Habían pasado cinco años.
Cinco años desde la última vez que Shane Hollander había cerrado la puerta del departamento que compartían.
Cinco años desde la firma del divorcio.
Cinco años desde la última discusión, el último abrazo, el último "te amo" dicho con más dolor que amor.
Cinco años sin volver a verse y, sin embargo, era imposible escapar del otro.
El rugido de más de veinte mil personas hizo vibrar el estadio mientras Montreal salía al hielo.
Los aficionados coreaban el nombre de su capitán con una pasión que parecía hacer temblar las tribunas. Shane levantó apenas el palo en respuesta, deslizándose con esa elegancia natural que lo había convertido en uno de los mejores jugadores de hockey sobre hielo del mundo. La enorme C cosida sobre el brazo de su uniforme representaba liderazgo, prestigio y una responsabilidad inmensa, pero seguía pesando menos que todo aquello que llevaba guardado dentro.
Las cámaras lo seguían a cada movimiento. Los periodistas lo esperaban al borde de la pista. Los niños agitaban carteles buscando un autógrafo y los comentaristas hablaban de él como si fuera la cara misma de la franquicia. Shane era la estrella de Montreal, el jugador que aparecía en publicidades, entrevistas y campañas millonarias. Todos creían conocerlo porque lo veían sonreír frente a una cámara o celebrar un gol. Nadie conocía la parte más importante de su vida. La que había perdido cinco años atrás.
A varios kilómetros de allí, Ilya levantó la vista cuando su jefe lo llamó desde el otro extremo del pequeño comercio donde trabajaba.
—Ilya, ¿podés traer las cajas del depósito?
—Sí, ya voy.
Dejó el celular boca abajo sobre el mostrador y caminó hasta el fondo del local. Llevaba tres años trabajando allí. No era un empleo terrible: el sueldo alcanzaba para pagar el alquiler, las cuentas y vivir con cierta tranquilidad. Sus compañeros eran amables y el ambiente era agradable. Aun así, muchas veces sentía que esa no era la vida que había imaginado para sí mismo. Había días en los que el trabajo simplemente era trabajo, y otros en los que la sensación de haber fracasado se instalaba en su pecho sin pedir permiso.
Mientras acomodaba mercadería en las estanterías, uno de los televisores del local cambió automáticamente al canal deportivo. La voz del relator llenó el ambiente.
—...y esta noche Montreal buscará una nueva victoria con su capitán Shane Hollander como gran figura...
Ilya se quedó quieto durante apenas un segundo. Sus manos dejaron de moverse, aunque solo fue un instante, después respiró hondo y continuó acomodando las cajas como si no hubiera escuchado nada. Ya estaba acostumbrado.
Era imposible no cruzarse con Shane, estaba en la televisión, en las noticias deportivas, en las redes sociales, en los carteles publicitarios del centro.
El mundo entero parecía empeñado en recordarle que el hombre del que seguía enamorado se había convertido en una celebridad.
Cuando terminó de ordenar el depósito regresó al mostrador.
Su jefe atendía a unos clientes y nadie parecía prestarle atención, así que tomó el celular con disimulo. La transmisión ya había comenzado y mostraba a los jugadores realizando el calentamiento previo al partido.
Shane llevaba el casco puesto, pero Ilya habría sido capaz de reconocerlo incluso de espaldas. Conocía cada forma de moverse, cada pequeño gesto, cada manera de girar sobre los patines. Cinco años podían borrar muchas cosas, pero no la memoria del cuerpo de la persona con la que uno había compartido la vida.
Sin darse cuenta, sonrió.
—Seguís patinando igual...
Las palabras escaparon de sus labios en un murmullo casi inaudible.
En la pantalla, Shane soltó una carcajada por algún comentario de uno de sus compañeros. Esa risa golpeó a Ilya con una fuerza inesperada.
Hacía cinco años que no la escuchaba de cerca, y aun así seguía siendo capaz de reconocerla entre miles.
El partido comenzó y el trabajo también siguió su curso.
Ilya escondió el teléfono detrás de la caja registradora y alternó entre atender clientes, cobrar compras, reponer mercadería y lanzar rápidas miradas a la transmisión cada vez que tenía unos segundos libres. Observó un pase perfecto, un robo de disco impecable, una asistencia brillante. Después llegó el gol.
El estadio explotó en un solo grito. Shane levantó los brazos mientras todos sus compañeros se abalanzaban sobre él para abrazarlo. Las cámaras enfocaron de cerca su sonrisa amplia y luminosa, esa sonrisa que durante tantos años había sido únicamente para él.
—Ilya.
Levantó la cabeza sobresaltado.
—Perdón.
—¿Me escuchaste? Necesito que repongas bebidas.
—Sí... ya voy.
Guardó el celular en el bolsillo e intentó concentrarse, quería hacerlo, realmente quería hacerlo, pero le resultaba imposible. Su cabeza seguía en aquella pista de hielo, siguiendo cada movimiento del hombre al que había amado durante tantos años.
Durante el entretiempo volvió a sacar el teléfono.
La transmisión mostraba a Shane sentado en el banco mientras bebía agua y escuchaba las indicaciones del entrenador.
los comentaristas hablaban de sus estadísticas, de su liderazgo y de cómo había cambiado la mentalidad del equipo desde que llevaba la capitanía. Ilya sintió un orgullo absurdo, uno que ya no le correspondía sentir. Era el orgullo de quien seguía mirando al otro con los ojos de un esposo, aunque legalmente hubiera dejado de serlo hacía mucho tiempo.
Los recuerdos llegaron sin pedir permiso. Recordó las madrugadas en las que Shane volvía agotado de entrenar y se dejaba caer sobre él sin siquiera cambiarse de ropa. Recordó las cenas improvisadas, las películas vistas desde el sofá, las discusiones por tonterías y las reconciliaciones que siempre terminaban en abrazos.
También recordó las promesas de un futuro juntos y el día en que comprendió que ese futuro jamás llegaría.