[Narra Cameron]
La mayoría de la gente en aquel lugar tenía a su ganador asegurado. No me extrañaba, después de todo es casi imposible que le gane a alguien que es el doble de mi tamaño y peso. Algo que me daba ventaja era el hecho de que ya había visto a este tipo pelear antes. Él podrá ser más musculoso pero yo soy más hábil.
La pelea no duró mucho, por suerte. No me dió tiempo a celebrar mi victoria cuando noté esos ojos color miel que me miraban con sorpresa del otro lado del ring.
¿Hace cuánto tiempo que no la veía? ¿Meses? ¿Años?
El resto de mi atención se la llevó el chico que estaba a su lado, al cual también reconocí. Quizás no sea el más capacitado para decirlo, pero él es demasiado peligroso para una chica como ella. Le podría hacer daño y... no me perdonaría a mi mismo si dejara que eso pasara.
—¡Cameron! — la voz de mi padre me devuelve a la realidad — No te detengas hasta que hable — se marchó con paso firme del sótano donde manteníamos al hombre que secuestramos la noche anterior.
Me acercó a él con expresión seria encerrando cualquier sentimiento en mi interior que pueda hacerme vulnerable. Sus manos y pies están atados a la silla y su rostro manchado con su propia sangre debido a los puñetazos de mi padre. Tomo el martillo que está encima de la bandeja que tiene diferentes herramientas y armas blancas para infligir daño.
—¿Dónde está? — me inclino hacía él.
—Creí que tu padre era un cobarde, pero es mucho más que eso — dijo esbozando una sonrisa adolorida.
—Respuesta incorrecta — golpeo su mano derecha quebrando su muñeca y provocando gritos de dolor de él — ¿Qué hiciste con la droga que nos robaste? — intento sonar calmado mientras presiono el martillo contra el hueso roto.
—Me deshice de ella — declara ahogando sus quejas de dolor — Se la vendí a Beatrice.
Beatrice.
Esa mujer era famosa en el sector de las drogas. Si queremos recuperar lo nuestro será difícil. Una vez que ella toma algo nunca lo suelta.
No somos tan diferentes.
Me separo de él y coloco el martillo de vuelta en la bandeja. Más a la derecha está la pistola que me dejó mi padre. La tomo y apunto directamente a la cabeza del sujeto.
—¿Qué haces? Ya te dije lo que querías saber, deberías liberarme — los nervios se cuelan en su tono.
No lo escucho y aprieto el gatillo. Una vez más mis manos quedaron manchadas con la vida de otra persona. No podía sentirme culpable. La culpabilidad solo me haría débil y la debilidad me llevaría a la muerte
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Apago el motor de mi auto y salgo del auto. Apoyo mi espalda en la puerta y saco un cigarrillo y el encendedor del bolsillo de mis pantalones. Coloco el cigarrillo entre mis labios y lo enciendo.
Miro a todos salir de la universidad mientras espero a Laura. Finalmente la localizo con la mirada, viene hacia mi con su grupo de amigas. Se despide de ellas y vuelve a dirigirse hacia mi con una sonrisa radiante.
—Hola cariño — se pone de puntillas y posa sus labios sobre los míos dejando un leve beso.
—Hola — saludo de vuelta sonriendo en su dirección — ¿Qué tal tú día?
—Fue horrible — se queja poniendo los ojos en blanco — Me pasé el día entero con un dolor de cabeza terrible — me arrebata el cigarrillo de la mano para fumar.
—Oye acabo de encenderlo.
—No es mi problema, puedes encender otro — toma una calada del cigarrillo — Por cierto, habrás oído hablar de la feria de esta semana, ¿cierto?
—Si me vas a pedir que vaya contigo sabes muy bien que mi respuesta es no — replico.
—Por favor — sus ojos grises miran con cierta ternura a mis ojos marrones — Les dije a mis amigas que tú también irías.
—Quizás debiste preguntarme antes de asumirlo.
—Te prometo que será lo último que te pido este mes.
Eso me hizo recordar aquel vestido de marca que me costó mil dólares.
Todo para un simple vestido que aún no se ha puesto.
Luego de pensar un rato suspiro y acepto su propuesta.
—Bien, iré — ella esboza una sonrisa y le da otra calada al cigarrillo.
—Iremos mañana en la noche... — se detiene y fija su en alguna parte de mi cuerpo —¿Es eso sangre?
Su cuerpo está casi pegado al mío, la punta de sus dedos examinaban mi cuello en donde decía hacer sangre.
—¿Sangre? — cuestiono.
Creí haberme asegurado de no mancharme con la repulsiva sangre de aquel tipo.
—Si — separa su cuarto cabello de su rostro, en vano, el que lo removía insistía en estamparlo contra su cara — Estuve tratando de hacer la vista gorda ante tus moretones y heridas pero no puedo soportar la idea de que te metas en problemas.
Me quedo en silencio por unos segundos. Ya habíamos discutido sobre esto y entiendo su preocupación, pero a este punto los problemas son parte de mi identidad. Habre la boca para volver a hablar pero la interrumpo antes de que lo haga.
—No me estoy metiendo en problemas — intento sonar calmado, así no la hago enojar.
—Está bien, no pienso tocar más este tema — se cruza de brazos luego de terminar con el cigarrillo y tirarlo al suelo — Tienes aroma a mujer.
Ese fue un cambio de tema bastante fuerte. Agarro el cuello de mi camisa e inhalo suavemente. Un olor dulce inunda mis fosas nasales y casi me dan náuseas. Era un perfume demasiado dulce.
Habrá que ver cómo explico ahora que es el perfume de Danna, una de las sirvienta de mi hogar. No era cualquier sirvienta sino mi antigua niñera.
—Es de mi sirvienta se fue a descansar unos días y me abrazó como despedida.
Me mira con dudas y luego su rostro se ilumina con entendimiento —Vale, ya la recuerdo. En fin, ¿nos vamos?
Se dirige al auto y se sienta en el asiento del copiloto. También me adentro en el auto y pongo en marcha el motor. Saco el vehículo del estacionamiento e inicio a conducir hasta la casa de Laura. La mayoría de las tardes eran así, venía a recogerla a la universidad, la llevaba a su hogar y a veces me quedaba allí unas horas. Es nuestra pequeña rutina.