Nuestro Inesperado Caos

Capítulo 1

4 de junio, 2002

ALEXANDER

El destino es incierto. Un día, estás en la cima. Eres admirado. Las personas se disputan tu compañía. Entonces, los rumores empiezan a correr. Alguien dice que tu padre, un prometedor candidato a gobernador, ha sido denunciado por una presunta red de sobornos y desvío de fondos públicos. Lo ignoras. Crees que se solucionará pronto. Das por hecho de que un ser tan estricto y perfeccionista como tu padre tiene todo para deshacerse de la mala información, ¿no? Tu familia no perderá el prestigio. No obstante, sucede. Las miradas inquisidoras aparecen. Los rumores llegan a los medios de comunicación. Toman forma. Parece que son reales. Aún así, decides ignorar la realidad y sumergirte en fiestas de toda índole cada noche. Bebes hasta perder la conciencia y entonces, no tienes idea de cómo has llegado a tu habitación. Es como perderse la parte más importante de la película. No sabes qué pasó. Así que no entiendes el final. Todo es confuso e incorrecto y... nada tiene sentido.

Los gritos de mi padre me traen a la realidad.

—Ten. ¡Abre los ojos! —me arroja el periódico directo a la cara. Arrugo la nariz, molesto y aturdido—. Mira lo que están diciendo de ti. Por el amor de Dios, Alexander. Esto es grave.

—¿Puedes dejar de gritar, papá? —pregunto tratando de hallar la lucidez suficiente para erguirme—. ¿Te refieres a algo más grave que tu escándalo por corrupción? —digo con sarcasmo—. Porque ahora mismo, en esta familia, no creo que exista un daño más grande del que has causado tú.

Ignoro el periódico. Cierro los ojos. Pretendo quedarme hundido en la cama lo que resta del día o hasta que mi alrededor deje de dar vueltas. Es como si mi habitación estuviera sumergida en las profundidades del océano: el techo flota sobre mí, las paredes giran con una lentitud desesperante y el suelo firme es inexistente. Tengo la sensación de que, al ponerme de pie, caeré en un agujero negro y seré absorvido para siempre.

La fuerza brutal de mi padre le pone fin.

Me saca de la cama sujetándome del cuello de la camisa y me estampa de espaldas contra la superficie dura de la pared.

—Te he dicho que leas lo que dice aquí —sacude el estúpido periódico frente a mis narices—. ¿O estás tan ebrio que no puedes leer?

Tras darme un sacudón, me suelta. Me arrastro hasta quedarme sentado y sin más opciones, recojo el períodico. Me dispongo a leer.

«Fiesta, alcohol y polémica para el heredero Whitmore».

Mierda.

Las fotografías.

Las malditas fotografías.

Definitivamente, estoy en problemas.

—No es para tanto. Solo fui a una fiesta —arrojo el papel fingiendo despreocupación—. Tómalo como la distracción perfecta para la prensa mientras limpias tu basura.

La sonrisa diabólica de Bruce se extiende de punta a punta.

—El alcohol te está quemando las neuronas, imbécil —escupe rabioso—. ¿Distracción? Es la excusa perfecta para que la opinión pública siga enviándome al matadero —se mueve a través de la habitación con los brazos doblados en jarra—. Pero sí, tienes razón. Tengo que limpiar mi basura. Empezando por ti.

—Bruce, querido —mi madre, Eleanor, aparece tras la puerta de mi habitación—. Tienes que calmarte. Ya lo entendió —me dirige una mirada repleta de compasión—. Vamos, Alex. Levántate. Estás pálido.

Si no tuviera la sensación de que el suelo tiembla bajo mis pies, lo haría con gusto.

—Déjalo. La basura debe estar en el piso —responde irónico—. Y, evidentemente, no entendió nada. Lo explicaré una sola vez: están a punto de iniciar una investigación judicial en mí contra. Perderé el acceso a las cuentas bancarias, la candidatura y por lógica, mi círculo social se alejará de mí. Y eso es solo la punta del iceberg.

Me esfuerzo por seguir el hilo de la conversación pero es como si mi cerebro no pudiera conectar todos los puntos. El dolor de cabeza es cada vez más agudo. El mareo se traslada hacia mi estómago, causando una incómoda sensación de vacío. Busco impulsarme con las manos para ponerme de pie pero no lo consigo. El vértigo es intenso.

No debí haber ingerido la botella entera de vodka.

—¿Qué vas a hacer? —consigo preguntar. No importa lo estúpido que suene. Mi padre detesta la indiferencia. Nada peor que hacerle notar que no estás escuchando.

—Lo que tengo planeado hacer con mis asuntos no te concierne —dictamina—. Prepara las maletas. Te recogerán en una hora.

Arrugo el entrecejo.

—¿Maletas? ¿De qué hablas?

—Tengo que solucionar un centenar de problemas. Tu presencia aquí no ayuda, al contrario, lo empeora. Y es evidente que tienes que desintoxicarte. Alejarte de los excesos para pensar con claridad.

—No voy a ir a ninguna parte. No me encerrarás en un estúpido centro de rehabilitación.

—No vas a ir a ningún centro. Eso sería exponernos. Elegí un lugar... Diferente. No estarás encerrado, de hecho, tendrás libertad y tranquilidad de sobra.

Tan pronto como termina de hablar, mi estómago se contrae con fuerzas y pierdo el control. De rodillas, me inclino hacia el suelo y expulso el cóctel de sustancias que mi sistema no fue capaz de procesar. El ardor en la garganta es asfixiante. Las lágrimas que afloran de mis ojos, inevitables. Mi padre se aleja tanto como puede, insultándome desde el otro punto de la habitación. Mi madre llama a los gritos a la doméstica, desesperada por erradicar el desastre antes de que el piso alfombrado se estropee por completo.

—Por Dios. No puedo soportar esto —masculla mi madre con la voz quebrada. Luego, sale corriendo de la habitación como si estuviera huyendo de la peste bubónica.

—Qué maldito asco —gruñe mi padre—. Ya ves el desastre que eres. ¿Puedes levantarte o tengo que llamar a una ambulancia?

No lo escuches.

Haz de cuenta que no está aquí.

Es un fantasma.

No existe.

Ayudándome con la pared, me pongo de pie. Desvío la mirada húmeda hacia otro punto, incapaz de tolerar lo que mi cuerpo expulsó. Incapaz de enfrentar la mirada inquisitoria de mi padre que aún permanece en la habitación de brazos cruzados. Soy su único hijo, sé que ha depositado grandes expectativas sobre mí y todo lo que he hecho fue decepcionarlo en cada oportunidad que tuve.




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