Nuestro Inesperado Caos

Capítulo 2

6 de junio, 2002

DELILAH

Mi día comienza como otro cualquiera. Despierto alrededor de las seis de la mañana, envuelta en una marea de cabello pelirrojo. La noche anterior olvidé trenzarlo, así que es un desastre. Si mi madre viviera, me regañaría por ser tan descuidada. A pesar de que era pequeña cuando la perdí, alcanzó a educarme sobre algo tan básico como cuidarme el cabello, lástima que soy tan distraída que a veces lo olvido. Salgo de la cama, abro las ventanas y la luz del sol inunda la habitación por completo. Después de ir al baño e intentar que mi cabello se vea medianamente decente, bajo en pijamas hacia la cocina.

Preparo café, un jarro de leche y huevos revueltos. Corto rodajas de pan casero, queso fresco y coloco una buena cantidad de mermelada de frutos rojos en un recipiente. Lo sirvo todo en la mesa —como cada mañana— y salgo hacia el pórtico, para anunciar que el desayuno está listo.

Mis hermanos mayores, Carter y Rhett, aparecen al instante con los zapatos cubiertos de tierra. Se los quitan y los dejan en el exterior, antes de entrar. Mi padre, Ben, ingresa minutos después, con la ropa salpicada de pintura bordó.

—Buen día —murmuro con una sonrisa—. ¿Cómo va eso, papá?

—El cerco está listo —comenta—. Ha quedado como nuevo.

—Pasaré a verlo más tarde —digo mientras sirvo café en sus respectivas tazas.

—Gracias, Lilah —pronuncia Rhett—. Todo se ve delicioso.

—Como siempre —agrega Carter que unta mermelada en una rodaja de pan—. ¿Podrías preparar algunos sandwiches para el medio día? Los chicos vendrán a trabajar y necesitamos alimentarlos para que funcionen.

—Claro. No hay problema —coloco unas cucharadas de azúcar al café—. Uhm, papá... yo... Bueno, sé que aún es temprano. Pero quería saber si pensaste en lo que te propuse el otro día.

—¿De qué hablas?

Es evidente que lo olvidó. Algo en mi pecho se encoge.

—Sobre trabajar en La Taberna —mantengo la mirada fija en la taza—. ¿Recuerdas?

—Ese no es un ambiente para chicas como tú —expresa firme. El silencio alrededor es brutal—. ¿Para qué quieres trabajar?

—Me gustaría tener mi propio dinero.

—¿Qué necesitas? Yo te lo compro.

—No se trata de eso, pa—trago saliva, precavida. Sé que debo ser cuidadosa con la elección de palabras—. Me gustaría ganarmelo por mí misma. No tener que pedírtelo a ti. ¿Entiendes?

Lo sé. Tenemos un trato. Me ocupo de las tareas de la casa, ellos de la granja —cuidado de animales, cultivo, reparaciones, etc—, siempre ha sido así. Sin embargo, desde que terminé la preparatoria, estar todo el tiempo aquí es abrumador. Tengo la sensación de que la vida está pasando en algún lugar lejos de aquí y, en consecuencia, me la estoy perdiendo. La Taberna —que también pertenece a nuestra familia— es un bar/restaurante nocturno que funciona durante una parte de la noche. Mis hermanos lo llevan adelante pues papá no es un gran fánatico de socializar.

—No veo el problema de pedírmelo a mí —se encoge de hombros—. Ese no es un sitio para ti, Delilah. Olvídalo.

—Estaré siempre detrás del mostrador. Seguiré todas las reglas. No haré nada malo. Por favor, papá. Por favor —imploro a punto de perder la paciencia—. Además, estoy en familia. ¿En qué otro sitio estaría más segura? —insisto—. Piénsalo un poco más, por favor.

—La verdad que nos vendría bien una mano con la caja registradora —Carter se atreve a pronunciar.

—Delilah es buena con los números —sugiere Rhett.

Mi padre impone su puño en la mesa. El silencio reina nuevamente.

—No tengo nada que pensar. Ya te he dicho lo que pienso. No —cerciora quitándome la posibilidad de negociar.

Tengo que aceptar que no pasará. Sé que mi padre quiere lo mejor para mí, pero a veces tengo la impresión de que no me escucha. No realmente. No puede ver más allá de su visión. No es capaz de ponerse en mí lugar. Mucho menos de considerar que, tal vez, anhelo otra clase de futuro para mí. Quiero decir, amo la granja, vivir en la naturaleza, los animales y correr por las colinas, pero me gustaría averiguar a dónde más puedo llegar. Sin embargo, no soy más que una chica de dieciocho años sin ningún recurso que me permita soñar más allá. Tan solo tengo un puñado imaginación e ilusiones, fantasías que no me llevarán realmente a ningún lado.

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—Eh, Carter. Te dejé una docena de sándwiches de jamón y queso en el refrigerador —le digo antes de atravesar el cerco. Poco más allá, su mejor amigo intenta hacer funcionar el motor de un antiguo rastrojero—. ¿Qué tal, Tom? —saludo con la mano tras darme cuenta que no puede apartar la mirada de mí.

Carter gira apenas la cabeza, muestra un ápice de desconfianza en los ojos.

—Te lo agradezco, hermanita —me despeina del mismo modo que lo hacía cuando era una niña pequeña—. Por cierto, encontraremos una solución.

—¿Lo convencerás para que trabaje en La Taberna?

—Uhm, te mentiría si te digo que puedo hacer algo así —se lamenta—. Pero si encontraré la forma de que tengas tu propio dinero. Estás creciendo. Lo necesitas.

Gracias al cielo por enviarme un hermano mayor tan comprensivo.

Tras despedirme de él y su mejor amigo, salgo de la granja y me dirijo al lago, que está costeando el pueblo. En época de verano, las familias se acercan a pasar el día, llevan a los niños para darse un chapuzón y pasar el resto de la tarde degustando las típicas comidas de pic-nic. Los fines de semana solemos hacer esa clase de planes con mi grupo de amigos pero, entre semana, prefiero ir por mi cuenta.

Mi casa es tan ruidosa.

A mí padre le encanta oír la radio durante gran parte del día y mis hermanos siempre están yendo de un lado a otro, dejando desastres que me toca solucionar —trastes, ropa sucia, tierra en los pisos y el listado sigue—. Además, les gusta traer a sus amigos a menudo, ya que papá suele contratarlos durante temporadas porque necesita mano de obra extra.




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