13 de junio, 2002
ALEXANDER
De repente, todo a mí alrededor deja de girar. Tengo la cabeza apoyada en sus piernas y un brazo alrededor de ellas, siendo lo único firme que encontré en mucho tiempo. Sus manos están en mi cabello, no sé si es una fantasía o si realmente me está acariciando, ella desliza los dedos a través de mis mechones rizados.
Esto debe ser un sueño. No encuentro otra explicación posible.
—¿Solo estás con Dean? —pregunta.
—Sí.
—¿Y tus papás?
—Trabajan en la ciudad. Sí. Ellos tienen… Tienen mucho trabajo.
—¿Y simplemente te han dejado aquí?
—Sí. Así lo hicieron.
—¿No los echas de menos?
—No. Para nada.
—Oh. Siempre me pareció triste la idea de estar lejos de mi familia.
La escucho compungida. Espero que no esté apenada por mí porque la verdad, empiezo a pensar que no es tan mala la idea de estar aquí.
—Para mí es mejor estar aquí. Te lo aseguro.
DELILAH
¿Qué hora es?
Oh. No.
El reloj marca las seis y cuarenta y cinco. El sol está brillando. Es un nuevo día. Mi cabeza hace un cortocircuito. Observo a mí alrededor, el techo de madera, la cama de dos plazas, los detalles azul marino y él.
Alexander.
Duerme plácidamente sobre mi abdomen como si lleváramos un largo tiempo haciéndolo. Una de mis manos todavía está perdida en su cabello. Abro los ojos aún más grandes. ¿En qué momento me dejé vencer por el sueño? Lo último que recuerdo es que estábamos hablando en monosílabos. Supongo que me desplomé del cansancio, tentada por la superficie mullida y confortable. Sigilosa, me muevo hasta que me desligo de su brazo, procurando que no se haga daño cuando cae sobre el colchón.
Adiós, Alex. Mi padre me castigará de por vida.
—Buen día, señorita.
Tras bajar las escaleras, me detengo en seco a tan solo unos pasos de la salida.
—Delilah —murmuro—. Buen día, señor.
—Dean —se presenta. Trago saliva. El calor se instala en mis mejillas—. ¿Alexander?
—Duerme.
—¿Pasó algo? ¿Está bien?
—Sí, sí. Es que anoche, bueno… nos divertimos un poco. Estaba agotado —miento.
—Agotado.
—Sí. Eh, por cierto… ¿Podrías echarle un ojo cuando despierte? Quiero decir, solo para saber si descansó bien.
—Ya sé que se emborrachó, Delilah. Me aseguraré de que esté bien.
—Bueno, gracias. Y adiós. Debo irme.
₊˚ ✧ ‿︵‿୨୧‿︵‿ ✧ ₊˚
Como si el interrogatorio de Dean no fuera suficiente, mi padre está haciendo guarda en la tranquera —adivino que, aguarda mi llegada—. Ingreso con la camioneta, la detengo y ruego a todos los dioses existentes del universo que me den una mano. Nunca volveré a pedir nada en años, lo prometo. No veo a mis hermanos a mí alrededor, lo que no es buena señal. ¿Y sí los envió a buscarme?
Suspiro. Rhett está en el gallinero, recogiendo huevos.
—Delilah —expresa mi padre en un tono poco amigable—. ¿A dónde te habías metido? Nos tenías preocupados a todos.
—Lo siento, papá —respiro. Creo que la preocupación le ganó al enfado. ¿Está mal que me alegre por eso?—. Los padres de Anne se ausentaron anoche. Así que ella quedó al cuidado de sus hermanitos. Me pasé un rato por su casa para hacerle compañía y bueno, eh… Ella puso una película. Y nos quedamos dormidas —me encojo de hombros—. De nuevo, lo siento mucho.
En parte, la historia es cierta. Anne tuvo que cuidar a sus hermanos anoche. Y sí, algunas veces me quedo junto a ella dando una mano. Anoche no fue la ocasión. No estuve ni cerca de su casa.
A lo lejos, diviso la sonrisa burlesca de Rhett.
Sabe que me encuentro en problemas.
—Ahí estás, Lilah —exclama Carter que a traviesa la entrada a paso rápido—. Estaba comenzando a pensar lo peor.
—Lo envié a buscarte —revela mi padre—. La próxima vez no te olvides de avisar.
—Sí. Lo haré.
₊˚ ✧ ‿︵‿୨୧‿︵‿ ✧ ₊˚
ALEXANDER
Estaba aquí.
Estaba justo aquí.
No lo soñé, ¿no? La podía abrazar justo cuando estiraba el brazo de este modo. Podía palpar la forma de su cuerpo. Un delicioso aroma a frutos rojos. Un espacio seguro. Firmeza después de nadar por tantos universos inestables.
Ella estaba aquí.
Pero… ¿por qué?
Hundido en la cama, abro los ojos. Las cortinas están apartadas a los lados, permiten el ingreso de una cálida pero increíblemente molesta luz solar. No sé en qué pensaba cuando decidí dejarlas en aquel estado, aunque no he sido yo. Me recuesto sobre los codos mientras echo un vistazo hacia un lado de la cama. Está vacío pero hay rastros de que alguien estuvo aquí. El cobertor está arrugado, las almohadas están fuera de lugar. Miro hacia la mesita de noche: una botella de agua vacía y una taza de café a medio tomar. El punzante dolor de cabeza se intensifica. Y, de pronto, los recuerdos de la noche anterior se agolpan, uno tras otro.
Delilah.
La sensación de seguridad, el aroma a frutos rojos, la voz suave.
Ella se quedó conmigo. Durmió a mí lado. Controló mi desastre. Me curó las heridas. Me obligó a beber agua. Acarició mi cabello hasta que me quedé dormido.
Anonadado, miro el paisaje a través de la ventana. No puedo sentirme más patético. Avergonzado. ¿Por qué tuvo que verme así? Si quería alejarla, felicitaciones, ya lo hice. Dudo que quiera acercarse nuevamente después del desastre que causé.
—¿Te encuentras bien? —pregunta Dean tras asomarse por la puerta de mi habitación.
—Nunca he estado mejor.
—No te conviene usar ese tono conmigo.
Agobiado, me encojo de hombros.
—Haz lo que quieras. Ve a contarle a mi padre. No me importa —tengo otras preocupaciones más relevantes en este momento—. Espera, Dean. ¿Has visto a Delilah?
—¿Te refieres a la jovencita pelirroja que bajó por las escaleras a primera hora de la mañana?