Mediterráneo oriental – minutos después de Chipre
El agua helada le azota la cara como latigazos.
Valeria abre los ojos.
Lo primero que siente es sal quemándole los labios partidos y un dolor agudo que le atraviesa las costillas, como si se las hubieran roto a martillazos. A su alrededor, cuerpos hinchados flotan boca abajo, meciéndose entre restos de fuselaje y bidones de combustible.
Se incorpora. El mundo da vueltas.
Al otro lado del casco inclinado del buque mercante semihundido, ve a Emmyli.
Está viva. Sangra por la ceja, pero está viva.
El recuerdo llega de golpe:
—Tienes hasta tres.
—Val, no…
—Uno.
—Somos amigas desde niñas, por favor…
—Dos.
—Tres.
Y justo cuando Valeria iba a disparar, el impacto en la cola.
No fue Emmyli.
Fue algo detrás de ella.
Un puto dron.
Valeria tose agua salada y sangre. Se arrastra por la cubierta resbaladiza; cada movimiento es como un cuchillo entre las costillas.
Emmyli se pone de rodillas, mirándola sin parpadear.
Valeria (con la voz rota):
—¿Desde cuándo?
Emmyli sonríe. Le falta un diente.
Emmyli:
—Desde antes de Riad.
Valeria siente la rabia subirle por la garganta como bilis.
Valeria:
—Hija de puta.
Se lanza. No hay técnica. Solo odio.
El primer puñetazo sale flojo, torpe. Emmyli lo esquiva y le hunde el codo en la sien. Valeria ve estrellas. Se tambalea, pero se agarra al mono de Emmyli y las dos ruedan por el casco inclinado, resbalando sobre aceite y sangre.
Pelean como animales.
Valeria le clava los dedos en el pelo y estrella la cara de Emmyli contra el metal. Una, dos veces. Emmyli gruñe, le muerde el antebrazo hasta el hueso. Valeria grita, le da un rodillazo en el estómago. Se revuelcan, se arañan, se escupen sangre.
Emmyli encuentra un trozo de tubo oxidado y lo levanta.
Valeria lo bloquea con el antebrazo; el dolor le nubla la vista.
Emmyli intenta ahorcarla con el tubo.
Valeria le mete los dedos en los ojos.
Emmyli suelta un alarido y retrocede.
Valeria se pone de pie como puede, saca la pistola de la funda con la mano temblando, la amartilla y apunta.
Valeria (casi susurrando):
—Te odio.
Emmyli escupe sangre y sonríe.
Emmyli:
—Tú también lo harías. Solo que yo tengo cojones para admitirlo.
Un zumbido bajo rompe el silencio.
Un dron grande, negro y plateado, aparece flotando a dos metros.
No dispara. Solo observa.
Una voz mecánica, tranquila, casi maternal, sale del aparato:
—No dispares. Por favor.
Valeria aprieta el gatillo un milímetro más.
Voz:
—No es necesario más dolor.
El dron baja un brazo mecánico.
Emmyli se deja coger sin resistencia.
Antes de elevarse, le suelta un último puñetazo a Valeria en la cara.
Un golpe seco, casi cariñoso.
Emmyli (susurrando mientras sube):
—Adiós, Val.
El dron se pierde entre las nubes.
El casco da un crujido largo, definitivo.
El agua sube por las botas de Valeria, por las rodillas, por la cintura.
Ella no se mueve.
Solo se queda sentada, mirando el cielo vacío donde desapareció su amiga.
El mar se la traga despacio.