Busco en los demás papeles de la carpeta y hay mucha información de las personas desaparecidas.
Pero en esta carpeta no están Sara, Alice ni Isabella.
¿Por qué no están ellas?
Suena el teléfono y, dudosa, contesto la llamada.
—Pietro, tu cuñado ya está investigando quién dio la orden para llevar a la señorita Rinaldi a la cabaña —el papá de Mateo, ya seque estoy en este lugar—. Pietro, ¿estás ahí?
Cuelgo la llamada y doblo las hojas de las facturas y las guardo en la bolsa de mi pantalón. Al igual que rompo la información mía y de Becky. Busco en los cajones para ver si encuentro información de Sara, Alice e Isabella, pero no hay nada.
Tal vez están en otra oficina. Salgo despacio, viendo que no hay nadie en los pasillos.
Camino hasta llegar a otro pasillo. Antes de dar la vuelta, escucho voces y abro la única puerta que está en este pasillo. Por suerte está accesible y se abre. En cuanto entro, las luces se prenden hasta iluminar todo el lugar. Aquí no hay nada, no hay muebles, pero hay una puerta y, mientras más me acerco, escucho el viento golpeando con las hojas de los árboles. Intento abrir la puerta, pero no abre. Me desespero y miro bien la puerta hasta que veo un escáner.
—No, no, no, no, no —las lágrimas me llenan los ojos mientras niego con la cabeza.
Me llevo las manos a la cabeza y me revuelvo el pelo. Me agacho y abrazo mis piernas, recargándome en la puerta. Me limpio las lágrimas y me tranquilizo.
—Tranquilízate, Dalisa. Tengo que encontrar la manera de salir de este lugar —me levanto y miro la puerta.
Hay otra puerta.
Camino con pasos lentos hasta ella, tomo el pomo y, detrás, se escucha música y mucho ruido.
Despacio giro el pomo de la puerta y esta se abre, dando la bienvenida a un lugar con luces bajas y doradas que no encandilan, sino que envuelven. El aire es denso, perfumado con aromas caros y cuidadosamente medidos, como si incluso el olor tuviera estatus. El sonido de la música no golpea, domina; grave, constante, marcando el pulso del lugar como un corazón que late con seguridad absoluta.
El suelo oscuro refleja destellos de cristal y metal, mientras las paredes, vestidas con mármol pulido y detalles en negro profundo, parecen observar a quienes entran, juzgándolos en silencio. Las mesas no están agrupadas; cada espacio existe con intención, dejando claro que aquí la privacidad es un lujo garantizado. Sofás de cuero impecable sostienen cuerpos relajados, personas que no necesitan alzar la voz para ser escuchadas.
Desde lo alto, candelabros modernos de diseño imposible derraman luz como si fuera riqueza líquida. En la barra, botellas alineadas brillan como trofeos, no por exceso, sino por selección. Todo en el lugar grita poder sin necesidad de hacerlo evidente; no es ostentación, es certeza. Aquí no se viene a aparentar, se viene a pertenecer, o a desear hacerlo.
Camino entre la multitud, donde hay personas con antifaz que bailan con las chicas. Ellas traen ropa que muy apenas y cubre lo necesario de su cuerpo. Camino viendo como las chicas tienen miedo y cuando me miran en sus ojos llorosos.
Choco con alguien y me volteo con miedo, pero veo a Becky. Ella me mira con vergüenza por lo que trae puesto.
—¿Ya viste lo que hacemos aquí? —me habla—. Ven.
Me toma la mano y me lleva a la barra. Mira a todos lados y abre una puerta; aquí solo hay botellas de alcohol.
—¿Cómo fue que te trajeron aquí? Pensé que te iban a llevar a la sala VIP —me suelta el brazo y se agacha para esconderse en un estante al fondo del cuarto.
Me hace una seña para que yo también me siente.
—Sí me llevaron, pero como a Jack le entró una llamada, me logré escapar —le cuento todo lo que vi hasta llegar aquí.
—La verdad no me sorprendería si el doctor Pietro jugara chueco a su cuñado. Aquí varios están en contra de él, incluso su hijo —habla en voz baja.
—¿Mateo? —le digo sorprendida.
—No, es Alessandro. Pensé que no sabías que la familia Fox es la encargada de todo esto. Irónico, ¿no? Por eso son la familia más rica y poderosa de Valle Vigezzo.
Era algo que ya pensaba, pero que me lo confirmara era otra cosa.
Entonces, por culpa de esa familia yo estoy aquí, y a mi abuela por eso no le sorprendían las desapariciones ni los ruidos que provenían del bosque.
—Mira —le muestro el registro de las facturas, al igual que la última, que es del doctor Pietro en un restaurante.
—Todos ellos son los que están fabulando en contra de la familia Fox —ve las facturas y luego me mira—. Es verdad.
—¿Qué sucede? —le pregunto confundida.
—Alice se encargó de restregarnos que hace unos días salió a cenar.
—Mira —le muestro el registro de las facturas, al igual que la última, que es del doctor Pietro en un restaurante.
—Todos ellos son los que están fabulando en contra de la familia Fox —ve las facturas y luego me mira—. Es verdad.
—¿Qué sucede? —le pregunto confundida.
—Alice se encargó de restregarnos que hace unos días salió a cenar.
—Vi ayer a Alice. Bueno, primero escuché ruidos y, a través de mi ventana, vi a Alice. Al principio me sorprendió y después ella gritó que ellos ya sabían y ahora estoy aquí —miro mis manos y trato de no llorar otra vez—. Luego me trajo curiosidad el porqué en esas cartas no había información de Alice, Sara o Isabella, y a lo que entendí son todos los que han traído aquí.
—Sí, creo que tienen información sobre sus víctimas o algo así me comentó el maestro Sandro. El miserable maestro es el que más viene a este lugar. La verdad no entiendo cómo es que su esposa acepta eso —habla con cierto enojo.
Escucho que se abre la puerta y los pasos de dos personas. Nos volteamos para ver por un espacio delgado quiénes son.Son dos hombres vestidos de negro. Ellos miran todo el lugar y después caminan a otra puerta que no había visto.
Son dos hombres vestidos de negro. Ellos miran todo el lugar y después caminan a otra puerta que no había visto.
#582 en Thriller
#283 en Misterio
misterios suspenso secretos, pasado dolor mentiras secretos, desaparicion e injusticia
Editado: 03.01.2026