Nuestro Amor Destino y Voluntad

El sueño de un caballero (capitulo 2)

—Amor, anoche tuve un sueño muy raro. Soñé que era un caballero y que intentaba protegerte de un dragón de fuego. Era enorme… y muy extraño. Incluso me duele la cabeza. Pero fue ¡increíble! —dijo el hombre mientras se llevaba una mano a la sien.

—Amor, ¿qué te he dicho de ver películas hasta tan tarde? Un día de estos vas a quedar loquito —respondió ella con un tono burlón y juguetón, aunque carente de malicia.

Ella se acercó lentamente a él. Con una sonrisa, se inclinó hasta su oído y le susurró:

—Aunque admito que fue muy romántico que incluso en un sueño quisieras protegerme.

Entonces lo besó profundamente y deslizó una mano por su cuello.

Él correspondió al beso, disfrutando de aquel instante, pero finalmente se separó con cierta resistencia.

—Me encantas, amor, pero tengo que irme. Hoy tengo una presentación muy importante con los altos mandos. Y tú tienes que ir al negocio. Nos vemos en la tarde.

Tomó su maletín, se despidió de ella y salió de la casa.

Ella permaneció junto a la puerta, observándolo marcharse hasta que finalmente desapareció de su vista.

Al salir, Damián sacó las llaves de su automóvil, abrió la puerta y se acomodó en el asiento.

El motor rugió suavemente.

Poco después, emprendió el camino hacia la oficina.

Todo parecía normal.

El cielo estaba despejado, apenas cubierto por unas cuantas nubes. La temperatura era agradable y una ligera brisa recorría la carretera. Damián encendió la radio y buscó su canción favorita.

En cuanto la encontró, comenzó a cantar.

Sonreía.

Por primera vez en mucho tiempo, sentía que su vida era exactamente como siempre había deseado.

Tenía el trabajo que quería, una esposa a la que amaba, una vida tranquila y, después de tantos años de esfuerzo, los proyectos que había emprendido comenzaban a dar frutos.

Todo parecía perfecto.

—Este clima es muy agradable —murmuró mientras seguía tarareando.

Entonces levantó la mirada.

Una de las nubes había adquirido una forma peculiar.

Damián entrecerró los ojos.

Parecía un dragón.

No uno cualquiera.

Su silueta era rojiza, casi como si estuviera hecha de fuego.

Damián soltó una pequeña carcajada.

—Ja… El sueño sí que parece estar afectándome.

Pero entonces escuchó una voz.

No provenía de la radio.

Tampoco de la carretera.

Era una voz dentro de su cabeza.

«¡Damián! ¡Damián! ¡Despierta!»

El hombre dejó de sonreír.

—¿Qué…?

La voz volvió a escucharse, esta vez con mayor intensidad.

«¡Damián! ¡Despierta!»

Un dolor punzante atravesó su cabeza.

—Es como si escuchara algo muy lejano… —murmuró, llevándose una mano a la frente—. Qué dolor de cabeza… Creo que voy a…

No terminó la frase.

Damián perdió el control del vehículo, aunque apenas alcanzó a reaccionar. Pisó el freno y consiguió estacionarse a un lado de la carretera.

Su visión comenzó a nublarse.

Y, en cuestión de segundos, quedó inconsciente.

«¡Damián! ¡Despierta!»

Abrió los ojos.

Lo primero que sintió fue humedad.

Después, frío.

Damián parpadeó varias veces.

Ya no estaba dentro de su automóvil.

Se encontraba en una cueva.

La oscuridad era apenas interrumpida por algunas antorchas colocadas alrededor del lugar. El suelo estaba cubierto de barro y pequeñas gotas de agua caían constantemente desde el techo de piedra.

Damián intentó incorporarse.

Un dolor intenso recorrió todo su cuerpo.

—¿Dónde estoy? —preguntó con dificultad—. Me duele mucho la cabeza.

—¡Señor Damián!

Un hombre vestido con una armadura se levantó apresuradamente y se acercó a él.

Tenía varias heridas en el cuerpo y uno de sus brazos estaba cubierto por un vendaje improvisado.

—Me alegra que haya despertado.

Damián lo observó sin comprender.

El rostro del caballero le resultaba familiar.

Demasiado familiar.

—¿Qué sucedió?

El hombre bajó la mirada durante unos segundos.

—Perdimos alrededor de doscientos soldados. Lamentablemente, no pudimos salvarlos.

Damián sintió un vacío en el pecho.

Entonces, como un relámpago, los recuerdos comenzaron a regresar.

Una batalla.

Gritos.

Espadas.

Fuego.

Un ejército enemigo.

Iris.

Todo apareció en su mente de manera fragmentaria, mezclándose con los recuerdos de otra vida.

Su vida como oficinista.

Su automóvil.

La carretera.

Su esposa.

Su casa.

Damián llevó una mano a su cabeza.

—¿Dónde está Iris? —preguntó repentinamente, mirando a su alrededor.

El caballero guardó silencio.

Aquella pausa fue suficiente para que Damián comprendiera que algo no estaba bien.

—¿Dónde está Iris? —repitió con mayor desesperación.

—Está en otro punto del mapa. Resultó herida mientras defendía a su familia. La trasladaron a un lugar seguro.

Damián respiró aliviado durante un instante.

Pero el caballero continuó:

—Sin embargo, su familia no quiere que vuelvas a verla.

Damián lo miró fijamente.

—¿Qué?

—Creen que fuiste responsable de lo ocurrido. Dicen que no hiciste lo suficiente para protegerla.

El rostro de Damián palideció.

—¿¡Qué!? Pero…

Un dolor punzante apareció en su costado.

Damián apretó los dientes y volvió a recostarse.

—Tranquilo —dijo otro soldado que descansaba cerca de él—. Entiendo que la noticia lo haya tomado por sorpresa. Lo mejor será que descanse. Sus heridas sanarán pronto.

Damián respiró con dificultad.

—¿Por qué?

El soldado lo miró con cierta naturalidad.

—Por su elemento de luz. Su poder regenerativo debería acelerar la recuperación.

Damián bajó la mirada hacia sus manos.

La confusión era cada vez mayor.

Aquella información no debería resultarle extraña.




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