Mayo 13, 2001
Tianjin, Nankai – No.7 International Senior High School
El cielo de Tianjin amaneció cubierto de nubes bajas. Era uno de esos días donde la luz parecía no decidir si quedarse o irse. Los pasillos del instituto resonaban con risas y pasos apresurados, como si nada pudiera romper la rutina. Para Hendery, era solo otro día intentando no ser visto.
Entró al aula con la mochila colgando de un hombro, el cabello algo despeinado por el viento. Algunos lo miraron de reojo; otros bajaron la vista fingiendo no hacerlo. Él ya se había acostumbrado. O al menos, eso intentaba creer.
Sobre su pupitre había un papel doblado. Su nombre estaba mal escrito, en letras torcidas. Al abrirlo, el mensaje fue breve y punzante:
“Vuelve a tu país, raro.”
No frunció el ceño, no se alteró. Solo suspiró, dobló la hoja con calma y la guardó en el bolsillo. Podría mostrársela al profesor, pero no lo haría. No quería causar problemas. No quería que ZhanYu se enterara.
Buscó su libro en el pupitre, pero el estante estaba vacío. Revisó una vez, dos. Nada. Entonces escuchó risas al fondo del aula. Un grupo de chicos lo observaba con sonrisas amplias y fingida inocencia. Uno levantó su libro.
—¿Buscas esto, extranjero? —preguntó con burla.
Las carcajadas llenaron el aire.
—Ven a buscarlo, a ver si puedes.
El libro pasó de mano en mano. Hendery se levantó despacio, con las manos temblorosas.
—Por favor, devuélvanlo… —pidió con voz baja.
—¿Qué? ¿No sabes decirlo en chino? —se burló otro, imitando su acento—. “Please give me back my book!”
Las risas aumentaron. Hendery trató de alcanzarlo, pero lo alzaban cada vez más alto. Hasta que, en un descuido, uno lo soltó. El libro cayó con un golpe seco sobre el brazo de Qiang Hao, que estaba apoyado durmiendo en su pupitre detrás del de Hendery.
El silencio fue inmediato. Hao levantó la cabeza, frunciendo el ceño.
—¿Pueden dejar sus estupideces? —su voz no fue fuerte, pero bastó—. Denle el maldito libro antes de que me levante.
El grupo se quedó quieto, incómodo. Uno de ellos recogió el libro del suelo y lo lanzó con desdén sobre el pupitre de Hendery.
—Ahí tienes, extranjero.
Hendery lo tomó, murmurando apenas:
—G-gracias…
Giró ligeramente para mirar a Hao. El beta lo observó con expresión molesta, como si el agradecimiento le incomodara, y volvió a recostarse sobre el pupitre. Cerró los ojos y bufó.
Hendery bajó la cabeza, abrazando su libro. Recordó aquel primer día de clases: cuando había intentado saludarlo con una sonrisa nerviosa, solo para recibir un gruñido de indiferencia. Desde entonces, había entendido que era mejor mantener la distancia.
El profesor entró poco después. Todos se acomodaron rápido, fingiendo que nada había pasado.
—Buenos días —dijo, dejando sus carpetas sobre el escritorio—. Abran sus libros en la página treinta y seis. Hoy continuaremos con el texto de comprensión.
El ruido de las hojas llenó el aula. Hendery abrió el suyo… y sintió un nudo en la garganta. Las páginas estaban llenas de garabatos, dibujos y palabras tachadas con tinta. No podía leer ni una sola línea.
—Lu —llamó el profesor de pronto—, lea el primer párrafo, por favor.
El corazón le dio un vuelco.
—Y-yo… —tragó saliva—. Olvidé mi libro, profesor.
—¿Otra vez? —replicó el maestro con cansancio—. Se lo advertí, Joven Lu. Si vuelve a suceder, saldrá del aula.
Algunos se rieron por lo bajo. Hendery bajó la mirada.
—L-lo siento… no volverá a pasar.
Antes de que el profesor pudiera decir algo más, una voz se alzó desde atrás.
—Yo compartiré mi libro con Lu —dijo Qiang Hao.
El maestro giró, sorprendido.
—¿Joven Qiang Hao?
—Sí. Así deja de perder tiempo.
Un murmullo recorrió la clase. El profesor asintió, aliviado.
—Está bien. Siéntense juntos, entonces.
Hendery se movió despacio, sentándose a su lado. Quiso agradecerle, pero Hao ni siquiera lo miró.
—No digas nada —murmuró el beta, con fastidio—. Solo me diste lástima. Deja de quedarte callado, por eso todos te molestan.
Hendery bajó la mirada. Tenía razón. Pero no sabía cómo ser diferente.
En silencio, miro el libro del beta y trató de seguir la clase. El aroma a tinta, el murmullo de los otros, el peso de las palabras… todo se mezclaba. Solo quería que el día terminara. Solo quería volver a ver a ZhanYu. Sentirse a salvo, aunque fuera por un rato. Pero incluso eso lo asustaba, porque en el fondo temía el día en que ya no pudiera esconderse detrás de su “deber”.
***
El aula del segundo año estaba casi vacía a esa hora.
Por la ventana entraba una luz suave de mediodía, de esas que parecían hacer flotar el polvo en el aire.
ZhanYu pasaba la punta del lápiz sobre el margen de su cuaderno, tamborileando distraídamente.
Tenía la mirada fija en la pizarra, pero hacía minutos que no veía nada.
No era que no quisiera concentrarse, sino que no podía.
Cada vez que lo intentaba, su mente terminaba vagando hacia el mismo punto: Hendery.
El chico hablaba poco, se movía con torpeza y sonreía demasiado, y sin embargo… cada vez que pensaba en él, el tiempo parecía ir más rápido.
Era absurdo.
El tiempo que pasaban juntos podría haberse aprovechado mejor para estudiar, y aun así, cuando no lo veía, sentía algo incómodo, como un vacío breve entre clase y clase.
ZhanYu se pasó una mano por la nuca, intentando despejarse.
Tal vez sí estaban pasando demasiado tiempo juntos.
No quería que Hendery se acostumbrara tanto a su presencia, ni quería acostumbrarse él.
Pero de algún modo, cada día encontraba otra razón para seguir acompañándolo.
“Por costumbre”, se decía. “Por deber.”
—ZhanYu —la voz de Jian lo sacó de su enredo mental—, ¿en qué tanto piensas? Llevas cinco minutos mirando la pizarra sin anotar nada.