14 de junio, 2002
DELILAH
Tras colocar la masa estirada sobre la superficie enharinada, corto círculos con un molde y, finalmente, los acomodo uno a uno en la bandeja para horno. Luego, utilizo una cuchara para darles forma de corazón en el centro y, una vez que termino, saco la mermelada de frutilla que preparé horas atrás. Utilizo una cuchara más pequeña para colocar pequeñas cantidades en cada corazón, lo usual es que este paso me lleve un poco más de tiempo porque debo hacer movimientos suaves y lentos.
—Hola, hermanita —Carter aparece en la cocina—. Tendrás que decirme en qué estás metida.
—¿De qué hablas? —arrugo el entrecejo e intento mantener la concentración.
—Ayer, cuando papá pidió que fuera a buscarte, lo hice —comienza a explicar—. Recorrí una buena parte del pueblo y, de hecho, pasé por casa de Anne. Me dijo que no estabas ahí, qué hacía días que no te veía.
Oh, no.
Excusas creíbles vengan a mí, por favor.
—Yo, eh...
—No duermes en casa. Al día siguiente recibes un ramillete gigante de flores... ¿A quién estás viendo, Lilah?
—A nadie.
—¿Lo conozco? Vamos, puedes ser sincera conmigo —insiste—. Sabes que no iré corriendo a contárselo a papá. ¿Es Connor? Porque si es él...
—¿Qué? ¡No! Yo no... No es él, Carter. Olvidalo. Tengo derecho a tener privacidad —cercioro—. Ustedes salen con chicas y nadie les obliga a contarmelo.
—Tienes razón —admite, mirando con demasiado cariño mis galletitas aún crudas—. ¿Te trata bien?
—¡Carter! No voy a responder nada.
—De acuerdo. Respeto tu decisión —se encoge de hombros, rendido—. Solo asegúrate de que sea de fiar.
Entiendo la preocupación de mi hermano. La única vez que me relacioné de manera romántica con un varón —Connor— terminé con el corazón roto, un montón de lágrimas y la humillante sensación de inferioridad. Cometí un error, lo sé. Pero no le veo sentido a resguardar mis sentimientos por completo o protegerme del mundo como si fuera un delicado cristal.
Eso no sería vida.
ALEXANDER
—Quedé fascinada con el collar, Alex.
—¿Collar?
—El que tú me regalaste, de la última colección de pandora. Llegó ayer —explica—. ¿Acaso lo compraste borracho?
—Oh, no. Sí. El collar —mierda. Mi madre tiene que avisarme de estos detalles o ¿cómo pretenden que finja interés?—. Tengo muchas cosas en la cabeza, Scar.
—Lo sé. Están destrozando a tu familia en todos los medios. Se preguntan a dónde estás metido —comenta. La verdad es que, por mi cordura, decidí mantenerme alejado de cualquier noticia. Solo espero las novedades que puedan transmitir mis padres—. Mi padre quiere echar una mano.
—¿De verdad?
—Sí. Se reunirá con Bruce en un par de días. Y eso es todo lo que sé porque, literalmente, es lo más aburrido del mundo. ¿A quién le importa la política? —larga despreocupada—. En fin, ¿cuándo vuelves?
—No lo sé. Pronto.
Espero que no sea tan pronto.
«Tienes visitas» modula Dean desde el umbral de la habitación junto a una seña con la mano incitando a cortar el teléfono. Me lleva un par de segundos despedirme de Scarlett. Probablemente tenga un millón de cosas más interesantes que hacer que mantener una conversación telefónica. Nunca conseguimos conectarnos del todo. Al menos, no de mi parte. Mis padres impusieron ese vínculo desde que supieron que Scarlett tenía interés en mí. Les convenía fortalecer sus conexiones políticas así que... ¿por qué no utilizar a su único hijo para complacerlos?
—Es la chica —menciona—. La pelirroja.
—Delilah.
—Te está esperando —agrega sin inmutarse. Hago un ademán para dirigirme al exterior pero Dean me sostiene del hombro—. Ten cuidado, jovencito.
—No hago nada malo.
—No juegues —advierte—. Esa chica tiene un corazón puro.
Deslizo una sonrisa irónica.
—Y yo soy un demonio, eso es lo que intentas decir ¿no? —Dean permanece en silencio. Lo tomo como un sí—. Vete a la mierda, Dean.
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Delilah aguarda de pie en el pórtico. Luce tan luminosa.
No.
Mejor dicho, es luminosa.
Lleva una blusa roja de cuadros con tirantes finos que se anudan en los hombros y cae de manera suelta. Debajo, el short azul de mezclilla contrasta con su piel, haciendo que sus piernas resalten aún más. Aparto la mirada tan pronto soy consciente de que he visto más de lo que debería y ella simplemente me regala una sonrisa como si el mundo fuera maravilloso.
—Felicidades, Delilah Graham —arruga el entrecejo. Es adorable—. Tocaste la puerta. No has cometido el delito de invadir la propiedad privada.
—Ja, ja. Qué gracioso —se muerde el labio inferior—. De pronto ya no tengo ganas de compartir estas deliciosas galletitas contigo que, de hecho, hice con mis propias manos.
Atina a marcharse pero la sostengo del antebrazo y la atraigo de un tirón suave hacia mí.
—Era una broma.
—No es divertido.
—¿No? ¿Ni un poquito?
Rompe su expresión seria en una sonrisa.
—Bueno, un poco sí. Pero no te pases —alza un dedo, amenazante—. Sé que parece que tengo mucha paciencia pero a veces se me agota rápido.
—Está bien —río ligeramente mientras le acomodo un mechón rebelde tras la oreja—. No más bromas. Lo entendí. ¿Quieres pasar la tarde en el muelle?
—¿Contigo? —duda.
—Sí, conmigo.
—Uhm... Puede ser. Pero solo porque es mi lugar favorito en todo el pueblo —justifica al mismo tiempo que pasa de mí y, como si estuviera huyendo, transita el camino exterior que rodea la casa, directo hacia el muelle.
Durante unos segundos, permanezco quieto. Me quedo inmóvil, viéndola correr y perderse en el verde del paisaje como si fuera parte de él. De algún modo, lo es. Delilah es una maravilla de la naturaleza con toda esa luz que transmite, la dulzura que emana y esa energía tan refrescante que te despierta la necesidad de mantenerla cerca la mayor cantidad de tiempo posible.