Nuestro Inesperado Caos

Capítulo 3

6 de junio, 2002

DELILAH

Por dios. Mi corazón late como si estuvieran a punto de meterme en un patrullero para llevarme directo a la cárcel. Mientras sostengo el sujetador por delante —estoy tan nerviosa que, sin dudas, no soy capaz de atarlo de forma apropiada—, giro ligeramente hacia el sujeto que me acusa de varios delitos.

Dios mío.

Es un muchacho de estatura alta —me saca como treinta centímetros—, su cuerpo es fornido, de espalda ancha y sus rasgos son suaves pero marcados. Tiene el cabello rubio, abundante y desordenado en ondas naturales que caen sobre su frente. Noto que sus ojos son claros pero no consigo descifrar si se trata más bien de un verde agua o de un turquesa intenso.

Definitivamente no pertenece a este pueblo. De pertenecer, lo habría visto antes.

Sí que lo habría visto.

—Yo no... ¡No estoy desnuda! Fue un accidente —reclamo exasperada—. Y este lugar no es privado. Bueno, nunca nadie ha venido a reclamarlo en años.

Relajado, guarda las manos en los bolsillos delanteros de la bermuda beige que combina perfectamente con una chomba azul marino.

Guau.

¿Quién viste así durante el verano en Suncrest?

—Bueno, el día finalmente llegó, pelirroja. Estás hablando con el propietario de esta vivienda —pone una sonrisa victoriosa. Ugh—. Puedo olvidar que estás invadiendo mi propiedad si aceptas tomar un par de cervezas conmigo.

Abro los ojos.

—¿Estás loco? Imposible fiarme de ti. Podrías ser un prófugo de la justicia o peor aún, un pervertido. Sí. Eso pega contigo teniendo en cuenta que estabas espiándome cuando se me soltó el sujetador —expreso aún sin conseguir anudarme la prenda—. Y no me digas pelirroja. Mi nombre es Delilah.

—Cómo sea, pelirroja. ¿Tendré que llamar a la policía para resolver esto?

Largo una carcajada con ganas.

—¿Y qué les dirás? ¿Qué estaba usando el lago? Todos podemos acceder a la naturaleza, ¿sabías? No existen los dueños —me burlo—. Además, ¿qué crees que pensarán cuando les diga que estabas mirándome a escondidas?

—No hacía eso.

—¿No? ¿Estás seguro?

—Está bien, Delilah. Hagamos esto en paz —su actitud es de rendición pura—. No llamaré a la policía si tú dejas de repetir que soy un pervertido. Es asqueroso. Y definitivamente, no lo soy.

—Uhm... De acuerdo, desconocido.

—Soy Alexander.

—Alexander —su nombre suena poderoso—. Ya que estás aquí, podrías... Ya sabes —giro, mostrándole el nudo deshecho.

—Claro —lo percibo acercarse—. Entras rápido en confianza, eh. Nunca creíste que fuera un pervertido de verdad, ¿o sí?

—¿Puedes simplemente callar y ajustarme esto? ¿O no sabes hacerlo?

—En realidad, se me da mejor quitarlos —una corriente de calor alborota mi cuerpo. Alexander ajusta los tirantes, los anuda con seguridad y aunque las yemas de sus dedos apenas me rozan la piel, desprenden fuego—. Pero creo que no quedó tan mal, ¿eh?

—Está... Bien. Gracias —doy un paso hacia adelante buscando distancia y volteo hacia él que continúa mirándome con intensidad. ¿Qué está pasando conmigo? —Será mejor que me vaya a casa. Sí. Ha sido un gusto, Alexander. A pesar de todo. Ya sabes —recojo mis pertenencias con prisa, emprendo a caminar con las zapatillas en la mano porque ni siquiera he tenido tiempo de ponerlas.

—No tienes que irte.

—Sí, tengo que hacerlo.

Si mi padre se entera que estuve haciendo sociales con un perfecto desconocido, se pondrá como loco. Pese a que vivimos en un pueblo donde prácticamente nos conocemos entre todos los habitantes, es un hombre bastante desconfiado.

—¿Volveré a verte?

Me encojo de hombros.

—Quién sabe —me limito a contestar—. ¿Planeas quedarte aquí por mucho tiempo?

—No. No planeaba quedarme mucho. Aunque, en realidad... Supongo que no estaría nada mal pasar unos cuántos meses aquí.

Por alguna extraña razón que no consigo entender, mis mejillas se transforman en dos bolas de fuego. Necesito darme otro chapuzón para quitar todo el calor que asciende a través de mi cuerpo. Esto es tan patético e increíblemente vergonzoso.

—Bienvenido a Suncrest Lake, entonces.

Qué estúpida.

«Bienvenido a Suncrest Lake», ¿en serio dije eso? Dios mío. Anne tiene absolutamente toda la razón cuando dice que no sé hablar con los chicos que me parecen atractivos. Quiero decir, puedo hablar con ellos, pero no poseo la capacidad de entablar una conversación que sea natural pero, a la vez, interesante. Es como si mi cerebro hiciera un corto circuito que me imposibilita encontrar las palabras adecuadas. Luego, llega lo peor. Puedo oír las tonterías que dije una y otra vez, se repiten en mi cabeza como una maldición de la que no puedo deshacerme. No puedo hacer más que sentirme avergonzada, además de desear el superpoder para eliminar situaciones o directamente, que la tierra me absorba para escupirme en algún sitio lejos de aquí.

Al caer la noche, dando vueltas en la cama, los pensamientos intrusivos empeoran. Me atacan uno tras otro e impiden que concilie el sueño.

Dije que iba a denunciarlo por pervertido.

Debe pensar que soy una loca.

Desaparecí de su vista como si estuviera siendo perseguida por una manada de mosquitos asesinos. Ni siquiera alcancé a ponerme el vestido. Aún llevaba el sujetador, que, dicho sea de paso, le pedí que me amarrara.

Además de loca, quedé como una atrevida.

Cada vez se pone peor.

Me cubro con las sábanas de pie a cabeza y largo un grito silencioso, deseando poder borrar las estupideces que cometí. En su lugar, mi mente reproduce la imagen de Alexander. El cabello rubio y un tanto alborotado, la sonrisa desafiante y victoriosa —sonreía como si el mundo entero le perteneciera— y el impactante tono de sus ojos. Ojalá pudiera acercarme más para descubrir cuál es su color.

Esto no puede estar pasando.




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