Noviembre 6, 2001
Tianjin, Heping – Residencia Lu
Desde el día en que Amelia Brooks-Lu los sorprendió frente a la casa, algo cambió sin remedio.
No fue una pelea abierta ni un castigo evidente, sino un silencio estructurado, una rutina cuidadosamente modificada para mantener a Hendery bajo control sin que pareciera una imposición.
Los paseos después de clases desaparecieron.
Las llamadas se redujeron a susurros en las noches, cortas y nerviosas, con Hendery hablando desde la oscuridad de su habitación.
Y cuando ZhanYu lo acompañaba hasta la puerta, la despedida era breve, educada, sin la calidez de antes.
El timbre del teléfono de casa sonaba menos, y el reloj del comedor parecía marcar los segundos con una precisión cruel.
ZhanYu, sin embargo, no se dejaba abatir. Comprendía el panorama, o al menos eso creía.
“Son sus padres… solo quieren protegerlo,” se repetía a sí mismo mientras observaba la sonrisa apagada de Hendery.
Él mismo había crecido con padres protectores, aunque de otro modo: humildes, trabajadores, temerosos de que el mundo le cerrara las puertas. Por eso, más que molestarse, admiraba esa devoción de los Lu.
“Es mi responsabilidad ganarme su confianza”, se decía con convicción. No quería que Hendery se sintiera atrapado entre su amor y su familia
Pero Hendery no veía protección.
Veía desconfianza, prejuicio… y sobre todo, injusticia.
Le dolía que su madre —esa mujer fuerte y amorosa que le había enseñado a creer en la bondad— tratara a ZhanYu con una frialdad tan marcada.
“Ni siquiera le ha dado la oportunidad de conocerlo…”. Para él, el trato de sus padres hacia ZhanYu era injusto, basado en prejuicios sin fundamento.
***
Esa noche, durante la cena, el ambiente era tan tenso que podía cortarse con un cuchillo.
Los cubiertos chocaban suavemente con los platos, el reloj del comedor marcaba los segundos con una monotonía insoportable, y el aroma del guiso —que normalmente llenaba de calidez el hogar— se sentía ajeno.
Hendery apenas había probado su comida.
Sabía que algo se avecinaba; podía sentirlo en la forma en que su madre lo miraba sin hablar y en cómo su padre evitaba hacerlo.
—Hendery, hijo —rompió el silencio el señor Lu, con una voz grave pero contenida—, tu madre y yo necesitamos hablar contigo.
El omega dejó los cubiertos sobre el plato.
—¿Sobre qué? —preguntó, aunque en el fondo ya lo sabía.
Su padre entrelazó las manos frente a él, mirándolo con firmeza.
—Sobre ese… chico que te trae todos los días a casa.
Hendery respiró hondo. Había esperado que el tema surgiera tarde o temprano, pero enfrentarlo era distinto a imaginarlo.
—Su nombre es ZhanYu, papá —respondió con calma forzada—. ¿Y qué pasa con él?
—Queremos entender qué tan seria es tu relación con ese muchacho —dijo el señor Lu.
El joven bajó la mirada hacia su plato.
—Es seria. —Su voz fue firme, aunque apenas un hilo de sonido.
El silencio que siguió fue denso, como si la habitación entera se negara a respirar.
El padre soltó un resoplido leve, negando con la cabeza.
—Hijo, ¿de verdad crees que esta relación es buena para ti?
Hendery alzó la vista, sorprendido por el tono incrédulo en su voz.
—¿Por qué no lo sería? —replicó, alzando apenas la voz.
La señora Lu intervino entonces, con un tono aparentemente más suave, pero no menos firme.
—Hendery, cariño, solo queremos lo mejor para ti. Y no estamos seguros de que ese chico, ZhanYu, sea la mejor opción.
El omega frunció el ceño.
—¿Y cómo pueden saberlo si ni siquiera lo conocen?
—No necesitamos conocerlo para saber que esa relación no te llevará a nada bueno —replicó su padre, más seco que antes.
Hendery se inclinó hacia adelante, los ojos brillando por la indignación.
—Eso no es justo.
—No estamos siendo injustos. Estamos siendo realistas —dijo su madre con calma. —Hendery, tú eres joven. No ves las cosas como nosotros.
—¡Claro que las veo! —Hendery levantó la voz, el temblor en sus manos ya imposible de ocultar—. Veo que están juzgando a ZhanYu, mi novio, sin siquiera darle una oportunidad.
El señor Lu golpeó ligeramente la mesa con la palma de la mano.
—Hendery, baja la voz. No se trata solo de nosotros. Queremos que pienses en tu futuro.
—Mi futuro es con él.
El tono de su hijo fue tan decidido que el aire pareció congelarse.
El señor Lu lo miró con incredulidad, el ceño fruncido.
—¡No puedes saber eso! —exclamó, con un dejo de desesperación contenida—. Eres joven, ingenuo, y te estás dejando llevar.
—¡No soy ingenuo! —Hendery se puso de pie de golpe, la silla raspando el suelo. —Sé perfectamente lo que siento por él, y ustedes no tienen derecho a decidir por mí.
—Hendery, siéntate —ordenó su padre, señalando la silla vacía.
—No. —Cruzó los brazos, respirando con dificultad—. Estoy harto de que no confíen en mí.
Amelia intentó intervenir, con la voz apenas más suave.
—Cariño, no es que no confiemos en ti. Es que... no queremos que te lastimen.
Hendery la miró directamente, con el corazón en un puño.
—ZhanYu no me lastimaría.
—Eso es lo que tú dices —intervino su padre, apoyando los codos sobre la mesa—. Pero, dime, ¿no crees que sería mejor alguien como Qiang Hao?
La frase cayó como una piedra en medio del silencio.
Hendery parpadeó, incrédulo.
—¿Qué...? ¡Qiang Hao es solo mi amigo!
—Un amigo que conocemos bien —continuó su padre, sin inmutarse—. Es un buen chico, respetuoso, responsable. Además, es Beta, como yo. —Su voz se volvió casi pedagógica—. Una relación así es más estable, más equilibrada.
Amelia asintió, apoyando las palabras de su esposo.
—Tu padre y yo solo queremos lo mejor para ti, cariño. Mira nuestra relación: somos Beta y Omega, y todo ha sido armonioso.