La calle bullía de vida. Vendedores pregonaban, madres reñían a sus hijos y niños jugaban entre los autos. Un día normal, el último día normal. De pronto, un sonido agudo cortó el aire como una navaja.
Valeria alzó la vista y lo vio: un bombardero cruzando el cielo como un verdugo silencioso.
Algo cayó.
Ella no se movió. Su mente sí, su cuerpo no.
El impacto abrió el mundo como una herida gigante. Un hongo nuclear se elevó, tragándose colores, ruidos y esperanza. La onda expansiva arrasó la ciudad, evaporando personas, silenciando voces. Niños que dejaron de existir antes de entender qué ocurría.
Un soldado, a pocos metros, la miró mientras su piel se desprendía como ceniza.
—¿Por qué...?—logró decir antes de desaparecer.
Valeria intentó correr, pero sus piernas eran columnas rotas. El calor la devoró, la luz la tragó. Y justo cuando la muerte la tocó...
—
Se despertó gritando, empapada en sudor, el corazón golpeándole el pecho.
—Fue...solo un sueño... —murmuró entre sollozos, intentando convencerse de algo que ella misma no creía.
Las manecillas del reloj marcaban las 6:15 a.m. Se vistió con manos temblorosas. Cada nudo en sus botas era culpa, cada hebilla un recuerdo que no vivió pero sentía como propio.
Porque todos creían que ella había lanzado la bomba.
El Comedor
El ambiente era fúnebre. Las miradas de los demás se clavaban en ella como bayonetas. Valeria se sentó sola con un pan duro y un café aguado.
En la pantalla, el noticiero anunciaba:
—Última hora:la capital de Arabia Saudí ha sido destruida por un ataque nuclear del Alto Mando...
Valeria dejó de escuchar. "No fueron veinte mil. Esa ciudad tenía millones... Y ni un autómata se destruyó", pensó.
Entonces llegaron unos pasos familiares. La voz que antes reconocía como amiga ahora sonaba monstruosa.
—Hola, Val. ¿Cómo dormiste? —preguntó Emmyli.
—¿En serio puedes estar tan tranquila después de lo que hiciste?
—Valeria... ¿otra vez? Yo solo cumplía órdenes.
—No es excusa para matar millones de civiles.
—Si no lo hacíamos, los autómatas habrían usado esa ciudad contra nosotros —replicó Emmyli, levantándose—. Antes te admiraba por valiente. Ahora solo eres una cobarde que no sabe obedecer.
Valeria apretó los dientes sin responder. No confiaba en lo que podría salir de su boca.
El Hangar
El bombardero descansaba como una bestia dormida. Valeria lo miraba con asco, miedo y rabia. Ese monstruo había llevado la muerte a una ciudad inocente.
—¿Crees que hoy tocaste fondo, niña? —una voz áspera rompió el silencio—. Todavía hay caminos más oscuros.
Era un hombre de más de cincuenta años, marcado por cicatrices e historias pesadas.
—¿Quién es usted? —preguntó Valeria.
—Marco Rinaldi. Me llaman el Lobo. Sé quién eres, Valeria Ortiz. Y sé lo que no eres: una asesina. Tú no apretaste ese botón.
Valeria tragó saliva. Nadie más lo había dicho en voz alta.
—La guerra no se detiene porque tú estés rota —continuó Marco—. Nuestra flota combate en Chipre. Necesitamos pilotos.
—No sé si puedo volver a un caza...
—El hierro se afila con hierro. No rehúyas el fuego que te hará más fuerte.
Las alarmas de la base interrumpieron la conversación.
La Misión
Valeria corrió hacia su caza. Vio a Emmyli en el suyo, más adelante. No se miraron, o quizá se miraron demasiado.
Despegaron en formación rumbo a Chipre. En el horizonte, barcos hundidos, fuego y humo pintaban el paisaje de destrucción.
El Combate
Valeria era perseguida por tres cazas autómatas. Cayó en picado, levantándose a un metro del agua. Dos drones se estrellaron contra el océano. El tercero lanzó misiles, pero ella contraatacó. Explosión.
Milagrosamente, seguía viva. Pero entonces vio a Emmyli alejarse sola, en dirección contraria al combate.
—Emmyli... ¿a dónde vas? El combate NO es por ahí.
—Estoy persiguiendo un caza enemigo. Lo vi escapar.
—Mi radar está limpio. Dime qué haces o te derribo.
Un silencio eterno llenó la radio.
—¿En serio me matarías por lo que pasó en Arabia? —preguntó Emmyli, incrédula.
Valeria no contestó. Solo respiró hondo.
—Tienes hasta tres.
—Val,no lo hagas.
—Uno...
—Valeria,por favor...
—Dos...
—Somos amigas desde niñas,piensa... piensa por favor...
Valeria apretó los dientes.
—Tres.
El cielo tembló cuando la ametralladora rugió. Uno de los cazas se desgarró y el mundo explotó en fuego.
FIN DEL CAPÍTULO