Nuestro Matrimonio Temporal

✦ CAPÍTULO 2 ✦

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En medio de la soledad en su coche alimentó a sus hijos, había aprendido hacerlo sola, los sostuvo contra su pecho y se negó a seguir llorando, media hora después los dejó dormidos otra vez.

Su garganta le ardía, aun así, marcó al número de su cuñado y fue directo al contestador, volvió a intentar y nada.

La rabia apareció, tomó una de las sillas dispuestas en el corredor y comenzó a golpear la puerta, luego las ventanas y los vidrios se quebraron. El sonido de una sirena rompió el silencio de la calle, Brigitte abrió los ojos de golpe, justo cuando intentaba entrar llegó su cuñado y no venía solo, sino con la policía.

Las luces rojas y azules se reflejaron en los vidrios rotos de la ventana. La puerta del vehículo se abrió con lentitud.

Josué, bajó primero, llevaba un traje perfectamente planchado, su expresión era fría y detrás de él, dos oficiales descendieron de la patrulla.

La escena quedó sellada en su memoria.

—Ahí está —dijo Josué, señalándole como si no fuera nadie. —Es ella la que está causando destrozos a la propiedad.

Las palabras no la sorprendieron, la hirieron.

—¿Destrozos? —su voz salió quebrada y rasposa. —¿De qué estás hablando? ¡Esta es mi casa!

Uno de los oficiales dio un paso al frente, observando el vidrio roto, la puerta forzada y las cajas abiertas. Su expresión cambió, no era compasión, sino un procedimiento.

—Señora, necesitamos que se calme —dijo con firmeza. —Recibimos un reporte de disturbios.

Brigitte soltó una risa breve carente de humor.

—¿Disturbio? —repitió. —Me dejaron en la calle con mis hijos. ¿Eso no cuenta como disturbio?

El silencio que siguió fue incómodo, pero no duró.

—No tiene derecho a estar aquí —Intervino Josué, levantando una carpeta. —La propiedad ya fue vendida.

El piso debajo de sus pies se movió, sintió hundirse y esas ganas de vomitar que de minutos atrás volvieron a revelarse.

—Eso es mentira —dijo, negando con la cabeza. —Esta casa era de Damiano y yo soy su esposa.

—Era una herencia —respondió él, con total frialdad. —No le pertenecía solo a mi hermano.

Cada palabra era un golpe que se instalaba directo en su pecho, Brigitte sintió cómo el aire comenzaba a faltarle otra vez, estaba teniendo un ataque de pánico.

El aire dejó de entrar con normalidad a sus pulmones, no era solo angustia era físico, su pecho se cerró como si alguien lo estuviera apretando desde dentro, intentó respirar hondo, pero el aire no alcanzaba.

El sonido a su alrededor se distorsionó, como si todo estuviera ocurriendo demasiado lejos o demasiado cerca.

Se llevó una mano al pecho, tragó saliva, pero su garganta estaba seca y áspera, su intento de calmarse por si misma resulto inútil, pero cuando fijo la mirada al coche donde estaban sus hijos sintió un breve alivio, eso fue lo único que la sostuvo cuando estaba a punto de caer en la oscuridad.

—Señora, necesitamos que se calme —dijo con tono firme uno de los oficiales. —Vamos a tener que pedirle que se retire del lugar.

—¿Que me retire? —Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez. —¿Con dos bebés? ¿A dónde quieren que me vaya?

Josué levantó una carpeta, como si eso lo legitimara todo.

—Tú ya no tienes derecho a estar aquí.

Ella soltó una risa corta, incrédula y casi histérica. Había dejado a sus hijos en la calle, respiró temblando, intentando no desmoronarse del todo.

—Por favor… —dijo, mirando al oficial, ignorándolo a él. —Me iré, solo necesito tiempo. Mis hijos están pequeños, sus cosas las tiraron como basura, solo una semana…

El oficial dudó y cuando hablaría su cuñado lo interrumpió.

—Ya se te notificó. No hay acceso —sentenció. —Cuñada, si insiste en entrar, estarás invadiendo propiedad privada.

La palabra invadiendo la partió en dos, Brigitte contuvo la respiración. Ella miró la puerta otra vez, no tenía a dónde ir, sus padres habían muerto años atrás, no tenía hermanos y no tenía ahorros suficientes.

Ella ya no tenía nada más que a sus hijos.

—Por favor Josué. —Se arrodillo, la herida de la cesárea le ardió, aunque habían pasado varios meses seguía molestando. —Son tus sobrinos, primero fue la póliza ahora la casa ¿Por qué lo haces? —Se sintió humillada de la peor forma, no quería estar en esa posición, pero sus hijos no podían dormir en la calle.

Él la miró y sonrió, no fue una sonrisa cálida, sino de burla.

—No me consta que sean mis sobrinos, por eso mi hermano me dejó el dinero a mi, desconfiaba de ti. Siempre fuiste una brincona ¿Olvidas que primero te corteje yo?

El silencio que siguió fue absoluto, porque algo dentro de ella, se rompió definitivamente.

Decidió no escuchar más se puso de pie y caminó hasta donde Josué, le propinó una bofetada sonora de esas que arden en la palma luego de darse.




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