Nuestro Inesperado Caos

Capítulo 4

8 de junio, 2002

ALEXANDER

Esto le costará caro a mí padre. No puedo entender por qué le pareció una buena idea meterme en un vehículo y enviarme a este sitio... Insignificante. De hecho, me pregunto si este pueblo diminuto figura en los mapas. Honestamente, lo dudo.

El verde predomina a donde quiera que mires. Las calles son de tierra, las casas son bajas y de madera. El silencio es ensordecedor. Y el cielo... Bueno, digamos que su inmensidad es lo que más me sorprendió. Supongo que nunca pude notarlo en la ciudad por el caos de los edificios y toda la iluminación. Durante la noche, es bastante espeluznante. Es como si tuviera un oceano negro justo sobre mí. Y puedo oír cosas como el crujido de los árboles. No entiendo cómo la gente puede vivir aquí... ¿cómo se divierten? ¿por qué aún no mueren de aburrimiento? Lo único que he visto es una gasolinera justo en la entrada de Suncrest Lake y, un poco más allá, un bar que tenía un humilde letrero que ponía «La Taberna». A decir verdad, parecía un sitio de mala muerte. Sin embargo, me guardé el dato porque es probable que sea el único lugar donde pueda conseguir algo de beber.

Hasta ahora, lo único realmente interesante que vi, fue a la pelirroja que invadió mí propiedad. Literalmente salió del agua como si fuera... una sirena. Era bonita. Pero no del modo en que es Sophie, Scarlet o cualquiera de las chicas con las que he salido. Era una belleza natural. Su rostro simplemente se veía hermoso con gotas de agua recorriendo la piel y la luz del sol aterrizando en sus facciones. Tenía un montón de pecas. Y llevaba un traje de baño qué... Debo admitir que me dejó sin aliento.

Aunque dudo que vuelve a aparecer por aquí. Creo que la espanté con mi imprudente sentido del humor.

—No puedes dejarme en este pueblo —digo a mí madre, exasperado—. Ya no tengo resaca. Solo bebí dos cervezas desde que llegamos.

Ella niega, evita mi mirada.

—Lo que está pasando con tu padre es grave, Alex. Tenemos que colaborar. Lo ayudaré a limpiar su imagen. Tú quédate aquí e intenta no meterte en problemas —indica recogiendo la cartera de diseñador que cuelga del perchero.

—Puedo quedarme encerrado en casa —insisto—. No saldré para nada.

—Los dos sabemos que eso no ocurrirá, hijo. Tienes que mantener distancia por un tiempo —mantiene firme su postura—. Volveré en un par de semanas, ¿de acuerdo? Dean quedará a tu disposición ante cualquier inconveniente. Y no intentes convencerlo de que te lleve a la ciudad porque tiene estrictas órdenes de no hacerlo.

Dejo caer los brazos a los costados de mi cuerpo.

Me rindo.

—Gracias por escucharme, mamá.

Ella me dirige un suspiro de resignación.

—Te dejé dinero en la caja fuerte. Tienes más que suficiente.

Como si el dinero pudiera arreglar algo.

En la ciudad, usualmente, puedo conseguir muchas cosas. Ir a las mejores fiestas. Mantener a mis amigos cerca. Salir con chicas. Viajar al destino turístico que se me antoje. Y el listado sigue. No obstante, ¿qué puedo hacer en este pueblo? La respuesta es fácil: nada interesante.

A través de la ventana, observo a mí madre subir al vehículo que mi padre envió especialmente para ella. Vivimos a su disposición. Así de simple. Un día decide que no la necesita a su lado y entonces, de pronto, considera que le sirve. Espero que suceda lo mismo conmigo. Quizá en un par de días mi querido progenitor tenga la necesidad de buscarme. Mientras tanto... Tendré que encontrar la manera de pasar el tiempo. Sentarme a pensar no está en la lista.

DELILAH

Entre carcajadas, le doy un lametón al helado de fresa y disfruto el sabor que se deshace en mi boca. Según mis amigas, es el gusto más básico, pero ha sido mi favorito desde niña. Nunca me canso de él. No veo lo malo en repetir lo que te agrada. Anne, en cambio, optó por chocolate blanco y Sylvie se decantó por un agua saborizada. Justo antes de pedir ha dicho que está tratando de «dejar el azúcar» y luego agregó que deberíamos hacer lo mismo. Mientras caminamos, es ella la que saca la conversación sobre «chicos» y se encarga de mencionar que, tres noches atrás, el hijo del dueño de la gasolinera la invitó a una cita. Arrugamos la nariz y reímos.

—¡Ese hombre tiene como treinta! —larga Anne espantada—. ¿Qué le dijiste?

—Que no, obviamente. Si estuviera bueno... quizá me lo habría pensado un poco más —Sylvie se encoge de hombros.

No es gran cosa. No para ella. Está acostumbrada a que cualquier persona del género másculino le preste atención y la invite a salir. Le sucede a menudo. Y, la verdad, es comprensible. Sylvie tiene una belleza descomunal.

—Es un hombre mayor. Que asco.

—¿Y qué? Los chicos de nuestra edad son bastante tontos. ¿A quién tenemos? Veamos: Chad, Jerry, Connor... Me muero del aburrimiento de solo pensarlo.

—Tienes razón —coincide Anne—. Necesitamos chicos nuevos.

Hasta el momento, me mantengo al margen de la conversación mientras disfruto el cono de helado. Sin embargo, por primera vez, tengo algo interesante qué decir. Por un instante, dudo. Quizá debería guardarlo como un secreto pero... Son mis amigas. Además, me gustaría ver la cara de Sylvie cuando sepa que también me sucedió algo inesperado.

—Bueno, yo... Conocí a alguien —las dos me clavan la mirada—. Un chico.

—¿Aquí? ¿En el pueblo? —Sylvie frunce el entrecejo.

—Sí, aquí.

—¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo es? Cuéntamelo todo, Lilah. Todo —exige Anne.

—Hace dos días. En la casa del lago. Es... Alto. Rubio. Creo que tiene los ojos azules.

—¿Es guapo?

—Sí, bastante guapo —reconozco.

—¿Y cómo fue? ¡Queremos detalles! —Anne no esconde su entusiasmo.

—Uhm, fue... Un poco vergonzoso. Estaba saliendo del lago y como soy torpe, el pelo se me enganchó en el sujetador del bikini. Logré desatarlo, pero también deshice el nudo de los tirantes y, bueno... Casi me quedo desnuda —vuelvo a experimentar el calor en las mejillas—. Él me ayudó a anudarlo.




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