Ese día desperté con una sensación rarísima. Llegué a la universidad y de inmediato noté algo extraño: todos iban apresurados, algunos con carteles en las manos, otros murmurando entre ellos. Al principio no entendía nada... hasta que algo hizo click en mi cabeza.
Había una exposición.
La exposición.
La misma que había postergado durante un mes entero, como si mágicamente fuera a desaparecer.
Era en parejas, así que me aferré a una mínima esperanza de que alguien, por obra y gracia del universo, me aceptara en su grupo. Era casi imposible, pero no me quedaba de otra.
Fui preguntando uno por uno y, sorpresa absoluta, nadie necesitaba pareja. Empecé a entrar en pánico. Si no presentaba esa exposición, mi nota se iba a desplomar, y aunque no soy precisamente el estudiante más aplicado del mundo, tampoco quería tocar fondo.
De repente lo vi: Ciro.
Nunca pensé pedirle ayuda a él, pero Ana —siempre tan optimista— me alentó, recordándome que literalmente no tenía otra opción. Así que respiré hondo y me acerqué
-Ciro... ¿tienes pareja de exposición? —dije, con un nerviosismo tan obvio que seguro se me notaba hasta en las pestañas.
Él sonrió.
—No, pero si quieres podemos hacerlo juntos. Mi pareja de exposición no vino hoy... creo que se intoxicó.
Y aunque suene cruel, agradecí profundamente esa intoxicación, porque de no haber pasado, yo habría tenido que arreglármelas solo... y probablemente habría terminado exponiendo con el aire.
Pasamos juntos al frente y, aunque yo tuve que regresar a ver el cartel cada dos segundos —porque obviamente yo no sabía nada —, logramos hacerlo bastante bien y recibimos una buena nota.
—Gracias Ciro, no hubiera podido hacerlo sin ti —le agradecí, porque era totalmente cierto. Sin él, yo no habría tenido ni una triste hoja para exponer al frente.
—De nada —dijo con mucha amabilidad.
Yo ya me iba cuando, de repente, él me agarró del brazo. Al voltear, sacó su teléfono.
—¿Podrías darme tu número? —preguntó con total normalidad y gentileza.
—Claro, ¿por qué no? —le di mi número así sin más.
Cuando llegué con Ana, ella me miraba como si acabara de lograr un récord mundial.
—Así que... ¿él es mi futuro cuñado? —dijo con ese tono que me confirmaba que ya me había imaginado con Ciro, cinco gatos y tres niños incluidos.
—Nada de eso —respondí y mejor decidí irme antes de que me cuente el fanfic que se inventó en un minuto en su cabeza.
Pero, por andar distraído, terminé chocando contra una pared. Sí, una pared.
—Así te trae el amor, Leíto —dijo Ana, solo para molestarme.
La ignoré y me fui a dar vueltas por la universidad, extremadamente aburrido de la vida.
Al final del día me subí al autobús y me topé —adivinen con quién—, exacto: con Ciro. Me saludó con una sonrisa y se acercó a mí como si fuera lo más normal del mundo. Resultó que nos bajábamos en la misma parada, porque, aunque jamás lo había notado, vivíamos peligrosamente cerca... a casi un edificio de distancia.
Me dejó en la puerta de mi casa y se fue. Yo, por mi parte, entré bastante tranquilo, con la agradable seguridad de que había pasado de semestre gracias a esa bendita exposición.
Al día siguiente no había clases, así que me quedé en casa viendo películas sin ningún tipo de plan, hasta que escuché que alguien tocaba la puerta.
Eran Ana, Emma y Nicolás. Vinieron a visitarme y se quedaron conmigo toda la tarde. Todo iba normal hasta que, de repente, recibí un mensaje de Ciro.
Emma se emocionó como si fuera su mensaje y prácticamente me obligó a responder.
Ciro había escrito:
"¿Cómo te va?"
Yo, con todo el optimismo del mundo —y cero ideas claras— respondí:
"Bien "
Llegó la noche y el ya me había contestado pero me dio pereza ver que me dijo, mejor me fui a dormir y ya.... por que, el es solo un conocido.. ¿no es así?