Nuestro Lado Oscuro

Capítulo 5 El nido de los Fox

Nunca conocí a ninguna amiga de mi mamá ni de mi abuelita. Nunca hablaban de sus relaciones personales, ni había fotos ni anécdotas. Era como si esas personas nunca hubieran existido.

Cuando era niña y mi mamá trabajaba aquí, tuve una amiga con la que llegué a ser muy cercana —bueno, no tanto, porque a mi mamá y a mi abuela no les gustaba nuestra amistad. Decían que los padres de ella eran unos estafadores. Aun así, seguimos siendo amigas durante dos años, hasta que ocurrió algo terrible: sus padres fueron encontrados muertos en el pueblo vecino y a ella nunca la encontraron.

Con el tiempo, descubrí que mi mamá llevaba el caso de esa familia. Encontré una carpeta con los registros de los delitos que cometieron. Poco después, a mi mamá la enviaron a la capital, por órdenes de los Fundadores.

Cuando conocí a Alice y Dante fue aceptación a la primera, pues sus papás tenían un buen puesto que próximamente ellos ocuparían. Aunque casi no se mucho de los papás de Dante, se que son familiares lejanos de los fundadores o eso fue lo que me había dicho Dante, ya que él no habla mucho de su familia.

Y ahora que conozco a la amiga de mi abuelita. Y estando parada en la casa más grande del pueblo me di cuenta que la famosa amiga de mi abuelita que acaba de llegar después de mucho tiempo resultó ser la abuela de Mateo y dato curioso de Dante también.

—¡Cuánto has crecido, Lisa! —me dice muy feliz mientras me da un abrazo.

—Sí, ya próximamente va a ir a la universidad —dice mi abuelita, muy orgullosa de mí.

—Mis queridos nietos también están por irse a la universidad —dice la amiga de mi abuelita—. Perdón, no me presenté. Soy Elisabeth.

—Mucho gusto, señora Elisabeth —le respondí con una sonrisa.

—Vamos al comedor. He decidido que hoy comeremos en el del patio —dijo mientras comenzábamos a caminar en esa dirección.

El vestíbulo de mármol y un candelabro colgante daban la bienvenida con lujo silencioso.

Las puertas de cristal al fondo conducían al patio, donde una piscina infinita brillaba bajo el sol, rodeada de muebles blancos, flores exóticas y una pérgola cubierta de enredaderas. Todo el lugar respiraba calma, poder y perfección.

Llegamos al comedor blanco con detalles en madera, con una vista hermosa.

—Sentémonos, no tardan en llegar mi hijo y mi nuera. Y por fin vas a conocer a mis nietos, Aless y Mateo —nos dijo.

—Buenos días —saludaron los que supuse eran el hijo y la nuera de la señora Elisabeth.

Sin duda, mi ignorancia era tan grande que cuando vi al señor lo reconocí de una fotografía que está en casa de Alice. Mateo y Alessandro tienen los mismos ojos azules que su papá. La señora tenía el cabello negro y liso.

Mi abuelita se levantó y me hizo una seña para que me parara, así que la seguí.

—Señora Lidia, cuánto tiempo sin verla —dijo la señora, saludando a mi abuelita con un beso en la mejilla. Después me saludó a mí, seguida por el señor.

—Dalisa, te pareces mucho a tu mamá —me dijo la señora con una sonrisa. Yo se la devolví.

—Sí, esperemos que siga los mismos pasos que su madre —añadió el señor.

—Claro que así será, Alessia y Mathias. Solo que mi Lisa no tendrá inconvenientes —respondió mi abuelita, refiriéndose claramente a mi papá.

—¡Hola, abuelita! Mira quién sí quiso venir —se escuchó la voz de Alessandro, y todos volteamos a verlo.

Detrás de él venía Mateo.

—Hola mamá, papá, abuela, señora Lidia —saludó Mateo. A mí solo me miró, como siempre.

Nos sirvieron la cena. Los adultos hablaban del pasado y de cómo eso los beneficiaba ahora. También hablaban del negocio familiar, que cada día les generaba mejores ganancias y dejaba satisfechos a sus clientes. Ya estaban preparando a Mateo y a Alessandro para que se hicieran cargo del negocio en un futuro.

Yo solo me dedicaba a comer y prestar atención.

—¿Puedo pasar a su baño, señora Elisabeth? —pregunté.

—Claro, Dalisa. Es la tercera puerta entrando a la izquierda —me indicó.

Le sonreí y caminé hacia el lugar. La casa gritaba lujo por todos lados. ¿Cómo era posible que existiera algo así en un pueblo como este? Definitivamente ganaban bastante con el famoso negocio familiar.

De regreso al patio vi una foto de un señor que estaba en la plaza del pueblo. Por el estilo, debía ser de hace mucho tiempo. A su lado había otra foto, con un señor distinto, pero en el mismo lugar: la plaza del pueblo. Debajo de cada foto estaban los nombres y los años. Todos llevaban el apellido Fox. En la esquina derecha había un dibujo del bosque, y entre los árboles se escondía un triángulo.

—¿Qué haces aquí, Dalisa? Este no es el baño —escuché la voz de Mateo a mis espaldas.

—Ya fui al baño, Mateo. Esta foto me llamó la atención —respondí.

—Espero que no te llamen la atención las cosas que no deberías ni saber —dijo, sin expresión en el rostro.

—¿Son tus antepasados? Supongo que todo el pasillo está lleno de ellos. ¿Y la puerta al final es una oficina? —dije, mientras me acercaba a la siguiente foto—. ¿Y el triángulo en el bosque?

—Justo lo que te dije. No te metas donde no debes, Dalisa —fue lo único que respondió.

Ambos regresamos al comedor, donde los adultos seguían conversando y de vez en cuando reían. Nos sentamos en nuestros lugares.

—Creo que ya es hora de irnos —dijo mi abuelita, poniéndose de pie. Yo la seguí, y los demás también se levantaron.

—Mi chofer las llevará a casa, Lidia —nos ofreció la señora Elisabeth.

Caminamos hacia la entrada con ella, y al llegar, el chofer ya nos estaba esperando.

—Fue un gusto volver a verte, Dalisa —me abrazó y me sonrió. Yo le devolví el abrazo y la sonrisa.

—Nos vemos luego, Elisabeth —se despidió mi abuelita.

____

A la mañana siguiente, Alice me mandó un mensaje: quería que nos viéramos en la cafetería de siempre. Bajé a avisarle a mi abuelita.

—Buenos días, abuelita. Alice me invitó a desayunar en la cafetería de siempre —le dije al entrar en la cocina.




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