Nuestro Inesperado Caos

Capítulo 10

12 de junio, 2002

DELILAH

—No deberías verme así, pelirroja —pronuncia Alexander e intenta ponerse de pie. No lo consigue.

Su aspecto desaliñado me deja perpleja. Me acerco. Una tenue luz de la farola vislumbra su cara. Está herido. Alguien lo lastimó. El corazón me da un vuelco. Las pocas veces que estuve en el interior de La Taberna, llegué a ver tipos borrachos y metidos en peleas absurdas. Siempre me parecieron repugnantes. La clase de escenarios que te hacen arrugar la nariz y mirar hacia otro lado.

Alex, en cambio, me provoca el impulso de acercarme.

No quiero correr.

Luce como un desastre inofensivo. Su mirada está húmeda. Entiendo que puede ser un efecto colateral de estar alcoholizado, sin embargo, puedo notar la angustia plagada en su expresión. Sin perder la calma, me siento a su lado. No sé lo que le pasó pero este chico aún tiene miedo. Juraría por mi familia que está a punto de echarse a llorar; si no fuera por ese muro indestructible que utiliza para resguardarse.

—Te he dicho incontables veces que mi nombre es Delilah —corrijo con cierta suavidad—. Dios mío. Tu ojo, Alex. Tu labio. Estás... estás sangrando —puedo oler el característico aroma del alcohol—. ¿Quién te hizo esto?

—Un tipo que podría ser mi padre —arrastra las palabras. Luego, pone una sonrisa irónica—. Me da vergüenza que me veas así.

—No pasa nada. He visto cosas peores, no te preocupes —pronuncio con un vestigio de humor. Le despejo el rostro y acomodo unos cuantos mechones ondulados hacia un costado—. Te llevaré a casa, pero tienes que dejar que te ayude. ¿Puedes ponerte de pie?

—No... No lo creo.

Vuelve a reír. Cierra los ojos y se echa ligeramente hacia atrás.

—Ey, Alex. No. No te duermas aquí —indico—. Vas a venir conmigo. Solo tenemos que llegar a la camioneta.

Encajo un brazo alrededor de su cintura. Lo guío para que se sostenga de mis hombros. Hago una cuenta regresiva «uno, dos, tres» y, finalmente, consigo que se ponga de pie. Respiro algo agitada, Alexander es alto, tiene músculos tonificados y yo, soy una chica alérgica al ejercicio. Creo, no obstante, que mi mayor preocupación son mis hermanos. Si de casualidad uno de ellos me descubre cargar con un extraño borracho, se asegurarán de que consiga un castigo hasta que tenga treinta años. Sé que tengo dieciocho y en teoría no deberían controlar mi vida, aún así... Encontrarían el modo de hacerlo. Me llamarían loca. Dirían que estoy desequilibrada o peor aún, que soy un peligro para mí misma.

Dios, qué escándalo.

₊˚ ✧ ‿︵‿୨୧‿︵‿ ✧ ₊˚

—Tenemos que salir de aquí, Alex. No puedes dormir en esta vieja camioneta —insisto. La puerta de su lado permanece abierta.

Arruga los ojos.

—¿No puedo?

—No —sostengo su mano y tiro de él—. Vamos. Tienes que darte prisa.

—¿Te quedarás conmigo? —pregunta, sujetando mí mano con más fuerza—. Por favor, Delilah.

Puedo ver su mirada rogar en silencio. Aunque mi lado razonable no deja de repetir «tienes que volver a casa», decido ignorarlo. Tengo el presentimiento que en el radar de este chico no existe la palabra «no» y la verdad, no quiero ser la primera en negarle algo.

—Está bien. Me quedaré un rato.

Una vez más, lo sostengo mientras caminamos hacia la casa. Él se detiene a escasos centímetros de la entrada. De pronto, está rígido.

—Él... Dean no puede verme así. No puede saberlo.

Entiendo que habla del señor desconsiderado que me echó del muelle días atrás.

—¿No puede saber qué estás borracho?

—No —cierra los ojos, aturdido—. Tenemos que hacer de cuenta que estamos juntos.

—¿Eh? —sonrío a causa de la confusión—. Juntos... ¿de un modo romántico?

—Sí. Por favor.

Y, como para no perder la costumbre, me encuentro otra vez accediendo a sus descabelladas ideas. Entrelaza nuestras manos como si fuéramos una pareja consolidada y, en silencio, me guía hacia la habitación de la planta alta. Tenemos la fortuna de no toparnos con Dean en ningún momento. Sin embargo, no puedo evitar el cosquilleo que nace en la planta de los pies, pasa por mi estómago y se extiende hasta el pecho. Es la primera vez que un chico sostiene mi mano de esa forma tan dulce y segura. Sé que estamos fingiendo pero, durante un instante, tengo la sensación de que me sujeta como si no quisiera soltarme nunca más.

No te hagas ilusiones estúpidas, Delilah.

No es momento.

Está borracho.

Mañana olvidará todo esto.

La habitación de Alexander es, aparentemente, la más grande de la casa. Tiene un techo de madera inclinada, pisos rústicos y un ventanal que ofrece una vista privilegiada del paisaje natural. El cielo estrellado es la prueba. En medio, tiene una cama de dos plazas repleta de almohadones mullidos. Predomina el azul marino y otras tonalidades, como el turquesa, celeste y gris. No puedo distinguir las notas aromáticas con exactitud pero, tal como Alexander, huele a perfume caro.

Él se hunde a una orilla de la cama. Me aproximo al ventanal en busca de una observación más detallada. Alcanzo a divisar la extensión del lago. Alex, de pronto, se mueve. Miro tras mi hombro, distingo la puerta del baño privado abierta.

Oh, no.

Está de rodillas frente al váter, sus manos permanecen aferradas al borde con tanta fuerza que sus nudillos están blancos. Al mismo tiempo, sus hombros se sacuden a causa de los espasmos involuntarios. Es evidente que lo está expulsando todo. ¿Debería irme? No. La última vez que enfermé del estómago y pasé por algo similar, mi hermano Carter se encargó de cuidarme y darme tranquilidad. No me hubiera gustado atravesar todo aquello sin él, en absoluto.

Así que me acerco.

Hago suaves círculos en su espalda, también aparto los mechones ondulados y sudorosos de cabello. Tiene la frente húmeda. Fría.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.