Mayo, 08 – 2002
Tianjin, Distrito de Nankai – Residencia Fa
Mayo había llegado con mañanas más cálidas. A las siete en punto, la luz del sol comenzaba a entrar por la ventana de una habitación ubicada en el segundo piso de una casa situada en una tranquila zona residencial del distrito de Nankai, muy cerca del límite con Heping.
La habitación de Qiang Hao no era especialmente grande, pero sí lo bastante cómoda para un adolescente de diecisiete años. El escritorio permanecía ocupado por algunos cuadernos abiertos, lápices y un par de libros que había dejado la noche anterior. La mochila descansaba apoyada junto a la puerta, lista para salir, mientras que la cama conservaba el desorden típico de alguien que prefería dormir cinco minutos más antes que acomodar las sábanas con perfección. No era una habitación sucia; simplemente tenía ese ligero caos que solo su dueño parecía entender.
Las paredes estaban decoradas con algunos recortes de revistas, la mayoría de autos deportivos y motocicletas, pegados sin demasiado orden. Sobre la mesa de noche, en cambio, había un único portarretrato que contrastaba con todo lo demás. En la fotografía aparecía un Hao de apenas cinco o seis años sonriendo con fuerza mientras un hombre lo cargaba entre sus brazos. Ambos reían mirando a la cámara, completamente ajenos al momento en que aquella imagen terminaría convirtiéndose en un recuerdo.
Hao apenas le dedicó una mirada antes de acomodarse el cuello del uniforme frente al espejo. Nunca había sido alguien especialmente interesado en su apariencia. Mientras el uniforme estuviera correctamente puesto y su cabello no pareciera un desastre, le bastaba. No buscaba verse mejor que nadie; solo evitar que el profesor de disciplina lo detuviera en la entrada del colegio.
Tomó la mochila y bajó las escaleras. El aroma del desayuno ya llenaba la casa.
—Buenos días.
—Buenos días, cariño. Date prisa o se te hará tarde.
Liu Yichen terminó de servir el desayuno justo cuando su hijo llegó a la cocina. Hao dejó la mochila junto a la mesa, se inclinó para besar la mejilla de su papá y tomó asiento frente al plato que ya lo esperaba.
—Buenos días, señor Fa.
—Buenos días, Hao.
Fa XinHu dejó el periódico a un lado y le dedicó una sonrisa amable.
—¿Dormiste bien?
—Sí.
—Me alegro.
XinHu no hizo más preguntas por el momento. Sabía que Hao nunca había sido especialmente conversador apenas despertaba, así que prefería dejar que terminara de desayunar antes de intentar sacarle alguna conversación.
Las mañanas en aquella casa casi siempre transcurrían con tranquilidad. Mientras Yichen iba de un lado a otro asegurándose de que el desayuno estuviera listo, XinHu aprovechaba para conversar un poco con su familia antes de salir al trabajo. No era un hombre de pocas palabras; por el contrario, disfrutaba de esos pequeños momentos cotidianos, aunque también había aprendido a respetar los silencios de Hao.
Desde que se casó con Yichen cinco años atrás, nunca intentó ocupar el lugar de nadie. Jamás le pidió a Hao que lo llamara "papá", ni insistió en convertirse de un día para otro en una figura paterna. Prefirió construir la relación poco a poco, a través de gestos sencillos, interesándose por la escuela, preguntándole cómo había estado su día o acompañándolo siempre que Hao necesitaba un adulto a su lado. Hao, por su parte, siempre le respondió con el mismo respeto. Seguía llamándolo señor Fa, una costumbre que ambos aceptaban con total naturalidad.
Como cualquier adolescente, en especial siendo Hao, no había estado libre de meterse en problemas. Más de una vez alguna pelea en la escuela terminó con XinHu teniendo que presentarse en la oficina del profesor responsable. Aunque el alfa no ocultaba su preocupación, rara vez recurría a los gritos. Solía escuchar primero lo ocurrido y hablar con calma. Después, ya en casa, quien terminaba dándole el verdadero sermón era Yichen. Su papá podía ser el omega más cálido y cariñoso del mundo, pero cuando Hao se equivocaba, también sabía ponerse firme.
—Come un poco más.
Yichen dejó otro pan al vapor sobre su plato sin darle oportunidad de negarse.
Hao levantó la vista resignado. Sabía que discutir con su padre en ese tipo de cosas nunca daba resultado.
Sin decir nada, tomó el pan y siguió desayunando.
XinHu sonrió por encima de su taza de té antes de volver al periódico.
De pronto, una pequeña voz infantil rompió la tranquilidad de la casa.
—¡Mamá!
Yichen soltó una risa suave mientras dejaba el paño de cocina sobre la encimera.
—Seguro ya se despertó.
Se volvió hacia ambos antes de salir de la cocina.
—Cuídenme los huevos, ¿sí?
—Ve tranquilo, yo me encargo —respondió XinHu levantándose de la mesa.
Yichen asintió con una sonrisa antes de subir las escaleras. Los pequeños pasos que comenzaron a escucharse casi de inmediato bastaron para confirmar que el dueño de aquella vocecita ya estaba completamente despierto.
Hao continuó desayunando mientras XinHu terminaba de preparar el resto del desayuno.
Durante unos minutos, el único sonido que llenó la cocina fue el del aceite chisporroteando y el de los platos sobre la mesa.
—¿Cómo van las cosas en la escuela? —preguntó XinHu sin dejar de cocinar.
—Bien.
—¿Muchos exámenes?
—Cada vez más.
El alfa asintió con comprensión.
—Es normal en esta época del año.
Hao respondió con un simple "sí" mientras terminaba el último bocado de su desayuno.
Hubo un breve silencio antes de que XinHu hablara nuevamente.
—Por cierto...
Apagó el fuego y dejó la espátula sobre la cocina.
—Ya pedí el día libre.
Hao levantó la vista.
—¿El día libre?
—Sí. Para que podamos ir los cuatro al cementerio este año también.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire durante unos segundos.