Nuestro Matrimonio Temporal

✦ CAPÍTULO 3✦

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El motor seguía encendido, pero Brigitte no avanzaba.

Sus manos estaban sobre el volante, tensas e inmóviles intentando no desmoronarse, exhaló con lentitud y miró a través del parabrisas, la calle era desconocida o quizás no.

Ya nada le parecía familiar, ni siquiera su propia vida, bajó la mirada no podía quedarse ahí, pero tampoco sabía a dónde ir, dormir en la calle dentro de un vehículo era ilegal.

Su cabeza dio vueltas una y otra vez —¿Y si duermo en un estacionamiento? —La idea comenzó a tomar fuerza, era lo más lógico. Sus ojos se cristalizaron, no pudo contenerse, las lágrimas comenzaron a caer en silencio mientras intentaba respirar con normalidad, aunque había decidido no llorar la situación incierta la desbordaba.

Giró la cabeza hacia el asiento trasero, Bernardo se movió levemente y Berenice tenía el puño cerrado, pegado al pecho. Se inclinó ligeramente hacia atrás y acomodó mejor la manta sobre sus cuerpos, ese gesto simple la sostuvo, porque todavía los tenía a ellos.

Miró la hora en la pantalla del auto, pasaban de las siete y quizás Lorenzo Devereux, su jefe ya había abandonado la empresa, su mejor opción era quedarse en el estacionamiento de empleados.

No era digno, ni seguro, por supuesto que no era lo ideal, pero al menos no la multarían por dormir en la calle, volvió a encender las luces y condujo en silencio hasta el edificio.

Minutos después sintió que su estómago se hundió al escuchar pasos y de pronto tocaron el cristal de su auto.

—¿Brigitte? —Cerro los ojos un momento, la habían descubierto. —Amiga, abre. ¿Estás sola?

Brigitte miró hacia atrás antes de desbloquear la puerta.

—No, con los bebés… —Dijo.

La puerta se abrió y Celia prácticamente se inclinó dentro del coche. —¿Por qué estás llorando? —No esperó respuesta, la abrazó con fuerza, era su amiga, ella le consiguió el empleo meses atrás. —¡Hey! ¿Qué paso? ¿Te hicieron algo? —La voz de Brigitte no emergía.

Su cuerpo tembló. —Ya… aquí estoy amiga. ¿Por qué no me llamaste? —Acaricio su espalda con cuidado hasta que dejó de llorar y se alejó un poco, limpio su rostro con la manga de su camisa.

—Josué vendió la casa y me echó. —Dijo derramándose nuevamente al salir del auto. —No tenía donde ir… —dijo con dolor y su amiga la sujetó nuevamente.

—Ese poco hombre, hijo de la guayaba, es un miserable como se le ocurre echarte con dos bebés tan pequeños. Ven conmigo —dijo su amiga. —No puedes quedarte aquí, hablare con el jefe y…

El estómago de Brigitte se tensó.

—No…

—Es la única opción.

—¿Que hablaran conmigo?

La voz ronca y varonil de su jefe rebotó en el lugar casi vacío. Brigitte sintió cómo su estómago seguía afectado y el estacionamiento parecía más frío con él allí.

Celia se apartó ligeramente.

—Señor Devereux, lo siento, es que la desalojaron con sus dos bebés y no tiene a dónde ir.

Lo que siguió fue un silencio incómodo. Brigitte escuchó pasos lentos y pesados, se posicionó frente a ella.

—¿No estabas de licencia? —Dijo mirándola a los ojos.

—Sí, señor… sé que no debería estar aquí.

Él volvió a mirarla, más detenidamente esta vez, ella sintió como si la estuviera evaluando.

—¿Es cierto que te desalojaron? —preguntó, Brigitte sostuvo su mirada, le costó, pero no la bajó.

—Sí.

Fue una sola palabra, pero era precisa y suficiente, dio un paso hacia ellas y se quedó demasiado cerca de ella.

—¿Y qué espera de esta empresa exactamente? No somos beneficencia pública y no puedes quedarte aquí como vagabunda.

El golpe fue directo, Brigitte tensó la mandíbula.

—Nada —respondió. —No vine a pedir caridad.

Su amiga se tensó, pero él no, ni un poco.

—Entonces, ¿por qué está aquí?

Apretó sus puños, era orgullo contra necesidad, y el orgullo no alimentaba bebés.

—Porque no tengo a dónde ir, pensaba quedarme en el estacionamiento con mis hijos.

Esta vez no hubo fuerza en su voz, solo verdad.

Lorenzo guardó silencio, por algunos segundos y luego sus ojos se desviaron brevemente hacia el interior del coche donde estaban sus bebés y luego volvió a mirarla.

—Bien, se irá conmigo. Sígame… —No dijo nada más, Brigitte miro a Celia, y Celia la miro a ellas, ambas estaban sorprendidas y se quedaron congeladas por unos segundos.

—Vamos… es tu oportunidad de no dormir en la calle.

Su amiga abrió rápidamente la puerta trasera y tomó con cuidado a Berenice. Brigitte volvió la vista hacia Lorenzo, caminaba hacia su vehículo sin mirar atrás.

—Camine. —Su voz volvió a sonar fría. —No tengo tiempo y usted es la necesitada.

Brigitte sintió cómo el aire se le quedaba atrapado en la garganta.




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