Nuestro Último Amanecer: sangre y aceite

Tormenta y Silencio

La base era un cementerio bajo la nieve que no paraba de caer. Cadáveres envueltos en mantas congeladas, máquinas destrozadas humeando como tumbas de metal. El olor a sangre y aceite quemado se pegaba a la ropa, a la piel, a la memoria.

Klaus caminaba entre los escombros, sus botas hundidas en un barro rojinegro. Pasó junto al tanque calcinado donde el comandante había muerto el día anterior. El cuerpo ya se había retirado. Él recogió la radio del hombre muerto, como si con ella pudiera dar una última orden.

Un rugido rasgó el cielo gris. Un caza biplaza aterrizó, levantando un remolino de nieve. Dos mujeres bajaron. Sus uniformes estaban hechos jirones, sus caras marcadas por el casco y el humo. La más alta, de pelo corto y oscuro, tenía unos ojos que no pedían permiso. La otra, más baja y rubia, mantenía una mirada inquieta.

La alta fue la primera en hablar, con una voz firme y un acento español que cortaba el viento helado.

—Hola.Soy Valeria. Ella es Emmyli, mi copiloto.

Klaus las observó,exhausto hasta los huesos.

—Gracias por el apoyo.Sin ustedes… habría más muertos.

Valeria asintió con sequedad.

—¿Quién manda ahora?

—Yo—respondió Klaus—. Por eliminación.

Valeria lo miró largamente,evaluándolo.

—Necesito hablar con el responsable.Traigo planes para el Báltico y Moscú.

—Hablemos—dijo Klaus—. Pero a solas.

—No hay tiempo.Mis hombres necesitan atención primero —replicó ella, sin ceder.

Klaus,sin añadir nada más, le dio la espalda y se marchó.

Pasaron horas de caos controlado: heridos gritando, médicos cosiendo a la luz de las lámparas, la nieve azotando las tiendas.

Klaus entró en el hospital improvisado. El olor a sangre y yodo lo envolvió, junto con los gritos ahogados. Encontró a Schmidt en una camilla, el muñón vendado, la cara blanca como la nieve de fuera.

—¿Cómo sigues?

—Cansado…duele como la hostia —respondió Schmidt con voz débil.

Klaus sacó una tarjeta del bolsillo y se la tendió.

—Ten.Es un pase para el convoy de heridos. Vete a casa.

Schmidt miró la tarjeta,con los ojos húmedos.

—¿En serio?¿Y mi reemplazo?

—Un británico joven.Llega pronto. El camión sale en veinte minutos. Tómalo.

Klaus se dio la vuelta para irse.

—Gracias,teniente —musitó Schmidt.

Klaus no respondió.Solo asintió.

Por dentro, sabía que no merecía esas gracias. No había salvado a nadie. Solo había enviado a otro a morir en su lugar.

Al salir, Valeria lo esperaba, apoyada en unas cajas de suministros con los brazos cruzados contra el frío.

—Deberías haberte ido—dijo Klaus.

—No hasta que hablemos—insistió ella.

Klaus suspiró,resignado.

—Acompáñame.

La llevó a una oficina medio destruida, con el techo abierto al cielo que seguía escupiendo nieve y las ventanas tapiadas. Valeria permaneció de pie.

—Mis órdenes no son solo de apoyo.Traigo planes del CHU: un corredor hacia Moscú para evacuar heridos y civiles, y mover suministros. Suecia y Finlandia atacarán por el norte para distraer. Nosotros, por el Báltico. Allí hay otra estructura.

Klaus se dejó caer en una silla rota,sacó un cigarrillo y lo encendió con unas manos que, para su sorpresa, no temblaban.

—¿Otra?Acabamos de perder la mitad de la unidad por una.

—Lo sé—reconoció Valeria—. Pero Moscú aguanta. Los rusos se están dejando la piel por no rendirse.

Klaus dio una larga calada.

—No siempre obedecer es el camino.

Valeria lo miró fijamente.

—¿Y qué propones tú?

—Hacer lo correcto—dijo Klaus—. Aunque nos condene.

Valeria bajó la voz.

—Lo siento por lo de antes.Grité porque… yo también perdí gente.

Klaus apagó el cigarrillo contra el suelo.

—No pasa nada.Todos perdemos.

Un silencio pesado se instaló entre ellos.

La radio crujió: «Tormenta fuerte acercándose. Abríguense.»

Valeria miró hacia fuera,donde la nieve azotaba como balas.

—Nos vamos mañana,una vez pase la tormenta.

Klaus asintió en silencio.

Horas después, con la tormenta rugiendo, Klaus salió al hangar donde el "Phantom" esperaba su reparación. Tocó el blindaje dañado, frío como una losa.

Sintió un toque en la espalda.

Se giró con rapidez.

Era Valeria.

—Tranquilo.Soy yo.

—No hagas eso—dijo Klaus, conteniendo un salto.

—No podía dormir.Emmyli ronca —explicó ella, con una leve sonrisa.

Klaus casi correspondió al gesto.

—¿Qué haces aquí?

—Dar un paseo.¿Y tú?

Klaus volvió a mirar el tanque.

—Vigilando que todo esté en orden.La noche está demasiado tranquila.

—Relájate un poco—le dijo Valeria—. Las máquinas también necesitan descansar.

—No lo creo.

Valeria sacó una botella pequeña de su chaqueta.

—Ron.Para noches como esta.

—No deberíamos—objetó Klaus.

—Una vez no mata.

Se sentaron en unas cajas,con la espalda apoyada contra el flanco del tanque. Bebieron en silencio.

—Perdí a mi mejor amiga… o eso creía —confesó Valeria de pronto—. Me traicionó.

—Yo perdí dos tripulaciones—dijo Klaus, mirando la botella—. Por mis errores.

—No fueron errores.Fue la guerra.

—Da igual.El peso es el mismo.

Un nuevo silencio, roto solo por el ron que quemaba al bajar.

—A veces pienso si ellas tienen razón—murmuró Valeria—. En querer quitar el dolor.

Klaus la miró a los ojos.

—No.El dolor es lo único que nos queda para saber que seguimos vivos.

Valeria asintió lentamente.

Bebieron un poco más.No hubo risas, solo un reconocimiento mutuo. Dos almas rotas compartiendo la oscuridad.

Al amanecer, con la tormenta ya pasada, Valeria se preparó para marcharse. Klaus le tendió una radio.

—Para cambios en la misión.

—O para hablar—respondió ella, guardándola.

Los cazas despegaron.Klaus observó el cielo hasta que quedó vacío. Por primera vez en mucho tiempo, sintió algo que no era culpa. Pero sabía que era temporal. La guerra no perdonaba conexiones.



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En el texto hay: insultos malas palabras

Editado: 17.01.2026

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