8 de junio, 2002
DELILAH
—Me rindo —pronuncia Sylvia tras dar un bostezo—. Tengo cosas más importantes qué hacer, chicas.
Llevamos más de media hora esperando por alguna señal de vida humana pero no sucedió nada. La casa permanece sin ningún tipo de movimiento. Nunca me había detenido a observar con tanto detalle y, la verdad, es una construcción preciosa. Tiene dos plantas. Está hecha de tablas de cedro, compuesta de ventanales amplios —aunque cubiertos por persianas de interior— y un balcón principal desde el cuál debe ser precioso contemplar un atardecer. O las estrellas. Aunque mi parte favorita es, sin dudas, el muelle privado que conecta con la inmensidad del lago.
—Pero... Solo un poco más. Por favor.
—Lo siento, amiga. También debo irme. Es el cumpleaños de mi madre y tengo que ayudar con los preparativos.
—Está bien. Lo dejamos para otra ocasión, ¿no?
Las dos se marchan a través del sendero en dirección al sur. Y de pronto, me encuentro sin motivo para permanecer entre las sombras de la casa del lago. Se suponía que debía probar a Sylvie que mi versión de la historia es cierta. Pero se ha ido. Debería hacer lo mismo. Regresar a casa y retomar tareas pendientes —como recoger la ropa limpia que dejé secando en el tendedero, por ejemplo—. Echo un último vistazo a la casa con la esperanza de hallar algún cambio.
—¿Otra vez fisgoneando en propiedad privada, pelirroja?
De un sobresalto, giro y encuentro detrás al rubio. Sonríe burlón y mi piel se estremece.
—No estoy en tu propiedad.
Al menos esta vez no he cruzado el cerco.
—Me parece que sí —señala mis pies apenas dentro del terreno—. ¿Tienes alguna obsesión por cometer delitos?
Doy varios pasos hacia atrás e intento alejarme lo máximo posible de su propiedad pero trastabillo y choco contra él. Dios. Mis amigas deberían estar aquí para comprobar que todo lo que dije fue real. Él me sujeta de la cintura con una mano, me ayuda a reincorporarme y muero internamente de vergüenza. ¿Cómo explicaré esto?
—No, yo... Estaba aquí con amigas.
—Amigas invisibles.
—Estaban aquí. Acaban de irse —explico con torpeza—. Simplemente estábamos dando un paseo.
—Voy a fingir que te creo —dice. Luego, pasa de mí en dirección a la entrada del cerco.
—Deberías creerme. Es la verdad.
Él asiente y luego sonríe como diciendo «sí claro, loca».
—Delilah, ¿no? —asiento. ¿Acaso olvidó mi nombre?—. Ya que tanto te gusta husmear en mi propiedad, ¿quieres pasar a tomar algo?
Su invitación me hace sonreír. Pensé que le caía mal pero está proponiendo que pasemos un tiempo juntos.
Sí, quiero.
No, no deberías.
Solo será un rato.
Papá se pondrá como loco si se entera.
No lo sabrá.
—Eh... No lo sé. Me acabas de acusar de ser una delincuente.
—Y tú insinuaste que soy un pervertido. Estamos a mano. ¿Vienes o no?
—Uhm, de acuerdo. Creo que puedo quedarme un rato —contesto tras un breve pero arduo colapso mental. De vez en cuando, las voces en mi cabeza me quitan la frágil estabilidad.
—Mira el lado positivo. Al menos, esta vez, puedes entrar sin cometer ningún delito.
—¡Ey!
Él ríe por lo bajo, de pronto, parece más relajado. Se adelanta en el camino y abre la puerta del cerco que —por primera vez en mucho tiempo— no lleva el incorruptible candado. Atravesamos el sendero que está repleto de vegetación que ha crecido en exceso y, de hecho, se encuentra bastante descuidada. Nerviosa, sostengo el tirante del morral cruzado frente a mí pecho, como si así pudiera encontrar algo de alivio. Entonces, él se dirige a la entrada trasera de la cabaña y me detengo.
—¿Y? ¿No vas a entrar? —voltea hacía mí con el picaporte en la mano.
—El día está precioso. Solo un ermitaño preferiría encerrarse entre cuatro paredes.
—La luz solar daña la piel.
Chasqueo la lengua.
—En realidad, aporta vitamina D y mejora el estado de ánimo —indico mientras emprendo a caminar con seguridad hacia el muelle—. Te prometo que no morirás por pasar un rato bajo el sol. Además, ya pasaron las horas críticas
Lo escucho gruñir cerca de mí.
—¿Siempre eres tan obstinada?
—¿Siempre eres tan odioso?
Llego a la zona del muelle y, como no llevo traje de baño, opto por sentarme a una orilla simplemente a disfrutar de la calma del lago.
Actúa con normalidad.
Haz lo que harías cualquier día de la semana cuando vienes hasta aquí por tu cuenta.
Dejo el bolso a un costado y saco el estuche de bisutería. Corto un trozo de hilo encerado, hago un nudo en el extremo y comienzo a colocar una combinación de mostacillas de colores: turquesa, verde agua, azul marino. Minutos después, Alexander me sorprende sentándose a mí lado.
—¿Una cerveza? —ofrece un botellín.
Niego.
—No bebo alcohol —en cambio, él sí le da un trago—. Tú tampoco deberías hacerlo.
—¿Cuántos años tienes?
—Dieciocho.
—Wow. Hablas como una mujer de cuarenta. Un poco de diversión no te vendría mal.
Lo miro boquiabierta. Y de inmediato, me invade el irremediable impulso de contestar a su elegante insulto.
—¿Y tú cuántos años tienes? Te comportas como un cincuentón desempleado que no tiene nada mejor que hacer que ponerse a beber.
—Tengo diecinueve —contesta—. Eres cruel, pelirroja.
—Si te sirve de consuelo, no luces como uno. Más bien... Tienes el espíritu.
—Lo mismo para ti. No te ves como una señora de cuarenta... Más bien, como una de cuarenta y cinco.
Tratando de contener la risa, le doy un golpe suave y juguetón en el hombro.
—Puedo ser divertida sin beber una sola gota de alcohol.
—Sí, claro. Veo que estás haciendo algo sumamente divertido —echa un vistazo al brazalete que acabo de finalizar—. A menos que lo estés haciendo para obtener algún tipo de ganancia.