Nuestro Inesperado Caos

Capítulo 8

12 de junio, 2002

DELILAH

Mentiría si dijera que me tomé la propuesta de Carter con calma. Al día siguiente de saberlo, me levanté más temprano de lo usual, hice las tareas diarias y me aseguré de tener el resto del tiempo disponible para trabajar en la pastelería. Hornee tarta de queso de fresa y frutos rojos, tarta de manzana, pie de limón y mi especialidad: pastel húmedo de zanahoria con glaseado de queso crema. También preparé una decena de frascos con mermelada casera de frutos rojos. Y, como quise darles un toque personal, recorté trozos de tela cuadrillé, los coloqué encima de la tapa y los amarré con un lazo fino. Metí los frascos y los contenedores con pastel dentro de una bolsa de tela y la dejé sobre un rincón de la mesada.

Sonrío al ver que, de algún modo, lo conseguí.

Mamá, haz que esto salga bien, por favor.

Mi padre atraviesa el umbral de la cocina, echa un vistazo con indiferencia y finalmente, se fija en mí.

—La cena está casi lista, papá.

—El hambre me consume —se limita a contestar—. ¿Qué has hecho?

—Mermelada de frutos rojos y pasteles de...

—Me refiero a la cena.

—Oh. Sí. Guiso de carne con papas y zanahoria. También hice pan casero. Aún está tibio.

Cenamos en silencio. Es incómodo. Puedo palpar la tensión en el aire. Sé que mi padre está en desacuerdo con la propuesta de Carter, ni siquiera le interesó lo que tenía para contarle. Tampoco le importa lo emocionada que me encuentre. Es como si no pudiera aceptar que crecí. Me gradué del secundario hace dos meses. Una parte de mis compañeros se marcharán pronto a distintas universidades y el resto, se encuentra trabajando en los negocios familiares. Anne es secretaria en la inmobiliaria de su padre. Sylvie echa una mano con la tienda de ropa de su madre. La única que no puede encontrar un lugar determinado, soy yo.

—Puedes irte —indica tras haber terminado—. Me ocuparé de los trastes.

—¿Estás seguro? No es necesario. Puedo hacerlo, en serio.

—Te ves cansada, hija. Déjame a mí.

—Gracias, papá —extiendo una sonrisa—. Sé que para ti es difícil entender que...

—No quiero hablar de eso, Delilah.

—Bien. De acuerdo —no insistiré—. Eh, ¿puedo tomar la camioneta? Tengo que hacer un recado. Será rápido.

—Las llaves están en el recibidor.

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—Está todo listo. Te dejé un listado de precios sugeridos —entrego el cargamento a Carter—. Puedes cambiarlos a tu criterio. ¿Cincuenta y cincuenta, entonces?

—No, Lilah. Todo es para ti. ¿De acuerdo?

—Gracias, Car —sonrío orgullosa ante mi nuevo proyecto—. ¿Crees qué puedo entrar y ayudar un poco? No tengo nada mejor que hacer.

—¿Y qué papá cometa un asesinato cuando lleguemos a casa? No, paso. Ve a descansar, ¿si? Adiós —cierra la puerta de acompañante.

Lo saludo desde el interior con la mano.

Camina hasta desaparecer en el interior de La Taberna y, segundos después, es Rhett el que emerge. No está solo. Lleva a alguien más del brazo —como si estuviera sacándolo contra su voluntad— y lo deja en una esquina del pórtico. La situación no me extraña: es común que algún cliente se exceda con la bebida y, tras causar un altercado, tengan que echarlo. Los disturbios no son bienvenidos.

Rhett regresa al bar.

Incapaz de marcharme, agudizo la vista —dado que los faroles del exterior son tenues— e intento deducir a qué se debe la incómoda sensación de qué conozco a esa persona de algún lado. Inquieta, consigo aguardar unos pocos minutos hasta que mi curiosidad corrompe todos los muros. Apago el motor, desciendo la camioneta y voy directo hacia el muchacho.

No puede ser...

Es él.

Es Alexander.

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Nos leemos en la próxima actualización.

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