Nuestro Inesperado Caos

Capítulo 9

12 de junio, 2002

ALEXANDER

Pierdo la cuenta de los tragos que ingerí. No es como que tuviera que llevar un inventario especial o algo así. Simplemente sé que, a medida que se acaban, pido más. El barman cuenta los billetes y sin chistar, continúa proporcionando más alcohol. A fin de cuentas, funciona así en todos lados: mientras tengas el dinero, el mundo entero está disponible. Supongo que una de las cosas que más me asustan de perderlo todo tiene que ver con el hecho de que todas las puertas se cierren para mí. No puedo imaginar cómo lo haría por mi cuenta. Es… abrumador. Si bien la justicia bloqueó las cuentas oficiales de mi padre aún no descubrió el resto. Él tiene sus artimañas para proteger su fortuna, maniobras que aún funcionan pero con esto de la investigación corremos riesgos. Todos. Y tengo la sensación de estar constantemente pendiendo de un hilo.

Un hilo que podría cortarse fácilmente en cualquier momento.

Y entonces, me iría en caída libre.

Respiro hondo. Los ruidos a mí alrededor no son más que murmullos irreconocibles. No puedo entender una sola palabra de lo que dicen los demás. Río. Es posible que Dean esté enloqueciendo porque llevo horas metido aquí dentro. En realidad, no sé cuánto pasó con exactitud. También perdí el sentido del tiempo. Quizá esté tan desesperado que se vea obligado a llamar a mí padre y entonces, por fin entenderá que ha sido una pésima idea encerrarme en este pueblo. Porque eso es exactamente lo que hizo. Me aisló en territorio desconocido.

Así es como el fantástico Bruce Whitmore lo soluciona todo.

¿No le eres funcional? Se deshace de ti como si fueras un montón de basura.

Aturdido por mis pensamientos, me pongo de pie.

—Eh… ¿El baño? —pregunto al barman.

—Derecho —señala el final del pasillo—. La única puerta.

«Derecho. La única puerta» repito para mí mismo.

Espero que echarme un poco de agua fría en la cara me despeje el mareo.

No lo hace.

—¿Cuál es tu problema? —espeta el grandulón que acabo de llevar por delante.

Ni siquiera lo noté. No solo choqué contra él, también derramé toda su bebida.

—No… No te vi.

—¿No vas a disculparte, pedazo de mierda?

—Imbécil —gruño sin control.

Lo que es suficiente para que impacte su puño en mi cara. Me río. Vuelve a insultarme —está tan furioso que ni siquiera puedo descifrar su salvaje pronunciación— y me golpea, provocando que caiga al piso. Me inclino de rodillas, escupo sangre y vuelvo a reír.

No de él.

De mí mismo.

Es irónicamente increíble cómo pasé de estar en el club más elegante de la ciudad a ser golpeado por un desconocido en un tugurio de dudosa reputación.

Tan ebrio que ni siquiera puedo coordinar los movimientos para defenderme.

—Tendrás que salir de aquí, amigo. Lo siento —reconozco al barman. Me da una mano para ponerme de pie y, sin soltarme, me guía hacia el exterior de La Taberna—. Será mejor que te vayas por donde viniste.

Y desaparece.

Sentado en un extremo del pórtico, echo un vistazo a la carretera. Sin movimientos, excepto por la camioneta aparcada a una orilla. Siendo honesto, no tengo idea de cómo llegaré a casa. La próxima vez tomaré el vehículo de Dean, aunque sé que tiene estrictas órdenes de no prestarlo. Entiendo que debo pasar las próximas horas aquí tirado hasta conseguir un poco de estabilidad o esperar por un milagro que, siendo realista, las posibilidades de que ocurra son ínfimas.

—Alexander —escucho una voz repleta de preocupación—. ¿Estás bien? ¿Qué te pasó?

Elevo la mirada.

Delilah está de pie a unos centímetros de distancia.

Sorpresa, el milagro llegó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.