Nuestro Amor Destino y Voluntad

Destinó y Voluntad (Capitulo 1)

Hace 400 años

—¡Nos atacan! ¡Nos atacan! ¡Protejan al rey y a su descendiente!

El grito de un hombre con armadura militar se perdió entre el estruendo de la batalla.

A su alrededor, cientos de soldados combatían desesperadamente mientras el campo de guerra se convertía en un caos de acero, fuego y magia. El Reino del Destino se encontraba al borde del colapso.

Durante horas, las tropas del Reino de la Voluntad habían avanzado sin detenerse. Cada nuevo ataque hacía retroceder a las fuerzas del Destino, y varias zonas del reino ya habían comenzado a caer bajo su control.

Las murallas temblaban.

El suelo estaba cubierto de cenizas.

Y entre el humo podían distinguirse cuerpos de soldados pertenecientes a ambos bandos.

—No. No podemos rendirnos. ¡No ahora! —exclamó un hombre de gran barba, cuyo porte y armadura lo distinguían como un caballero de alto rango—. ¡Estábamos a punto de recuperar la reliquia de mi padre! ¡Esa reliquia fue arrebatada por esos traidores!

Frente a él, un caballero encargado de proteger a la familia real intentaba mantener la compostura.

—Mi señor, debemos retirarnos. Su ejército posee demasiado poder. Su primera línea de ataque está compuesta por usuarios de poderes elementales.

El caballero apretó los dientes.

—Mi deber es protegerlos. Y eso significa saber cuándo debemos retroceder.

Un rugido ensordecedor interrumpió la conversación.

—¡¡¡DRAGÓN DE FUEGO ABISMAL!!!

El cielo pareció incendiarse.

Desde las filas enemigas surgió una criatura gigantesca, formada de fuego y roca. Su cuerpo reptiliano cubría gran parte del campo de batalla mientras avanzaba arrasando todo a su paso.

Las llamas consumían árboles, estructuras y soldados por igual.

A cierta distancia, un hombre encapuchado permanecía inmóvil.

Había sido él quien había invocado a la bestia.

Su presencia era suficiente para que incluso los soldados más experimentados comprendieran que estaban frente a alguien extraordinariamente poderoso.

Entre el caos, un joven observaba la escena.

Su nombre era Damián.

La espada que llevaba consigo reflejaba la luz de las llamas mientras una energía luminosa recorría su cuerpo.

Pero él no estaba pensando en la batalla.

Solo podía pensar en una persona.

Iris.

—¡Tengo que protegerla!

Damián corrió entre los soldados hasta encontrarla.

—¡Iris! ¡Tenemos que irnos!

La joven se volvió hacia él.

Tenía los ojos azules y el cabello castaño claro. Su porte y vestimenta delataban su origen noble; no era simplemente otra persona en medio de aquella batalla.

Era una princesa.

Damián se acercó rápidamente.

—Tenemos que huir. El Reino de la Voluntad está avanzando y son demasiados.

Después miró hacia los soldados que permanecían cerca.

—¡Preparen todo! ¡Nos retiraremos hacia las montañas!

Diez soldados bajo su mando comenzaron a organizarse.

Damián observó el horizonte.

—Hay cerca de seiscientos enemigos aproximándose. Además, muchos poseen poderes elementales. No podremos enfrentarlos a todos. Tenemos que llegar a las montañas y ocultarnos.

Iris permaneció en silencio durante unos segundos.

Después se acercó a Damián y lo besó.

El joven quedó sorprendido por un instante.

Ella se apartó lentamente y lo miró con firmeza.

—Corazón... entiendo que debemos irnos. Pero mi padre está en el campo de batalla. No quiero ni puedo abandonarlo.

Un estruendo sacudió el suelo.

Entonces, un aro de agua apareció alrededor del grupo.

—¿Qué...?

El agua comenzó a comprimirse.

El aro se cerró violentamente sobre ellos, ejerciendo una presión brutal contra el terreno.

—¡¿Un ataque a distancia?! —gritó uno de los soldados—. ¡¿Tan hábiles son?! ¡¿En qué momento...?!

La tierra retumbó.

Damián reaccionó inmediatamente.

—¡Todos atrás!

Extendió una mano y creó un campo de energía luminosa que cubrió al grupo.

El ataque impactó contra la barrera.

El agua chocó violentamente contra la protección y se dispersó en todas direcciones.

Pero no todos habían logrado protegerse.

Uno de los soldados que se encontraba junto a Damián cayó al suelo.

No volvió a levantarse.

Damián lo miró durante un instante.

—¡Rayos...!

El campo de energía comenzó a debilitarse.

—¡No pensemos más! ¡Tenemos que irnos!

Los soldados comenzaron a retroceder.

—¡Mi señor!

—¡Vámonos! ¡Ya!

Damián tomó a Iris de la mano.

—¡No vamos a poder con ellos!

El campo de batalla se volvió cada vez más distante mientras comenzaban a huir.

Los gritos de los soldados quedaron atrás.

El rugido del dragón seguía resonando.

Las llamas continuaban extendiéndose.

Y el Reino del Destino parecía estar perdiendo la guerra.

—¡Mis hijos...! —gritó una voz entre el caos—. ¡Están muertos!

Damián se detuvo.

Por un instante, todo pareció quedar en silencio.

Entonces...

Abrió los ojos.

—¡No quiero ir a trabajar!

El joven se incorporó bruscamente en la cama.

Miró a su alrededor, todavía confundido.

No había fuego.

No había soldados.

No había dragones.

Solo una habitación completamente normal.

A su lado, una mujer lo observaba con evidente molestia.

—Amor... no me despiertes. Ya fue demasiado trabajo por esta semana —murmuró él, dejándose caer nuevamente sobre la almohada.

Ella lo miró fijamente.

—¿Pero si apenas es lunes?

El muchacho abrió lentamente los ojos.

Se quedó mirando el techo.

Por alguna razón, sentía que acababa de despertar de algo mucho más real que un simple sueño.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.