Nuestro Hilo Rojo

Capítulo 3: Huir

Tops

Pasaron unos días desde que Nert se fue, y la casa volvió a ese silencio cómodo al que ya estábamos acostumbrados. No incómodo, no tenso, tranquilo. De esos que no piden ser llenados con palabras.

Win y yo estábamos sentados en el sillón, cerca pero sin tocarnos, hablando de cualquier cosa. De la comida, del calor, de nada importante. Se lo veía más relajado que esos días anteriores, aunque todavía tenía esa forma suya de pensar demasiado antes de decir algo.

Después pusimos una comedia en Netflix.

No recuerdo bien el argumento, pero sí a la actriz. Me llamó la atención desde la primera escena. Elegante, segura, luminosa. Cuando terminó la película, me quedé hablando de ella sin pensarlo mucho.

—Es muy hermosa —dije, entusiasmado—. Y talentosa. Tiene algo… no sé. Cada vez que la veo siento ganas de tomarla de la cintura. — dije mientras hacía el gesto de como lo haría con las manos— Para sentir cómo sería estar cerca de una mujer tan elegante y encantadora.

Lo dije sin filtro, como había dicho casi todo.

Cuando giré un poco la cabeza, noté a Win distinto. Estaba serio, con los brazos cruzados, mirando hacia otro lado.

—Sí, sí… —murmuró—. Es linda…

Su tono no acompañaba las palabras.

Me incorporé un poco, curioso, y me acerqué con una sonrisa.

—¿Qué pasa? —pregunté, ligero—. ¿Dije algo raro?

—No, nada —respondió rápido.

Seguimos unos segundos en silencio hasta que agregué, casi como comentario suelto:

—Escuché que también dicen que tiene un aroma muy rico.

Win no respondió enseguida. Lo miré de reojo. Estaba bajando lentamente por el sillón, como si quisiera hacerse más pequeño, con una expresión extraña… casi apagada.

Después habló, bajito, sin mirarme:

—Ah… entiendo. A mí no me parece tan rico ni interesante como huele una mujer.

Parpadeé, sorprendido.

—O sea… —continuó, todavía sin mirarme— tampoco es que lo haya hecho, pero… creo que preferiría saber cómo huelen los hombres. Aunque ya sé, pero… quiero saber cómo huelen algunos en especial.

Tardé un segundo en procesarlo.

Lo miré, divertido, con una sonrisa que se me escapó sola.

—¿Como yo, por ejemplo? —dije, en broma, aunque sabía muy en el fondo que rogaba porque fuera verdad—. He notado que a veces te acercas demasiado a mi cuello para oler mi perfume cuando piensas que estoy distraído.

Win se quedó completamente rígido.

Me reí suave.

—Es broma —agregué, para aflojar el aire.

Pero entonces lo escuché murmurar, casi sin voz:

—¿Puedo… oler tu aroma?

Me sorprendió tanto que no contesté enseguida. Sentí un calor extraño subirme por el cuello. Aun así, sin pensarlo demasiado, me acerqué más. Ladeé un poco la cabeza y dejé mi cuello despejado y cerca de su rostro.

—Si quieres—dije, tranquilo.

Sentí su respiración primero. Después cómo inhalaba con más fuerza, como si necesitara memorizarlo. Fue un segundo… tal vez dos o tres.

Y de pronto, en un movimiento rápido e impulsivo, Win se inclinó sobre mí. Me empujó suavemente contra el sillón y me rodeó, apretándose para olerme mejor.

Me quedé sin aire.

No por el peso, sino por la sorpresa. Por la cercanía. Por el calor repentino. Por lo cerca que estaba su rostro. Sentí mi corazón acelerarse sin permiso, mi cuerpo reaccionando antes que mi mente.

Antes de que pudiera decir nada, Win se dio cuenta de lo que había hecho.

Se apartó de golpe.

—Perdón —dijo atropellado—. Yo… tengo que… eh… hacer algo.

Y salió casi huyendo, dejando el sillón vacío y el aire raro.

Me quedé ahí, inmóvil.

El pecho subiéndome y bajándome más rápido de lo normal. La piel todavía sensible donde había estado él. El perfume mezclado entre los dos.

Me llevé una mano al rostro, intentando calmarme.

[¿Qué fue eso…?] pensé feliz como desconcertado.

Tragué saliva, todavía sonrojado, y recién entonces caí en cuenta de algo que me dejó inmóvil, mirando al frente: Mi cuerpo había reaccionado. Y no de una forma que pudiera seguir ignorando.

Win

Cerré la puerta del dormitorio de Tops con cuidado, como si el mínimo ruido pudiera delatarme. El corazón me latía demasiado rápido. Sentía el cuerpo caliente, la cabeza revuelta, las manos temblando un poco.

Me dejé caer en la cama y, sin pensarlo, hundí el rostro en la almohada.

Tuve que hacerlo.

Necesitaba hacerlo.

Ahogué ahí un grito corto, desordenado, cargado de emoción. El aroma seguía impregnado en la tela: su perfume, su jabón, algo cálido y familiar que me envolvía por completo. Respiré hondo una vez. Luego otra. Y otra más.

Me gustaba. Mucho.

Demasiado.

Cerré los ojos con fuerza, apretando la almohada contra mi cara, como si así pudiera esconderme de lo evidente. Decir que no me atraían los hombres había sido una idiotez. Una mentira mal armada. Pero en ese momento entendí algo con claridad incómoda: no era que no me gustaran los hombres… era que no me gustaban todos.

Y en ese momento gustaba de uno.

Y ese uno tenía un nombre peculiar e hipnótico para mi: Tops

La idea me sacudió por dentro. Sentí nervios, miedo, una emoción que no sabía dónde poner. Me incorporé de golpe, respirando hondo, como si acabara de correr. Me pasé una mano por el rostro, intentando ordenar mis pensamientos.

No podía pensar en eso. No así. No ahora.

Los días siguientes fueron un desastre.

O, más bien, yo fui un desastre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.