Nuestro Amor Destino y Voluntad

Oficina vs Zuid (capitulo 5)

—¡Tráeme los documentos, Iris! ¿¡No ves que tenemos que entregarlos antes del mediodía!? —gritó un hombre rechoncho, señalando con impaciencia el escritorio.

Iris lo miró y, sin perder tiempo, tomó las hojas que había estado organizando.

—Sí, aquí están, señor.

El hombre las tomó y se marchó sin siquiera agradecerle.

Después de unas horas horripilantes, cargadas de trabajo, correos, documentos y pendientes que parecían multiplicarse cada vez que terminaba uno, Iris finalmente tuvo unos minutos para respirar.

Sin embargo, el descanso duró poco.

Mientras organizaba unos archivos, escuchó a un par de compañeros murmurar a unos cuantos escritorios de distancia.

—Escuché que Iris engañaba a Damián.

—¿En serio? Yo escuché que Damián estaba coqueteando con la chica del departamento de al lado.

Iris apretó los labios y continuó trabajando como si no hubiera escuchado nada.

Aquellos rumores ya comenzaban a cansarla. No entendía de dónde salían ni por qué sus compañeros parecían encontrar entretenimiento en hablar de la vida ajena.

Quizá por eso se esforzaba tanto en sacar adelante su proyecto personal. Era algo que realmente disfrutaba, aunque, al mismo tiempo, necesitaba la estabilidad que aquel trabajo le proporcionaba.

—Supongo que todos son unos cotorros infelices... —murmuró para sí misma.

—Oh, Iris. Siempre eres tan patética.

La voz hizo que Iris levantara la mirada.

Alice se encontraba frente a ella, con los brazos cruzados y una sonrisa que no ocultaba su intención de provocarla.

—¿Ahora qué quieres, Alice? —preguntó Iris, retrocediendo ligeramente—. Suficiente tengo con aguantar mis propios problemas como para tener que aguantarte a ti.

Por un instante, el ruido de la oficina pareció desaparecer.

En la imaginación de Iris, el lugar se transformó en un campo de batalla.

El suelo comenzó a resquebrajarse bajo sus pies. Rayos atravesaron el cielo mientras enormes llamaradas se estrellaban contra las paredes. Ambas combatían en medio de una tormenta elemental, intercambiando ataques mientras sus miradas parecían capaces de hacer crujir el suelo.

—No sé cómo alguien tan perfecto como Damián pudo fijarse en alguien como tú... —Alice hizo una pausa, recorriéndola con la mirada—. Aunque, bueno... tan tú.

El comentario atravesó a Iris como una bola de fuego.

Por un instante, la imaginó cayendo derrotada en medio del campo de batalla.

Pero Iris se incorporó lentamente.

Sonrió.

—Eres una bruja.

Alice arqueó una ceja.

—¿Qué?

—Sea como sea... —Iris sonrió con mayor seguridad— él se casó conmigo.

Un poderoso rayo imaginario cayó directamente sobre Alice.

¡K.O.!

Alice quedó completamente derrotada en aquel campo de batalla ficticio. En la realidad, simplemente giró sobre sus talones y se marchó sin decir una palabra.

Iris soltó una pequeña risa.

—Eso pensé.

Mientras tanto, Damián se encontraba sentado en su cubículo, concentrado frente a la computadora.

Tecleó durante unos segundos hasta que, de repente, la pantalla comenzó a parpadear.

—No... No, no, no.

La computadora se congeló.

—¡No ahora, vieja máquina! ¡No me falles ahora! —exclamó Damián mientras sacudía ligeramente el monitor.

Una voz grave y familiar surgió desde algún lugar de la oficina.

—Ni idea. A ver, intenta morder ese artefacto mágico.

Damián se quedó completamente inmóvil.

Giró lentamente la cabeza.

En una esquina del cubículo estaba Lobus, el enorme lobo de pelaje naranja, observándolo con absoluta tranquilidad.

—¿¡Eh!? ¿¡Lobus!? —Damián abrió los ojos de par en par—. ¿Qué haces aquí? ¿¡Cómo entraste!?

—Ni idea.

Damián lo observó durante varios segundos.

—¿En serio?

Lobus simplemente movió una oreja.

—Pero que no te vea nadie —susurró Damián, mirando nerviosamente hacia los demás cubículos—. ¡Tienes que ocultarte!

—No quiero.

—¿Cómo que no quieres?

—Además, tú tienes que ocuparte de tu artefacto mágico.

Damián miró nuevamente la computadora.

—No es un artefacto mágico. Es una computadora... aunque ahora mismo es una carcacha.

En ese instante, la puerta de la oficina se abrió.

—Damián.

El jefe entró.

Damián se puso rígido.

—¡Señor White!

Lobus desapareció de inmediato.

El jefe se acercó al escritorio y miró la computadora.

—Oye, mañana vendrán a reparar tu computadora. Creo que ya te diste cuenta de que está dando sus últimos suspiros.

—Sí, está bien, señor White.

El jefe permaneció unos segundos en silencio.

Frunció el ceño.

—¿Estabas hablando con alguien? Creí escuchar otra voz.

Damián tragó saliva.

—Quizá era la voz de mi conciencia, señor. Últimamente he estado muy estresado.

El señor White lo observó con cierta sospecha, pero finalmente se encogió de hombros.

—Bueno. Procura terminar esos documentos antes de irte.

—Sí, señor.

El jefe salió.

Damián esperó unos segundos antes de relajarse.

—Puedes salir.

Lobus reapareció tranquilamente en la esquina.

—¿Cómo hiciste eso? —preguntó Damián—. ¿Desapareciste?

—No. Puedo camuflarme.

—¿Camuflarte?

—Sí. Así que no te preocupes.

Lobus volvió a lamerse una de sus patas con absoluta tranquilidad.

Damián lo observó en silencio.

—Eres muy raro.

—Tú también.

Damián soltó una pequeña risa.

En aquel momento, tanto Damián como Iris deseaban estar nuevamente en el mundo de Zuid.

Quizá era extraño desear regresar a un lugar donde existían guerras, magia, monstruos y dragones.

Pero después de todo...

la vida en la oficina podía ser tan caótica como un mundo de fantasía.




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