Nuestro Final Casi Feliz

Tal vez me cae demasiado bien

Me levanté por la mañana, me bañé y al ver la hora en mi celular, noté un mensaje de Ciro decía:

—Buenos días Leo ¿Amaneciste bien? —escribió él.

—Claro, ¿y tú? —respondí con alegría.

—Igual. Estoy esperando.

—que cosa? —pregunté muy curioso.

—A que bajes. Te estoy esperando.

Contestó tan rápido que ni me dio tiempo de procesar y me quedé frío. Saqué la cabeza por la ventana y ahí estaba él, saludándome con la mano. Volví a meter la cabeza de inmediato.

Me alisté lo más rápido que pude y salimos juntos .

—¿Por qué viniste a verme? —pregunté confundido, porque, objetivamente, no había ninguna razón.

—Porque quería verte —dijo el dulcemente.

Sonrió, y algo raro me dio en el estómago. Probablemente indigestión... o sueño... o ambas.

Empezó a hacer demasiado frío y sin siquiera pedirlo me puso su abrigo encima.

—No es necesario, debes tener más frío que yo —dije siendo completamente honesto, porque yo había bajado sin saco por andar corriendo como tonto.

—Tómalo. No quiero que te enfermes, parecerás Rodolfo el reno.

Iba a discutirle pero antes de que pudiera decir algo ya me había puesto el abrigo y me dio esa sonrisa tranquila que siempre me hacia sentir raro. No se por qué pero al ver esos ojos azules llenos de algo que no se, me sentí... ¿feliz? sí, solo eso. Feliz.

Al llegar, me fui por mi lado y apenas entré, Nicolás me miró raro. Sobre todo el abrigo. Ahí fue cuando noté que no se lo había devuelto a Ciro.

—¿Pasa algo, Nicolás? —pregunté.

—No es nada pero ese saco... Se parece mucho al que a veces trae Ciro.

Me quedé en blanco. Jamás pensé que Nicolás reconocería un abrigo que yo literalmente había visto por primera vez hoy.

—Es que Ciro me lo prestó porque hacía frío —dije con toda la naturalidad del mundo.

Nicolás me miró como si le acabara de decir que la Luna es una planta.

—Leo, están saliendo, ¿no?

Negué con la cabeza al instante, sin entender el porque todos dicen eso, demasiado rápido pues.

Cuando fuimos a sentarnos ya casi no quedaban asientos porque llegamos tarde ya que Nicolás me hizo el interrogatorio más largo de mi vida. Nicolás se sentó con Emma y a mí me tocó un asiento lejísimos. Apenas me senté no lo noté pero estaba junto a Ciro.

Después de un rato se acercó un poco.

—Mira quién llega tarde, eres una tortuga —dijo mientras me alborotaba el cabello.

Sentí todas las miradas de todos, me dio tanta vergüenza que me tapé la cara con las manos.

Desde que llegué Ciro no dejó de molestarme. Me tapaba los ojos de la nada, apoyaba su mentón en mi hombro como si fuera lo más normal. Yo no lo sabía, pero al parecer estaba rojo. No rojo normal, rojo tomate, porque Emma me mandó un mensaje preguntando si estaba enfermo o si necesitaba algo.

Y, para acabarla de empeorar... sonreía cada vez que Ciro me molestaba.

No sé por qué, es raro.

Tal vez me cae demasiado bien...




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