8 de junio, 2002
ALEXANDER
La verdad es que pensé que terminaría acostándome con ella. No es la primera vez que la encuentro husmeando en la cabaña. Fue lógico pensar que sentía algún tipo de atracción por mí. Usualmente ese es el motivo por el que las chicas se me acercan. Sin embargo, Delilah fue clara cuando se negó a entrar. No estaba buscando ir más allá. Me descolocó por un instante pero, luego, fui tras ella como si no tuviera opción. La seguí.
De pronto, terminé contemplando como hacía artesanías bajo los rayos de sol. ¿Estaré en algún tipo de realidad paralela? Jamás en mí vida habría elegido pasar el rato de ese modo. Es como si no estuviera siendo yo. O, peor aún, como si un extraterrestre bajó a la Tierra y se apropió de mi cuerpo.
Y como no fue suficiente permanecer hipnotizado viéndola hacer un brazalete, me propuse darle un poco de diversión. Apenas conozco a Delilah pero es imposible ignorar el hecho de que tiene una sonrisa contagiosa. Lo comprobé cuando la arrojé al lago y, a pesar del enfado momentáneo, no pudo parar de reír. Es... Supongo que así sonaría la risa de una sirena, si existieran.
Me apena alejarme para atender un estúpido llamado telefónico pero debo hacerlo.
—Tienes que detenerte con los mensajes de voz.
—Lo haré cuando me permitas salir de aquí —insisto—. Tengo cosas que hacer en la ciudad, papá.
—¿Qué tipo de cosas? ¿Emborracharte? ¿Causar problemas que luego, como un imbécil, tengo que cubrir? —reclama—. Se acabó, Alexander. No podemos permitirnos un solo error más.
—¿Eso es todo? ¿Algo más que quieras agregar al sermón?
—De hecho, tengo que pedirte un favor. Scarlett Donovan.
—Rompí con ella hace como dos meses.
—Tienes que recomponer esa relación.
—¿Para qué?
—Necesito a su padre de mí lado. Su apoyo público me haría ganar puntos. Me debe un par de favores pero, si además ponemos contenta a su única hija... Sería más sencillo. Si mal no recuerdo, esa chica estaba loca por ti.
—Es una broma, ¿no? —silencio del otro lado—. No puedo hacer nada desde aquí.
—Llámala. Envía algún regalo. No lo sé. Usa el ingenio, Alex. Piensa. Demuestra que sirves para algo más que beber un litro de vodka.
Corto. Dejo el teléfono sobre la mesa y me presiono el puente de la nariz bajo la intermitente mirada de Dean. Mi padre lo envió aquí para «cuidarme» pero es solo una definición suave para ocultar sus artimañas: le ordenó vigilarme. Está atento no porque quiera cuidar de mí sino porque su trabajo es informar a mi progenitor. De pie en la sala, puedo sentir que pierdo el control de mi respiración. Lo hago torpemente.
Inspiro. Exhalo. Inspiro otra vez. Vuelvo a exhalar.
Arreglaré esto, después. Tengo algo más importante que hacer ahora.
Salgo, dirijo la mirada al muelle pero no veo a Delilah. Ni un rastro.
—¿Dónde está?
—Le dije que debía irse —contesta Dean.
Volteo hacia él, lo enfrento y le doy un empujón en el hombro.
—Tú no vas a manejar mí vida. ¿Está claro?
DELILAH
—Será mejor que te vayas, jovencita —sugiere el hombre de aspecto intimidante que salió del interior de la cabaña—. Ahora.
Asiento. Recojo mis cosas tan rápido como es posible y emprendo una caminata apresurada hacia la granja. Apenas veo el letrero en el cerco que pone «familia Graham» la velocidad del ritmo cardíaco, se apacigua. Han sido demasiadas emociones juntas. Pasé de estar riendo con Alexander a recibir el trato frío de aquel señor misterioso.
Qué tonta.
Quizá no debí haber aceptado pasar el rato con un completo desconocido.
Bueno, no es tan desconocido.
Sé su nombre. Sé que tiene diecinueve años. Y sé que le gusta ir a fiestas. No está tan mal ¿eh? No es propio de mí juzgar a las personas. Quiero decir, intento ver el lado positivo la mayor parte del tiempo. Me gusta darles una oportunidad para que puedan mostrar como son. Busco ver su realidad interior, no lo que ofrece una simple apariencia. Así es cómo, a pesar de las dudas, surge una amplia sonrisa en cuánto recuerdo la forma en que reímos en el lago. Los dos. Nadie más. Siento que viví una fantasía, un lapso de tiempo que fue mágico y no puedo quitarme esa cosquilleante sensación del cuerpo.
Dejo las zapatillas —empapadas— en un rincón de la sala, mis prendas aún gotean mientras me dirijo a las escaleras. Tendré que limpiar este desastre más tarde.
—Delilah —Rhett me mira con una sonrisa burlesca—. ¿Qué carajos te pasó?
Levanto el mentón, orgullosa.
—Fui a nadar.
—Ya lo veo. Olvidaste el traje de baño, ¿eh?
—No te importa.
Él arruga los ojos.
—¿Por qué estás sonriendo como si hubieras ganado la lotería?
—¿Qué? No. No estoy sonriendo. Quiero decir, es mi sonrisa de siempre.
—Carter, ven aquí —grita a todo pulmón causando que frunza la nariz. Mi otro hermano mayor aparece de inmediato—. Mirala. ¿Ves que tiene una sonrisa rara?
—¿De dónde vienes? —cuestiona.
—Dice que de nadar, pero yo creo que viene de ver a su novio —larga Rhett. Carter lo fulmina con la mirada.
—No le hagas caso. Está delirando.
—¿Quién es, Delilah? ¿Es Connor? —elijo el silencio—. Es él. Sabía que te estaba mirando demasiado el otro día en la feria...¿Volvieron?
—Por Dios, no. Están locos, los dos —expreso mientras subo las escaleras—. No voy a responder a sus estupideces. Así que déjenme en paz.
—Esto es un pueblo, hermanita. Lo sabremos tarde o temprano —murmura Rhett, divertido. Haciendo honor a su pasión por molestarme.
—No. No sabrán nada porque no existe nada —vocifero. Y me alejo.
₊˚ ✧ ‿︵‿୨୧‿︵‿ ✧ ₊˚
Un montón de papeleo cae al suelo tras sacar el diario de escritura que guardo en un cajón del escritorio. El único que tiene seguro. Es difícil mantener la intimidad cuando vives en una casa con dos hermanos mayores que están dispuestos a inmiscuirse en asuntos ajenos —especialmente cuando se trata de la hermana menor a la que sobreprotegen—. Si mis padres hubieran decidido tener otra hija después de que naciera... Dios, quizá mi vida sería un poco más relajada.