destruido la luz de Lyra. Y mientras miraba las placas de las puertas de Urgencias, supe que la justicia formal de la policía no iba a ser suficiente para llenar el vacío que acababa de abrirse en nuestras vidas.