Base Aérea de Sigonella, Italia. Madrugada.
Las alarmas estallaron como cuchillas en la noche. Un sonido agudo, desesperado, capaz de arrancar de raíz el sueño más profundo. Los pilotos salieron corriendo hacia los hangares. Motores encendiéndose, luces parpadeando, voces apresuradas… la rutina del caos.
Valeria Campos, veinte años, española, ya estaba trepando al fuselaje del caza biplaza junto a su mejor amiga, Emmyli Duarte.
—Oye, Val —dijo Emmyli con una sonrisa nerviosa mientras ajustaba su casco—. ¿Lista para tumbar unos drones?
—Claro que sí, Em —respondió Valeria, intentando sonar relajada.
El reactor rugió. El avión se impulsó por la pista como si huyera del mundo. Tras ellas despegaron otros dos cazas monoplazas del escuadrón de apoyo.
—Buitre, aquí Cría Uno —dijo una voz masculina por radio—. Cría Uno y Cría Dos los acompañamos. Usted manda, líder.
Valeria respondió con una confianza que no sentía:
—Recibido,Cría. Mantengan formación.
10 alas en V cortaron el cielo italiano rumbo al sur. Su misión: localizar y abatir un enjambre de drones automatizados detectados cerca del Mediterráneo.
Pero al llegar a la zona… nada. El mar estaba tranquilo. Demasiado.
—Eh… Val, no veo ni un mosquito —murmuró Emmyli, frunciendo el ceño.
Valeria revisó el radar. Varios puntos, moviéndose. Rápidos. Cercanos. Pero invisibles a simple vista.
—En el radar están —dijo ella—. Pero… ¿por qué no los vemos?
Cría Uno intervino:
—Buitre,mire al horizonte. Algo se mueve.
Valeria entornó los ojos. Y entonces lo vio. Un enjambre oscuro, silencioso. Máquinas sin alas, flotando y maniobrando con motores vectores hipersensibles. Movimientos antinaturales. Inhumanos. Se le erizó la piel.
—Formación de combate —ordenó—. Prepárense. ¡Enemigo a la vista! Fuego cuando entren en rango.
Los drones se lanzaron como si hubieran estado esperando esa orden. Uno de ellos se dirigió directo hacia su cabina, a una velocidad imposible.
—¡VALERIA, A LAS DOCE! ¡VIENE DE FRENTE! —gritó Emmyli.
Valeria tiró del mando con violencia. El avión casi se desgarró en el aire. El peso G las aplastó contra los asientos. Emmyli soltó un grito ahogado.
—Uff… —jadeó Emmyli—. Eso pasó a centímetros…
—Sí… —tosió Valeria—. Cría Uno, Cría Dos, cuidado. Van en modo kamikaze.
Los cazas aliados respondieron con fuego. Cría Dos lanzó dos misiles y desintegró un par de drones. Cría Uno derribó otro de un disparo certero.
Tres drones se pegaron a la cola de Valeria. Ella tiró de la palanca, elevó bruscamente el morro, giró y cayó en picada detrás del enemigo. Dos misiles. Dos explosiones. El tercero cayó a metralla bajo la ráfaga de la ametralladora.
Silencio. Solo el jadeo de los pilotos y el latido acelerado.
De regreso
—¿Podemos volver ya? —dijo Emmyli, exhausta.
—Sí. Buen trabajo, equipo —respondió Valeria—. Regresamos a base.
Cuando aterrizaron, el sol ya rozaba el horizonte.
Rutina rota
Al amanecer siguiente, Valeria llegó al comedor aún adormilada. El olor a pan recién hecho llenaba el aire. Se sentó con Emmyli justo cuando un noticiero apareció en pantalla.
La reportera hablaba rápido, temblando:
—Desde el levantamiento de las máquinas nada ha sido igual…tropas del CHU junto a fuerzas polacas realizaron un ataque a una estructura a unos kilómetros de varsovia lamentable...
Emmyli miró a Valeria con una sonrisa ansiosa:
–val... ves están hablando de nosotras, que bueno que nos tenían hay para ayudarlos
Valeria rió.
—Claro.Valeria y Emmyli. Las mejores pilotos del mundo.
Un megáfono tronó por la base:
—¡Unidad de reconocimiento!Preséntense en los hangares.
—¡Vamos! —dijo Valeria levantándose de golpe.
—Voy, voy… —respondió Emmyli, agarrando un pan del plato.
Reconocimiento en Grecia
El general italiano —un hombre ojeroso, seco— los esperaba.
—Llegan tarde.
—Estábamos en la cafetería, señor —admitió Valeria.
Él suspiró.
—España nos envió su unidad de reconocimiento,¿verdad? Bien. Su misión es simple: sobrevolar la costa de Grecia. Hay reportes preocupantes.
Minutos después, cuatro cazas volaron hacia el este.
La ciudad costera griega que encontraron… no era ciudad. Era ruina encendida. Bombardeos recientes. Columnas de humo.
—Madre mía… —susurró Valeria.
Una torre de control medio destruida respondió por radio:
—Vuelo de reconocimiento,aquí Torre de Atenas… ¿me reciben?
—Recibido. ¿Qué pasó?
—Mejor pregunten qué no pasó. Nos atacan cada día. Hoy tuvimos suerte.
Valeria apretó los dientes. No dijo nada más.
Noticias que aplastan
A la mañana siguiente, el comedor estaba en silencio. Ojos rojos. Mandíbulas tensas.
—Em, ¿qué pasó? —susurró Valeria.
Emmyli solo señaló la pantalla.
Teherán. Un dron mostraba una batalla que parecía sacada del infierno: explosiones, tanques siendo arrancados de cuajo, soldados huyendo, gritos… hasta que una máquina derribó al dron.
El presentador dijo, arrogante:
—La defensa ha sido un desastre.Los soldados parecen incompetentes…
Los pilotos en el comedor estallaron en insultos.
—¡A ver si ese cobarde pelea contra las máquinas!
—¡Idiota de escritorio!
Valeria cerró los ojos. Algo en su interior empezaba a resquebrajarse.
El día decisivo
Cuatro días después, un nuevo mensaje del noticiero:
—Arabia Saudí ha caído.Irán, Irak y varios países más han sucumbido…
El general reunió al escuadrón de Valeria.
—Esta vez no es reconocimiento—dijo con tono grave—. Escoltarán un bombardero B-7 hasta Riad. Lleva… una cabeza nuclear.
Silencio absoluto. El corazón de Valeria se congeló. "¿De verdad vamos a usar esto…?"
—Campos —continuó el general—. Tú pilotarás el B-7.
Ella solo asintió, incapaz de hablar.