Aron caminaba por las calles con las manos dentro de los bolsillos, mirando distraídamente el suelo. A su alrededor, la ciudad continuaba con su ritmo habitual: autos pasando, personas conversando y negocios cerrando poco a poco.
Pero él apenas escuchaba nada.
Su mente seguía atrapada en la discusión con Lucía.
¿Habré tomado la decisión correcta?
La pregunta aparecía una y otra vez.
Aron intentaba convencerse de que había sido lo mejor para ambos, pero una parte de él seguía esperando que Lucía lo llamara o apareciera frente a él para decirle que todo podía arreglarse.
Pero no ocurrió.
Después de caminar durante un largo rato, finalmente llegó a su casa.
Sacó las llaves del bolsillo y abrió la puerta.
—¡Aron! Ya llegaste.
Era María, su madre.
Aron levantó la mirada.
—Sí, mamá.
María sonrió al principio, pero su expresión cambió rápidamente.
Conocía demasiado bien a su hijo como para no notar que algo estaba mal.
—¿Estás bien?
Aron dejó sus cosas a un lado.
—Estoy cansado. Después hablamos.
Intentó pasar de largo, pero María lo observó con atención.
—Hijo... ¿qué pasó?
Aron se detuvo.
Durante unos segundos permaneció de espaldas a ella.
Podía contarle lo ocurrido.
Podía decirle que había discutido con Lucía.
Podía admitir que se sentía mal.
Pero no encontró las palabras.
—Nada, mamá. Solo tuve un día complicado.
—Aron...
—Después hablamos, ¿sí?
María guardó silencio.
Finalmente asintió.
—Está bien. Pero si necesitás hablar, sabés que podés contarme.
Aron no respondió.
Subió las escaleras lentamente hasta llegar a su habitación.
Abrió la puerta y entró.
Allí estaba su computadora, sus videojuegos y algunas cosas que normalmente conseguían distraerlo.
Cerró la puerta detrás de él.
El sonido del pestillo hizo que la habitación pareciera todavía más silenciosa.
Aron se sentó frente al escritorio.
Encendió la computadora.
La pantalla iluminó su rostro.
Por unos segundos se quedó mirando el menú principal de uno de sus videojuegos favoritos.
Normalmente, jugar era suficiente para despejar su cabeza.
Pero aquella vez no funcionaba.
Abrió una partida.
Jugó durante unos minutos.
Perdió.
Volvió a intentarlo.
Volvió a perder.
Aron dejó el control sobre el escritorio.
—Qué día de mierda...
Se recostó en la silla y cerró los ojos.
Entonces escuchó un pequeño sonido.
—Miau.
Aron abrió los ojos.
Mochi, su pequeño gatito, estaba parado junto a la puerta.
El animal lo observaba fijamente.
—¿Vos también querés saber qué me pasa?
Mochi volvió a maullar.
Aron soltó una pequeña risa.
—Ojalá pudieras hablar.
El gatito caminó hasta él y se acomodó cerca de sus pies.
Aron lo miró durante unos segundos.
—Al menos vos siempre estás acá.
Mochi levantó la cabeza.
Aron sonrió débilmente.
—Gracias.
Durante un rato permaneció jugando mientras Mochi descansaba a su lado.
Pero la noche avanzó.
Y con ella, los pensamientos de Aron volvieron a aparecer.
Cada vez que miraba la pantalla, recordaba a Lucía.
Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba su voz.
Finalmente apagó la computadora.
La habitación quedó completamente a oscuras.
Aron se acostó en su cama y miró el techo.
—Quizás mañana sea diferente...
Mochi saltó a la cama y se acomodó cerca de él.
Aron cerró los ojos.
Pero aquella noche le costó mucho dormir.
A la mañana siguiente, María volvió a tocar la puerta.
—Aron, ¿vas a desayunar?
No hubo respuesta.
—¿Aron?
Silencio.
María frunció el ceño.
—Bueno... te dejo el desayuno afuera.
Se alejó lentamente.
Dentro de la habitación, Aron permanecía acostado.
No tenía ganas de levantarse.
No tenía ganas de hablar.
Ni siquiera tenía ganas de encender la computadora.
Solo quería que el día pasara.
Y, sin darse cuenta, aquel deseo comenzaría a convertirse en una costumbre.
Un día pasó.
Luego otro.
Y poco a poco, la habitación de Aron dejó de ser simplemente su lugar de descanso.
Se convirtió en el único lugar donde quería estar.