Nuevo Amanecer: Noches de Masacres

Nuevo Amanecer: Noches de Masacres Capitulo 21

Nuevo Amanecer: Noches de Masacres capitulo 21: El color del alba

El silencio del ático era denso, casi sofocante. Kael permanecía sentado junto a la pequeña ventana, con la mirada fija en el pueblo dormido.

Las luces apagadas, las calles vacías, todo parecía inmóvil, como una pintura detenida en el tiempo.

El cansancio empezó a pesarle en los párpados, y aunque luchó por mantenerse alerta, su mente comenzó a divagar.

Sin darse cuenta, el mundo a su alrededor cambió.

El frío de la noche desapareció y fue reemplazado por una brisa suave. Kael parpadeó y, de pronto, ya no estaba en su casa. Se encontraba en la plaza principal, bañada por la luz del día.

El cielo era claro, azul, y el pueblo parecía… normal. Vivo. Tranquilo.
La gente caminaba, reía, hablaba entre sí.

—Kael —lo llamó alguien.

Se giró y vio a Leslie, sonriéndole desde la entrada del ayuntamiento. Más allá, Joel acomodaba unos sacos cerca de su granja. Todo estaba intacto.

Todo estaba como antes.

Entonces los vio.

Los forasteros.

Llegaban por el camino principal, cargando mochilas y miradas curiosas. Los aldeanos se acercaban con cautela, pero sin miedo. Kael sintió cómo su cuerpo avanzaba por sí solo, saludándolos, dándoles la bienvenida.

—Sean bienvenidos a Nuevo Amanecer —escuchó decirse a sí mismo.

Sarah estaba ahí, sonriendo nerviosa. Emily caminaba a su lado.

Jessica observaba desde la fuente, con expresión tranquila.

Por un momento, Kael sintió alivio. Como si todo lo ocurrido nunca hubiera pasado. Como si el horror hubiera sido solo una mala racha… o una imaginación desbordada.

Pero entonces algo empezó a fallar.

Los sonidos se apagaron poco a poco. Las risas se distorsionaron, volviéndose graves, lentas. Las voces se estiraban como si vinieran desde muy lejos.

Kael miró a su alrededor y notó que los rostros comenzaban a perder definición. Los ojos de la gente se oscurecían, sus sonrisas se torcían de forma antinatural.

—Esto no está bien… —murmuró.

La plaza empezó a deformarse. El suelo parecía hundirse y las casas se inclinaban hacia adentro, como si lo observaran.

El cielo azul se manchó de sombras oscuras que se movían lentamente.

Kael retrocedió.

—¡Jessica! —gritó.

Ella seguía allí, pero ya no lo miraba. Su rostro estaba quieto, inexpresivo. Cuando por fin levantó la vista, sus ojos no reflejaban nada.

—No debieron venir —dijo una voz que no parecía la suya.

Un golpe seco resonó.

Kael se giró bruscamente, y el mundo se quebró como un vidrio.

—¡Kael! ¡Kael, abre!

Se despertó sobresaltado, con el corazón desbocado y la respiración agitada. La oscuridad del ático lo rodeaba de nuevo. El sueño se desvanecía, pero la sensación de inquietud permanecía, clavada en su pecho.
Los golpes en la puerta continuaban, cada vez más fuertes, más desesperados.

—¡Kael!

Bajó las escaleras a toda prisa y abrió la puerta de golpe.

Sarah estaba allí.

Su rostro estaba pálido, desencajado, y parecía a punto de colapsar. Temblaba de pies a cabeza.

—Rápido… —dijo con voz quebrada—. Alístate… tienes que venir a la plaza… algo muy grave pasó.

Kael la sostuvo por los hombros, intentando que lo mirara.

—¿Qué pasó, Sarah? ¿Qué es lo que viste?

Ella abrió la boca, pero las palabras no salieron. Sus labios temblaron, sus ojos se llenaron de terror.

—Ellos… —susurró apenas.
Y antes de poder decir algo más, su cuerpo se desplomó sin fuerzas.

Kael la atrapó justo a tiempo, sintiendo cómo el peso muerto caía en sus brazos. Alzó la vista hacia la noche silenciosa, hacia el camino que conducía a la plaza.
El sueño aún resonaba en su mente.

Y por primera vez, Kael tuvo la sensación de que no había despertado del todo.




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