Nuestro Matrimonio Temporal

✦ CAPÍTULO 4 ✦

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Lorenzo observó el contrato sobre la mesa mientras giraba lentamente el whisky dentro del vaso, el hielo chocó contra el cristal con elegancia, no se atrevió a darle la pluma aún.

Brigitte Boucher seguía inmóvil frente a él, tensa, cansada y rota. Sus ojos estaban hinchados de tanto llorar, aun así, seguía intentando mantener algo de dignidad, incluso después de haber llegado a su casa prácticamente destruida, con leche en la ropa y dos bebés dormidos en brazos.

Cualquier otra mujer habría aprovechado la oportunidad de abalanzarse encima de él cruzando las rejas de la mansión Devereux.

Ella no lo hizo.

Eso era precisamente lo que volvía útil a Brigitte, una candidata perfecta para el nuevo empleo que le daría. Lorenzo apoyó el vaso sobre la mesa sin apartar la mirada de ella.

—Necesito una esposa temporal.

La mujer parpadeó lentamente, como si todavía creyera haber escuchado mal.

—¿Es una broma? ¿Verdad?

Se puso cómodo, se reclinó en el sillón sin dejar de mirarla, su cabello estaba húmedo y sus ojeras marcadas.

—No es una propuesta romántica, señora Boucher. Es un acuerdo de negocio, mi abuela está muriendo. —dijo finalmente. —Y quiere conocer a mi descendencia antes de irse, necesita creer que no voy a quedarme solo cuando ella falte.

La expresión de Brigitte cambió, no a compasión, sino a comprensión. Eso le molestó, no necesitaba lástima.

—¿Y usted pretende inventar una esposa?

—No inventarla, formalizarla.

La corrección fue fría y automática.

—Eso es enfermizo.

—Es funcional. —Respondió.

—¿Y piensa usar a mis hijos para que sea funcional?

La pregunta quedó suspendida en el aire, Lorenzo guardó silencio unos segundos antes de responder.

—Sí.

Brigitte soltó una risa breve llena de incredulidad, sus mejillas enrojecieron y sus ojos se llenaron de odio puro, allí estaba: el instinto sobreprotector de cuando se tiene algo muy valioso.

—Usted está loco.

La vio tensarse de inmediato, se le notaba que era orgullosa, demasiado para alguien que no tenía dónde dormir.

—No entiendo por qué yo.

Porque eres perfecta para esto.

Era la respuesta indicada, pero no lo dijo en voz alta. —Es viuda desde hace siete meses, sus hijos tienen cuatro meses de nacidos y eso vuelve creíble toda la historia.

—¿Está hablando en serio?

—Completamente. ¿Cuándo no lo hago? Le diremos a mi familia que terminé mi compromiso porque usted quedó embarazada de mí mientras aún estaba con mi prometida. —Su tono siguió siendo frío, estaba formalizando un negocio. —Escandaloso, sí, pero convincente.

Lorenzo sostuvo su mirada sin moverse, sin suavizar el tono y sin adornar nada. Nunca había entendido por qué las personas necesitaban envolver la verdad con emociones inútiles.

Probablemente sonaba como la peor locura, pero no importaba, el tiempo sí y el tiempo de Letizia Devereux se estaba agotando, Lorenzo tomó nuevamente el vaso y bebió un trago, el licor le quemó en la garganta.

—No necesito que me ame, ni siquiera necesito que me soporte, solo necesito a sus hijos.

Ella cruzó los brazos contra su pecho de inmediato, un gesto defensivo. El silencio que siguió fue pesado, esa mujer sin duda lo quería maldecir, apretó los puños y lo miró como si acabara de insultarla de la peor manera.

—Mis hijos no son accesorios o un juguete que compra como si nada, son dos bebés y…

—No. —La corrigió de inmediato. —Ellos son valiosos y precisamente la razón por la que este acuerdo funciona.

Brigitte se quedó inmóvil.

—No puedo creer lo que estoy escuchando…

—Escuche completo antes de indignarse.

Guardó silencio, perfecto, ahora tenía su atención completa. Lorenzo observó cómo sus dedos se tensaban lentamente alrededor de la tela de la bata.

Sentía miedo, no por ella misma, sino por sus hijos, todo en Brigitte giraba alrededor de esos niños y justamente por eso funcionaría, porque una mujer enamorada podía irse o meterse con otro como lo hizo esa desgraciada, pero una madre desesperada no.

—Escúcheme bien. —Su voz descendió apenas. —Sus hijos jamás volverán a dormir en un coche.

La vio pasar grueso y sus ojos se cristalizaron, las mujeres era un tanto dramáticas y luego alzo sus defensas.

—No necesito caridad.

Quiso reír, él nunca era caritativo, era obvio que tampoco lo sería en este momento.

—No estoy ofreciendo caridad, es un intercambio de intereses, señora Boucher, uno muy bien remunerado.

Lorenzo abrió el contrato.

—Si acepta, sus hijos tendrán seguro médico privado de por vida. —Brigitte parpadeó incrédula. —También cubriré absolutamente todos sus estudios; escuela, universidad, posgrados si los quieren, todo.




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