Nuestro Último Atardecer

Capitulo 9: Unas Navidades especiales.

Sentada en el sofá de su casa, con un libro entre las manos, Sara releía por enésima vez la misma línea. No conseguía concentrarse. Era evidente que todo lo acontecido hacía ya una semana en aquel yate la tenía atormentada, sobre todo aquel instante en el que Kai le reveló sus sentimientos y la forma en que ella, incapaz de reaccionar con claridad, había respondido. No lo había vuelto a ver desde entonces, ni había recibido noticia alguna, ni rastro suyo en los medios, como si se lo hubiera tragado la tierra.

Finalmente, cansada de no poder avanzar en su lectura, se dio por vencida y cerró el libro, exhalando un abatido lamento. Su mirada se deslizó entonces hacia una pequeña mesa de cristal a su lado. Sobre ella había un pequeño paquete aún sin abrir, dos cheques —uno de ellos en blanco— y una carta de escaso contenido que decía:

“Lo siento, hija. Una vez más el trabajo se ha complicado y debo quedarme más tiempo del previsto, pero prometo hacer todo lo posible para pasar contigo el Año Nuevo. Te adjunto dos cheques: el primero, ya sabes, para los gastos de la casa; el otro es para que te compres algo que te haga feliz y que compense un poco mi ausencia.”

Sara observó con melancolía aquella nota y sus ojos se humedecieron. Era veinticuatro de diciembre, Nochebuena. Una noche para pasar junto a las personas más importantes de tu vida, alrededor de una mesa repleta de comida. Sin embargo, ella estaba sola. Ya estaba acostumbrada a los desplantes de su padre. Michael y Alicia se habían ido fuera de la ciudad junto a sus familias y, si hubieran sabido que su padre no acudiría, la habrían arrastrado sin dudarlo a su celebración. Pero en el fondo era mejor así. Desde hacía cuatro años, esa época del año le resultaba cada vez más difícil de soportar.

A pesar de todo, no quiso ceder al llanto. Decidió que el tiempo de las lamentaciones ya había pasado y, en un intento por sobreponerse, se dirigió a la cocina para preparar la cena, que por supuesto, no era más que una serie platos precocinados que solo necesitaban un golpe de calor. Abrió la nevera y sacó un rosbif relleno, comprado para la ocasión, que decía “listo en cinco minutos”. Tras leer cuidadosamente las instrucciones, lo extrajo del envase y lo metió en el microondas. Mientras esperaba, se quedó ensimismada mirando las luces parpadeantes enroscadas alrededor de un gran abeto blanco.

Podía parecer extraño —aunque solo fuera para ella—, pero todavía llenaba su casa de adornos navideños y decoraba con enormes bolas rojas aquel árbol blanco de Navidad que un día compró junto a Allen, un recuerdo luminoso de tiempos más cálidos, cuando la felicidad parecía eterna.

El agudo timbre de la puerta sonó repentinamente, devolviéndola a la realidad con un sobresalto.

Se acercó, algo desconcertada, y observó por la mirilla. No vio a nadie, así que pensó que se habían equivocado. Cuando se alejaba de la puerta, el timbre sonó de nuevo…

Volvió a mirar, esta vez más preocupada y asustada. Logró distinguir, con dificultad, a un hombre trajeado que volvió a tocar con más insistencia.

Ante la persistencia de aquel desconocido, Sara decidió abrir la puerta con mucha cautela.

—¿Qué desea? —preguntó con voz temblorosa.

—Buenas noches, somos del catering.

—¿Del catering? —repitió, confundida—. Perdone, pero debe de haber una confusión.

—¿Es usted la señorita Sara Márquez, ¿verdad?

—Sí, pero…

—Entonces no hay ninguna confusión —confirmó con seguridad.

—Pero yo no he contratado ningún catering.

—Usted no —aclaró con naturalidad—. Ha sido el señor Kai. Soy su cocinero particular. Él nos ha dado instrucciones muy precisas: debíamos venir a esta casa. Así que, si no le importa, le ruego que nos permita entrar para comenzar a trabajar. Ya hemos perdido bastante tiempo.

Sara resopló. Por supuesto que todo aquello era obra de Kai. ¿Cómo no lo había considerado antes? Aunque aún reticente, les permitió pasar. Junto a él entraron seis camareros más, todos igualmente trajeados, que se distribuyeron por la cocina y comenzaron a trabajar con una sincronización impecable.

Sara los observaba completamente idiotizada; jamás en su vida había visto nada parecido.

En ese momento, hizo su aparición el artífice de alterar la tranquilidad de la joven escritora.

—¡Feliz Navidad! —saludó efusivamente el atractivo editor.

Sara lo estaba esperando con ansias para rendirle cuentas.

—Señor Roswell, ¿qué significa todo esto? ¿Cree que puede hacer lo que quiera en mi casa?

—Tu padre me ha dado permiso —explicó.

—¿Mi padre? —inquirió Sara, arrugando el entrecejo mientras se cruzaba de brazos, tratando de aparentar calma que no sentía.

—Sí —respondió Kai, dando un paso más cerca, con voz suave—. Me llamó para decirme que no podría pasar las Navidades contigo y que estarías sola…

—No debió involucrarse —replicó ella, mordiendo ligeramente el labio—. Ese no es asunto suyo.

—Puede que no —admitió Kai, con un toque de ternura en la voz—, pero no podía dejarte sola en Nochebuena y, además… —hizo una pausa, dejando que el silencio se llenara de significado— tenía muchas ganas de verte.

Sara se dio la vuelta de inmediato, intentando que él no viera cómo se le encendía el rostro. Su corazón latía con fuerza; no podía creérselo. Después de todo lo ocurrido entre ellos en el barco…

—¿En… entonces cenaremos solo usted y yo? —preguntó, con un hilo de voz mientras sus piernas amenazaban con ceder.

—Esa fue mi idea inicial —dijo Kai, con un guiño travieso—, aunque después pensé que sería más divertido con más gente, así que…

De pronto, unas voces conocidas rompieron la intimidad. Sara se quedó paralizada; aquellos gritos eran tan familiares que su corazón dio un vuelco. Sin pensarlo, corrió hacia el balcón, sus dedos aferrándose al pasamanos de madera. No podía ser verdad… tenía que estar equivocada.




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