Nuestro Lado Oscuro

Capítulo 31 El Escape de las Cenizas

Lo miro; él está perdido en sus pensamientos sin dejar de hablar bajito. En una mano sostiene la navaja y con la otra veo que trae una caja de cigarros.

Dejo el tubo recargado en las escaleras y camino, arrastrando la pierna que me cortó, hasta llegar a él, tomo la navaja después meto mi mano en la bolsa donde saco la caja de cigarros y encuentro un encendedor.

El me toma del cuello y yo sin pensarlo le entierro la navaja en el pecho. El deja caer su mano lentamente.

Tomó el encendedor y miró a mi alrededor: las cajas destapadas, repletas de hojas, y con la poca luz que da el foco distingo unas botellas de alcohol. Caminando despacio, llegó hasta las botellas y vio que estaban llenas; agarró una hoja de las que estaban en las cajas.

En el respaldo de la hoja traía como título Inventario del año 1999, y en este venían nombres de varias personas, tanto hombres como mujeres. En esta hoja había un total de 40 personas con edades de 15 a 21 años.

Cuando leí a la persona que había autorizado el inventario, me llevé una mano a la boca para silenciar mis sollozos. La persona que había autorizado el inventario había sido el papá de Mateo y Alessandro.

Todas estas habían sido personas a las que les habían robado su libertad, que habían decidido su futuro sin necesidad de preguntar si querían eso. Realmente hacen esto sin remordimientos; por eso jamás ayudo a esas personas, porque las que se suponen que buscaban a esas personas en realidad hacían todo lo posible para no dejar rastros de que alguna vez estuvieron entre nosotros.

Aventé la botella de alcohol hacia donde estaba Alessandro, rompiéndose en el instante en el que tocó el suelo y el líquido esparciéndose por todo el lugar. Hice lo mismo con otras tres botellas, aventando las por donde quiera para poder derramar su contenido.

Con el encendedor quemo la hoja y, cuando las llamas consumen la mitad, la aviento hacia donde está el líquido esparcido.

Camino lo más rápido que me permiten mis pies hasta poder llegar a la escalera. Despacio subo esas escaleras, anhelando poder ver la luz. Cada que me acerco más puedo sentir que miles de cadenas liberan mi cuerpo. Cuando llego al borde, intento abrir la puerta de madera, pero esta se traba, y con cuidado sigo empujando hasta que accede a abrirse y me golpea la luz del atardecer.

Una sonrisa dibujada en mi rostro al saber que al fin soy libre de ese lugar, pero me mortifica saber qué le pasó realmente a Becky y qué le va a pasar a todos los que están ahí adentro.

Cuando salgo y toco por fin la tierra, volteo hacia abajo y veo que el fuego está consumiendo las cajas y se esparce lentamente por todo el lugar.

Cierro la puerta dando fin a esa escena. Me arrastro hasta llegar al árbol más cercano, miro arriba y allí está el símbolo y, junto a él, una casa con un dulce dentro.

Me arremango el pantalón para ver la herida, me enrollo el pantalón hasta la rodilla y veo que mi tenis está lleno de sangre. A pesar de que la herida no es tan profunda, sí está sangrando mucho. Me bajo otra vez el pantalón hasta cubrir la herida y, con la mano temblando, me empiezo a limpiar la herida. El pantalón absorbe toda la sangre que está saliendo y la herida empieza a arder.

Las ganas de llorar me invaden; mientras aprieto lo más fuerte que puedo mi herida, empiezo a llorar, a desahogarme por todo lo que viví. Y, a pesar de que no fue tanto el tiempo que estuve metida en ese lugar, me aterra saber qué hubiera sido de mí si hubiera estado más tiempo, como Becky y las otras chicas.

Veo cómo las llamas llegan hasta la puerta.

Solo hay árboles y los rayos del sol que iluminan el bosque; no sé exactamente en dónde estoy.

Camino por donde está ese lugar, tratando de recordar el camino hasta la puerta.

Siento que ya llevo rato caminando y no logro identificar en dónde exactamente estoy. Me desespero al ver que los árboles no tienen la figura.

El dolor en mi pierna, con cada paso que doy, se hace más intenso. Cuando ya no aguanto más el dolor, me recargo en un árbol. Escucho pasos rompiendo las ramas secas y el miedo de volver a regresar a ese lugar me invade. Me levanto con cuidado y, con ayuda del tubo, empiezo a caminar.

Con cada paso que doy miro a mi alrededor. Pero entre los árboles del camino que había pasado, una persona vestida de negro me miraba.

—Mierda —digo en voz baja.

Me volteo y sigo el camino, corriendo lo más rápido que me permite el dolor. Detrás escucho los pasos de la persona cada vez más cerca. Volteo para verla, pero me tropiezo con una rama y caigo de espaldas. Trato de pararme, pero el dolor en mi pierna no me lo permite. Me arrastro, negándome a aceptar volver a las manos de una de esas personas.

—¡No vas a salir de este bosque viva! —escucho la voz de Jim.

Sin darme cuenta, ya estoy de pie y, sin pensarlo, corro. Corro como si mis pies no tocaran el suelo. El calor es asfixiante y el ruido de sus pisadas detrás de mí me motiva a seguir corriendo. Tropiezo con las raíces, mis pulmones arden y mi vista empieza a nublarse por las lágrimas.

Siento sus pasos pesados sobre las hojas secas. El pánico me paraliza. Una sombra se proyecta sobre mí, ocultando la luz del sol.

___________________

Narra Mateo

Dante ayuda a la chica a levantarse; la chica no deja de llorar.

—¿Cómo te llamas? —le pregunta Dante a la chica.

—Becky —le responde entre llanto.

Miro el pasillo, dudoso de si debo seguir.

—Ve, yo me encargo de ella —miro a Dante; él asiente con la cabeza.

—Jack se fue por allá —apunta a la puerta por la que entramos—. Alessandro fue detrás de Dalisa y estoy segura de que Jim también anda detrás de ella.

La veo confundida, sin saber quién es Jim.

—¿Quién es Jim? —le dice Dante.

—Es el que lleva el registro, creo que de las personas que estamos en este lugar —después de decir eso, ella empieza a llorar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.