Marzo 16, 2001
Tianjin, Nankai – No.7 International Senior High School
El sonido de las bandejas chocando se mezclaba con el murmullo del almuerzo; era el mismo comedor amplio de siempre, lleno de voces y risas que rebotaban entre las mesas largas. El aroma a arroz caliente y té verde flotaba en el aire. ZhanYu comía en silencio, como de costumbre, mientras a su lado Hendery intentaba mantener el ritmo, torciendo los palillos de vez en cuando sin mucho éxito. El alfa apenas disimulaba una sonrisa al verlo luchar con algo tan simple.
—No es tan difícil —comentó ZhanYu con calma.
—No es mi culpa —protestó el rubio—. En Canadá no usábamos esto…
Intentó atrapar un trozo de huevo frito y falló estrepitosamente. ZhanYu lo observó en silencio; luego, sin decir nada, tomó los palillos y le mostró cómo sostenerlos.
—Así. El pulgar no va encima, sino al costado.
—Ah… —Hendery lo imitó con atención—. ¿Así?
El alfa asintió, y el omega lo miró con una sonrisa de satisfacción, como si hubiera resuelto un misterio del universo. Era difícil imaginar que, hasta el año pasado, ZhanYu almorzaba solo la mayoría del tiempo o solo se le veía con Chen Jian. Ahora compartía su hora de almuerzo con Hendery religiosamente desde el primer día de clases, aunque no era parte de su trabajo como guía, no le molestaba hacerle compañía al omega canadiense.
—Ya vuelvo, gege. Iré al baño antes de que suene la campana —avisó Hendery, dejando la bandeja vacía.
—No tardes —respondió el alfa sin levantar la vista de su almuerzo.
El omega asintió y se alejó por el pasillo lateral.
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El patio estaba casi silencioso a esa hora. El viento primaveral movía suavemente las hojas de ginkgo que caían sobre la fuente central, donde el agua reflejaba un cielo gris pálido. Hendery avanzaba con paso rápido, sosteniendo su chaqueta casi como un escudo.
Al pasar junto a un grupo de estudiantes de segundo año, reconoció a uno de ellos: el chico alto que siempre reía demasiado fuerte.
—Mira, es el omega nuevo —dijo él, sin molestarse en bajar la voz.
—¿El de Canadá?
—Sí. El “pupilo” de Huang ZhanYu.
—Ah… el que habla como si cantara —rió otro.
Hendery apretó los labios. Bajó la mirada. Aceleró el paso. No quería problemas.
Pero los pasos detrás de él se aceleraron también.
En un par de segundos, lo rodearon.
—Oye, extranjero —dijo el primero—, cuéntanos, ¿cómo conseguiste que Huang ZhanYu te cuide? ¿Le pagaste? ¿O le gustas?
Las risas estallaron como cristales rompiéndose.
—No... yo solo… — intentó explicar, con la voz atascada en la garganta.
—“Yo solo…” — repitió otro, imitando su acento con burla—. Miren, se sonroja. Qué tierno.
Hendery retrocedió sin querer; el borde de la fuente golpeó su talón. El agua, quieta hace un segundo, se convirtió en un espejo que temblaba.
—Vamos, no te enojes. No queremos que el “favorito del profesor” nos acuse.
—No soy… —balbuceó.
Una mano lo empujó.
El sonido del chapoteo fue seco, casi violento.
Los pétalos de ginkgo cayeron sobre él como si acompañaran la caída.
—Ups, parece que el rubio se resbaló. —Deberías tener cuidado.
Las risas subieron, se mezclaron con el agua que se agitaba a su alrededor, y luego comenzaron a alejarse poco a poco. Cuando el silencio volvió, Hendery temblaba. El agua helada le empapaba la ropa, el cabello pegado a la frente, la piel erizada. La vergüenza ardía más que el frío.
Nadie se acercó.
Solo escuchó pasos alejándose, murmullos.
“Debe ser lindo tener amigos aquí”, pensó con una punzada de tristeza.
Tomó aire, contuvo las lágrimas y salió de la fuente. No quería que nadie lo viera. Pensó en ir al casillero, secarse un poco, esconderse hasta que el timbre sonara; quizás luego fingiría un resfriado para irse temprano. Pero el destino, otra vez, tenía otros planes.
Hendery giró por el pasillo y se detuvo en seco.
ZhanYu venía caminando hacia él desde la otra dirección, con el ceño apenas fruncido, como si llevara varios minutos buscándolo. Al verlo empapado, se detuvo en seco. Sus ojos recorrieron de arriba abajo el estado del omega sin decir una sola palabra.
Esa mirada bastó para que Hendery bajara la cabeza.
—¿Qué te pasó? —preguntó el alfa con voz calma, aunque la preocupación se notaba en sus ojos.
—Nada… —intentó sonreír—. Me tropecé, eso es todo.
El silencio pesó entre ambos. ZhanYu observó las gotas que caían desde el cabello rubio hacia el suelo; un charco comenzaba a formarse a sus pies.
—Sigo sin entender cómo te las arreglas para terminar en problemas —murmuró—. Eres tan descuidado.
No lo dijo con malicia; simplemente era directo. Pero Hendery bajó más la cabeza.
—No siempre soy así, de verdad... —balbuceó—. Es solo que hoy tuve un mal día. Debe ser molesto tener que cuidar de mí siempre.
ZhanYu suspiró y, sin pensarlo mucho, se quitó la casaca del uniforme. El gesto fue tan natural que ni él mismo lo notó. La colocó sobre los hombros de Hendery.
—Me das más trabajo del que pensé —dijo con tono neutro—, pero no me quejo. Es mi deber cuidarte.
El omega se sobresaltó. La prenda estaba tibia, olía a jabón, a piel limpia… y a algo más: un aroma tenue, profundo, con notas de romero, el olor de las feromonas de ZhanYu. Era tranquilizador y, a la vez, abrumador.
—Te vas a enfermar si sigues así —dijo el alfa, con voz grave.
—G-gege… no tenías que—
—Shh —ZhanYu lo interrumpió—. Ven conmigo.
Lo tomó suavemente de la muñeca y empezó a guiarlo por el pasillo. El contacto fue leve, pero suficiente para que el corazón del omega se desbocara.
Caminaron en silencio mientras los alumnos que regresaban del almuerzo se abrían paso a su alrededor; algunos susurraban, otros miraban sin disimular. El contraste era evidente: el estudiante más admirado del instituto caminando junto al chico más comentado.
—¿Viste cómo lo acompaña? —murmuró alguien.
—Ese extranjero sí que sabe cómo llamar la atención.