Marzo, 26 – 2002
El mes pasó volando, como si el reloj de la escuela hubiera decidido correr más rápido de lo habitual. La emoción del inicio de clases se había transformado en una rutina exigente, y el frío de marzo dio paso a un aire más templado, anunciando la primavera.
Hendery sentía el cambio en su día a día. Ya no podía pasar tanto tiempo con ZhanYu como le hubiera gustado, pero a diferencia de aquel primer día de clases —cuando apenas lo había visto en pasillos llenos de gente—, ahora las cosas estaban más acomodadas. El Alfa encontraba la manera de estar con él en los almuerzos, aunque fuese rodeados de Hao, WenJun y, a veces, Jian. Incluso después de clases, solía robarle unos minutos, ya fuera para caminar juntos hasta la salida o, en los mejores días, acompañarlo hasta su casa.
Los fines de semana eran otra historia. Casi no se veían, porque ZhanYu se sumergía en sus libros con una disciplina férrea. Hendery había intentado acompañarlo un par de veces, pero se dio cuenta de que lo único que hacía era distraerlo. Terminó decidiendo que era mejor no interferir, aunque le doliera.
La primera vez que se levantó de la mesa de estudio y dijo:
—Gege, mejor sigo mañana… no quiero molestarte
ZhanYu lo miró, sorprendido, como si esa idea le pareciera absurda.
—Nunca me molestas.
Hendery sonrió, pero insistió con suavidad:
—Lo sé. Pero quiero que te concentres. Te está yendo tan bien… no quiero que por mi culpa pierdas tiempo.
El Alfa lo observó en silencio, y aunque no respondió de inmediato, terminó inclinándose para darle un beso corto en la sien.
—Eres demasiado bueno conmigo —murmuró.
Desde entonces, Hendery dejó que los fines de semana fueran del Gaokao y no de ellos. Y aunque la ausencia pesaba, cada pequeño momento compartido en los días de clase se volvía aún más valioso.
ZhanYu siempre había creído que estudiar solo era lo más eficiente. Nadie podía distraerlo, nadie interrumpía su concentración, y él avanzaba seguro hacia sus metas. O al menos, eso pensaba antes.
Porque ahora, en las noches largas frente a los libros, descubría que lo distraía más la ausencia de Hendery que su compañía. Estaba tan acostumbrado a tenerlo a su lado —con sus preguntas curiosas, con su risa bajita al equivocarse en un ejercicio, con esa costumbre de apoyar la cabeza en su hombro mientras repasaba—, que el silencio absoluto lo hacía sentir más inquieto que concentrado.
Se esforzaba más que nunca, sí. Pero, aun así, sentía un hueco extraño.
En más de una ocasión se sorprendió pensando en maneras de compensar a Hendery, de demostrarle que valoraba lo mucho que hacía al darle espacio y comprender su falta de tiempo. Pero los recursos eran escasos. Todo su dinero se había ido en materiales de estudio, y eso le frustraba: no poder darle algo bonito, algo digno de él.
Al final, tomó una decisión sencilla. Guardó los billetes que usaba para el tren y empezó a caminar hasta la escuela. Tres días de madrugones y trayectos largos le bastaron para juntar lo suficiente. No era gran cosa, apenas alcanzaba para un dulce de la cafetería que sabía que a Hendery le encantaba. No costaba mucho, pero era su esfuerzo, su manera de convertir cansancio en una sonrisa.
Ese día, lo escondió en el bolsillo con una determinación silenciosa. Imaginaba la expresión de Hendery al recibirlo: esa sonrisa amplia, esos ojos brillantes que parecían darle sentido a todo. Ese era el verdadero pago por esos tres días de caminatas.
Sin embargo, al llegar al almuerzo, el panorama fue distinto.
Se sentó junto a Jian, mientras WenJun se adelantaba —como siempre— para molestar a Hao. Frente a ellos, Hendery estaba sentado con Hao, riéndose mientras repartía pequeños pedazos de pastel perfectamente cortados. El olor dulce y mantecoso llenaba el aire. El omega explicó, muy feliz, que sus padres habían comprado un pastel en la nueva pastelería extranjera del centro comercial de Nankai, y que le habían dicho que podía llevar un poco para sus amigos.
—¡Esto es increíble! —declaró Hao, con la boca llena—. Necesito urgentemente conseguir a alguien que me mantenga y me compre estas cosas todos los días.
—¡Oye, deja un poco! —protestó Hendery, apartando la bandeja.
—Soy tu mejor amigo, tengo derecho —replicó el beta, pinchando otro pedazo con descaro.
WenJun estiró la mano con agilidad, pero Hao le dio un manotazo.
—¡Ni lo sueñes! Este pedazo es mío.
—¿Qué clase de glotón egoísta eres? —se quejó WenJun con fingida indignación.
—El que sabe defender lo que le gusta —gruñó Hao, atrayendo el pastel hacia sí como si fuera un tesoro nacional.
La escena arrancó risas en toda la mesa.
Hendery, muy contento, volteó hacia ZhanYu y le ofreció un trozo.
—¿Quieres probar, gege?
ZhanYu lo miró.
No tenía mucha afición por los dulces, pero eso no era lo que lo detenía.
Ese pastel, fino y caro, contrastaba demasiado con el dulce que él llevaba guardado en el bolsillo… uno que había comprado con tres días de caminatas. Y de pronto, lo que antes le había parecido un pequeño esfuerzo se sintió insignificante en comparación.
Porque si para darle un postre necesitaba caminar tres días…
¿cuánto tendría que caminar para alcanzarlo en todo lo demás?
—No, gracias —dijo con calma, ocultando su frustración bajo una expresión neutra.
Hao levantó la ceja de inmediato.
—¿No quieres? —se burló—. Bueno, aquí sí tenemos hambre.
Antes de que Hendery pudiera protestar, Hao estiró la mano hacia el trozo del alfa como si fuera lo más natural del mundo.
—¡Hao! —reclamó Hendery.
—Las oportunidades no se desperdician, Hen —dijo sin remordimiento mientras arrastraba el plato hacia sí.
Mientras ellos discutían, WenJun aprovechó la distracción para robar finalmente un pedazo del pastel. Hao casi lo muerde del enojo, y ambos comenzaron una pelea absurda que llenó el ambiente de ruido y risas.