Una vez que terminaron con el sushi, siguieron conversando por bastante tiempo, hasta que finalmente Victoria se había dado cuenta de que la manecilla del reloj marcaba solo la hora de salida del trabajo. Apenada con Emma, intentó comunicarse con ella, pidiendo que la disculpara por ese retraso, y lo peor de todo es que sentía que solo habían pasado unas horas. Emma sabía perfectamente que la situación había sido totalmente diferente a lo que le estaba contando, pero tampoco quería abrumarla pidiéndole explicaciones; no la regañó y mucho menos la castigó, pero por teléfono solo se alcanzó a oír lo siguiente:
—Está bien, no pasa nada, solo como condición, me cuentas los detalles después, jovencita. Te veo mañana, descansa. —dijo Emma.
—Pues ya que, si con eso no me vas a regañar, tendré que aceptarlo.
Victoria sintió un alivio al saber que no estaba en problemas con su jefa, y tanta fue su tranquilidad que decidió aprovechar muy bien el tiempo restante que tenía, pues ya no había ninguna necesidad de regresar rápido al trabajo. Por lo tanto, ambos prefirieron seguir conversando antes de retirarse a sus casas. Hasta que ningún rayo de sol podía asomarse más a través del ventanal gigante que había en la oficina.
—Chris, ya es demasiado tarde. Tengo que ir a mi casa a bañarme y a dormir; mañana tengo trabajo que hacer y de seguro Emma me castigará por lo de hoy, aunque me dijo que no ocurría nada.
—No te preocupes, yo te llevo a tu casa, y ya de paso me iré a la mía. Y si tienes problemas con Emma… dime con toda confianza y yo iré a la cafetería a disculparme con ella, prometiendo que no volverá a suceder y que en esta ocasión solo fue un desliz.
—Gracias, me harías un favor enorme.
Cuando tomaron el ascensor para ir al estacionamiento, no pudieron dejar de sentir esa extraña sensación de incomodidad. Tal vez se debía a lo que había ocurrido cuando recién llegaron, o simplemente se trataba del recuerdo de cómo pasaron las cosas tan rápidamente que no pudieron procesarlo con calma y sentían la obligación de dejarlo pasar.
Una vez que finalizó el tiempo en el ascensor, decidieron retomar la plática que habían dejado en la oficina. Había demasiado silencio en su alrededor, que sentían la presencia de una incomodidad muy grande; todo provocado por recordar el acontecimiento de hace unas horas y no podían evitar sentir… vergüenza.
Al comenzar el trayecto hacia la casa de Victoria, ambos observaban que, para ser un martes entre semana, la carretera lucía bastante tranquila, sin tanto tráfico y sin tantas personas alrededor.
Christian, al sentir esa sensación de calma después de un día tan extraño, provocaba que bajara un estilo de «guardia» que siempre mantenía mientras manejaba. Y de alguna manera, al ver a Victoria, que se encontraba tan centrada en el paisaje y las luces del camino, sentía la necesidad de contarle algo... Pero no sabía exactamente qué, y para qué.
Y cuando pensó en decirle una palabra, ya habían llegado a su destino.
—Ya llegamos a tu casa, Victoria.
—Al fin, estos zapatos me están matando; solo quiero tirarme en mi cama y dormirme.
—Jajaja, te entiendo.
—¿Cómo? ¿También te has puesto zapatillas para trabajar? Qué moderno. —En un tono burlesco
—No, señorita, si estás pensando que me he vestido como mujer, estás muy equivocada, y a lo que me refería era que trabajar con zapato formal es muy cansado.
Ya sé, solo te quería hacer enojar. Bueno, señor amargado, nos vemos después; envíame un mensaje cuando estés en casa. ¡Descansa!
Cuando Victoria abrió la puerta del auto e intentó descender, Christian la tomó del brazo y le dijo:
—Pues este amargado ha intentado convertirse en un payaso para verte sonreír.
Victoria no sabía cómo reaccionar, que solo terminó riendo con un poco de nervios. Lo despidió con su mano y Christian arrancó con dirección hacia su casa.
En camino a casa, seguía con la misma sensación: quería decirle algo a Victoria. Pero no era lo único que le ocurría en ese momento; tenía un mar de pensamientos y emociones y no sabía qué hacer ni qué decir. ¿Hacer qué? ¿Decir qué? ¿Decírselo a quién? Ni él mismo se entendía. Solo sabía que quería decir algo.
En ese instante, su reproductor dejó escapar una melodía imposible de ignorar. Era la que siempre lo llevaba a Victoria, la misma que había sonado el día de su primera cita.
Con la mente ya saturada, la canción fue suficiente para hacerlo frenar de golpe. Detuvo el auto a un lado del camino y se quedó mirando el retrovisor, hasta que por un instante logró despejarse. Había encontrado el motivo del revuelo de sus ideas: Victoria.
—Lo más probable es que estar con esa chica me cause muchos problemas… y, peor aún, si mis sospechas son ciertas, causaría un revuelo en ambas familias. Pero ¿a quién quiero engañar? Me gusta… demasiado.
Después de haber manejado por bastante tiempo, había llegado a su hogar. No era un lugar «lujoso», pues se trataba de un departamento compacto pero acogedor.
—Muy bien, primero un baño y después a buscar el «restaurante perfecto».
Bajo la ducha, Christian no lograba apartar a Victoria de su mente. Sabía que, en el instante en que admitiera lo que realmente sentía por ella, todo se volvería más complicado.
No por ella, sino por el peso de un apellido que llevaba años persiguiéndolo.
—Solo le pido a Dios que esa mujer no tenga nada que ver contigo... porque, si es así, ni yo sé de lo que sería capaz.
Al salir del baño, los recuerdos regresaron sin previo aviso. Como ya era costumbre, una y otra vez, su mente lo arrastraba de regreso.
Abrió el cajón de su buró y sacó un pequeño calcetín, gastado por el tiempo. Lo sostuvo entre sus manos con cuidado, como si aún pudiera romperse.
Había pertenecido a Andrew. Su hermano menor.
—¿Qué harías tú si estuvieras aquí?
Afuera comenzó a llover. Los relámpagos iluminaron la habitación por breves segundos, y el estruendo de los truenos pareció sacudir algo dentro de él. Felicidad, miedo, culpa. Todo mezclado.
Editado: 13.05.2026