Nuestros sueños

Capítulo 14

El ambiente era frío

Veía el mundo con un filtro azulado. Estaba en Impius, en el castillo de Impius.

—Mi niña, Evangeline— se escuchaba el eco de una voz en las habitaciones.

Evie estaba en Impius claro estaba, pero era un Impius que ella no conocía pero si miraba con más detenimiento era uno que no recordaba.

Observando con mayor precisión. Estaba en el que era su cuarto de juegos. Las paredes están tapizadas con pequeños dibujos de hadas y ponys.

Llena de juguetes. Un pequeño caballo de madera con el que podía mecerse; un gran castillo de tres pisos, de juguete; un dragón de felpa; varías muñecas de trapo y porcelana perfectamente arregladas, delicadamente cuidadas y peinadas.

La mayor parte de las paredes tenían repisas donde había más juguetes, trenes de madera, xilófonos, tambores, pegasos, caballos, listones, moños, gorros, etc.

Ya no recordaba que tuviera tantas cosas.

Nuevamente la voz resonó en el lugar pero esta vez cantando una canción de cuna, una canción que conocía, era la canción que su tía solía cantar para arrullar.

Solamente que esta, sonaba melancólica.

Siguió la voz, saliendo del cuarto de juegos, camino por el pasillo hasta llegar al que era y es su habitación. Estaba segura que el camino era mucho más largo que lo que recorrió pero no le dió importancia.

Toda su atención fue a una mujer.

Estaba parada en el umbral del balcón, las puertas estaban cerradas. No se reflejaba su rostro en el cristal.

—¿Quién eres?— preguntó y al escuchar su voz. El canto se calló.

La mujer se volteó, y a quien vió fue a su madre. No se veía tan diferente de ella, en otras circunstancias, hubiera creído que era un doble de ella. Sin embargo en este sueño, esta versión de su madre le habían pasado los años.

Sin malentender.

No parecía una jovencita de su edad o de la edad en que murió. Pero si se veía como una mujer jovén. Tal vez así su mente la imaginaba si tan solo siguiera aquí.

—¿Evangeline?— A pasos grandes la mujer se acercó a la jovén. Acaricio su cabello, su cara. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, erizando todos sus vellos, al sentir las frías manos, dignas de una muerta.

—Mamá— fue la única palabra que salió de su boca.

—Cuánto has crecido— murmuró mientras seguía acariciándola —, no tenemos mucho tiempo.

Las manos de su madre pasaron de su cara a sostener sus manos.

—No entiendo.

—Cuándo estés en peligro la tierra te guardará pero debes tener cuidado porque no te devolverá. No vayas al paraíso. No lo busques.

Las palabras que decía eran confusas parecían un acertijo. La forma tan acelerada llegó a asustarla.

—No…

—Yo estaré bien. Dile a Kiara que gracias por cuidar de tí, que la extraño. A Clarisa que la perdonó y que también me perdone. A Alden, que me hubiera encantado verlo crecer. Y tu padre, dile a tu padre que lo amó y siempre lo amaré. Siempre estaré con ustedes.

De repente sintió su cuerpo, el ambiente más frío de lo que era.

Exhaló. El vapor que salía de su cuerpo era gracias a la baja temperatura.

El fantasma de su madre desapareció y una fuerza la empujó hacia adelante.

Cruzó sus brazos en forma de escudo esperando el impacto de su caída. En su lugar cayó a un un vacío dió una vuelta completa y cuando se recompuso ya estaba despierta, sentada en su cama, con sus brazos en la misma posición que en su sueño; en la habitación que siempre había sido suya.

La luz de la mañana ya entraba por su ventana, la punta de sus dedos recobraron el calor poco a poco. Frotó sus ojos antes de salir de la cama.

Llevaba puesta una sencilla bata que con el movimiento parecía estar hecha de aire. Fue hasta su balón, y el primer suspiro de viento pasó por sus mejillas.

Busco el reloj de tierra que se tenía en cada cuarto. Lo encontró reposando en la barandilla de piedra. El reloj era un cuenco donde doce piedras anchas que fueron enterradas en tierra al derredor de un palo de madera, en la posición donde se encontraba. El sol podía hacer que la sombra del palo diera la hora conforme la posición de las pierdas.

Y en ese momento eran las 9 de la mañana.

—Me he quedado dormida— murmuró.

Evangeline volvió a entrar a su habitación, caminó hasta su armario, saco un vestido de color purpura y unas zapatillas de piso doradas. Se baño y secó su cabello invocando una brisa testaruda. Cuando estuvo seco se peinó en una trenza floja, que dejaba fuera un par de rizos. El vestido facilitaba su movimiento. Sin muchas capas. Sin mangas muy abombadas. La falda no tocaba el piso lo que le permitía caminar sin la necesidad de alzarlo todo el tiempo.

Bajo a la cocina para comer algo. Debieron haber servido el desayuno a las ocho de la mañana y ya era mucho más tarde de esa hora.

Al entrar a la cocina, sorprendente estaba vacía, no había ni un alma. Entonces hizo lo más razonable que haría un adulto. Comer pastel. Abrió la cámara refrescante donde solían guardar los postres, pan, pasteles, gelatina, en algunas ocasiones helado. Cámara que escondían de ella muy a menudo, pero ya no era una niña, ya no estaba vigilada.



#4224 en Fantasía
#845 en Magia

En el texto hay: dragones, drama amor, magia reina

Editado: 03.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.