Nuestro Amor Destino y Voluntad

Un Raro Elemento (capitulo 3)

El despertar de Iris

Desde la perspectiva de Iris, la noticia había llegado de forma inesperada: Damián estaba en el hospital.

Durante unos segundos, la preocupación amenazó con apoderarse de ella. Respiró profundamente y trató de serenarse. No podía permitirse entrar en pánico sin conocer primero la gravedad de lo ocurrido.

Tomó sus cosas. Ya estaba preparada para dirigirse al proyecto, pero aquello tendría que esperar.

Subió a su camioneta y condujo hasta el hospital donde, según le habían informado, se encontraba su esposo.

Al llegar, entró apresuradamente y se acercó al escritorio de recepción.

—Busco a Damián Light. Me dijeron que lo trajeron a este hospital —dijo, apoyándose ligeramente sobre el mostrador.

—Entiendo. Permítame un momento —respondió la recepcionista mientras comenzaba a revisar la información en su computadora.

Iris aguardó con impaciencia hasta que, finalmente, la mujer le indicó el piso y el número de habitación.

Sin perder más tiempo, Iris se dirigió al ascensor.

Cuando las puertas se abrieron en el piso indicado, avanzó por el pasillo hasta encontrar la habitación. Abrió la puerta y, al verlo recostado sobre la cama, sintió que la tensión que llevaba acumulando desde que recibió la llamada comenzaba a desaparecer.

—¡Damián! ¿Qué pasó? —preguntó, acercándose rápidamente.

—Hola, corazón. Sufrí un desmayo. La policía me ayudó a encontrar atención médica, pero el doctor recomendó que permaneciera aquí para hacerme algunos estudios —explicó él mientras se incorporaba hasta quedar sentado al borde de la cama.

Iris lo observó detenidamente. Recorrió con la mirada sus brazos, el rostro y cualquier parte visible de su cuerpo, tratando de descubrir alguna herida que él no hubiera mencionado.

—¿Pero era necesario que te quedaras aquí? ¿Fue tan grave? —preguntó, todavía preocupada.

—Parece que no. Aun así, preferí no arriesgarme y dejar que un médico me revisara.

Iris suspiró.

Por fortuna, parecía estar bien.

Unas horas después, ambos abandonaron el hospital.

El trayecto de regreso transcurrió en silencio, sin ningún incidente. Cuando finalmente llegaron a casa, Damián entró y se dirigió hacia la cocina.

—Creo que no quiero comer nada. Además, sigo teniendo esos sueños extraños. Justo antes de despertar, volví a soñar con ese mundo cuando me desmayé —comentó mientras salía de la cocina.

Iris lo miró con cierta preocupación.

—¿Ese mundo extraño? ¿Otra vez con esa fantasía?

—Es que se sintió demasiado real —respondió Damián, sentándose en el sofá mientras tomaba un poco de agua—. Incluso soñé que te alejaban de mí porque no pude protegerte como debía.

Iris permaneció unos instantes en silencio.

—Entiendo. Pero no pienses demasiado en eso, ¿de acuerdo? Creo que por ahora sería mejor...

No pudo terminar la frase.

Un dolor repentino atravesó su cabeza.

Iris llevó una mano a la sien mientras el mundo comenzaba a girar a su alrededor. Las paredes parecieron deformarse y el suelo perdió estabilidad.

—¿Iris? —preguntó Damián, levantándose inmediatamente.

Intentó acercarse para sostenerla.

Demasiado tarde.

Iris cayó al suelo y perdió el conocimiento.

—¿Eh...?

Iris abrió lentamente los ojos.

Parpadeó varias veces.

Aquello no era su hogar.

El techo de madera sobre su cabeza era desconocido. El aire tenía un olor húmedo y terroso, completamente diferente al de su casa. Se encontraba recostada sobre una cama rudimentaria, construida con tablas de madera y cubierta con paja.

Se incorporó con dificultad.

—¿Dónde estoy...? —murmuró, todavía aturdida—. ¿Y Damián?

Una voz respondió desde algún punto de la habitación.

—Ese Damián, bueno para nada, no pudo protegerte como era debido. Por eso no queremos que vuelvas a verlo.

Iris levantó la mirada.

Frente a ella había un hombre delgado, casi escuálido. Su apariencia, sin embargo, contrastaba con la sensación que provocaba su presencia. Había algo en sus ojos: una seguridad absoluta, casi intimidante. No necesitaba imponerse físicamente para dejar claro que poseía un poder considerable.

Iris sintió que el dolor de cabeza aumentaba.

Entonces ocurrió.

Un destello.

Imágenes fragmentadas atravesaron su mente.

El bosque.

Las batallas.

Los reinos.

La magia.

El ataque.

Poco a poco, los recuerdos de aquel mundo comenzaron a regresar.

Iris abrió los ojos con sorpresa.

—Usted es... el señor Uroco.

—Pues claro que soy yo —respondió él—. ¿Estás bien?

Uroco la observó con atención antes de continuar.

—Mi trabajo es protegerla. Lamentablemente, durante el ataque usted se encontraba con el inútil de Damián. Tuve que arriesgar a varios de mis hombres para ponerla a salvo.

Su tono revelaba molestia, aunque detrás de aquella actitud severa también podía percibirse cierto alivio.

Iris bajó la cabeza ligeramente.

—Le agradezco haberme salvado, señor Uroco.

Uroco hizo un gesto con la mano, restándole importancia.

Iris salió de la cabaña.

Lo que encontró afuera la dejó inmóvil durante unos segundos.

A su alrededor, varias personas trabajaban sin descanso. Algunos hombres levantaban pequeñas estructuras de madera; otros reunían alimentos y suministros, mientras varios más organizaban el campamento. No era una aldea ni mucho menos una ciudad. Apenas era un asentamiento improvisado, construido con la urgencia de quienes sabían que podrían tener que permanecer allí durante mucho tiempo.

El bosque rodeaba el lugar por completo.

Los árboles se alzaban sobre ellos formando una enorme bóveda verde, y la luz del sol se filtraba entre las hojas en pequeños haces dorados.

Iris observó todo aquello con atención.

Es como si este mundo se sintiera más real que el otro...




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