La luz que rodeaba a Aron se hizo cada vez más intensa.
Por un instante sintió que todo su cuerpo flotaba.
Después, nada.
No escuchaba a Lexia.
No escuchaba ningún sonido.
Solo una profunda sensación de calma.
Hasta que algo cambió.
Aron sintió calor.
Un calor suave y reconfortante.
También sintió que alguien lo sostenía entre sus brazos.
Intentó abrir los ojos.
Al principio todo estaba borroso.
Poco a poco, su visión comenzó a aclararse.
Lo primero que vio fue el rostro de una joven mujer.
Ella lo sostenía con cuidado, mirándolo con una expresión llena de emoción.
A su lado había un joven hombre.
Ambos parecían muy jóvenes.
Aron los observó confundido.
¿Quiénes son...?
Intentó moverse, pero algo se sentía extraño.
Sus brazos eran pequeños.
Sus piernas también.
Intentó hablar.
—Aa...
Solo consiguió producir un pequeño sonido.
Entonces recordó las palabras de Lexia.
"Renacerás como un bebé humano."
Aron abrió los ojos con sorpresa.
Así que era verdad...
Había renacido.
Pero había algo que todavía no comprendía.
Observó nuevamente a los dos jóvenes.
La mujer lo acercó un poco más contra su pecho.
—Es hermoso...
El hombre sonrió.
—Nuestro hijo.
Aron se quedó inmóvil.
¿Nuestro hijo...?
Poco a poco comprendió.
Aquellos dos jóvenes eran sus nuevos padres.
Su padre y su madre en aquella segunda vida.
Aron comenzó a observarlos detenidamente.
¿Cuántos años tendrán?
Por su apariencia, ninguno parecía tener demasiada edad.
Aron intentó calcularlo.
¿Diecisiete? ¿Dieciocho? ¿Quizás veinte?
Le resultaba extraño pensar que aquellas personas, que parecían tan jóvenes, ahora eran sus padres.
Pero antes de poder seguir pensando, algo más llamó su atención.
El lugar.
Todo estaba oscuro.
No había electricidad.
No había lámparas modernas.
No había pantallas.
Nada de lo que había conocido en Argentina.
La única iluminación provenía de unas pequeñas llamas.
Velas.
Aron las observó con atención.
Eran lo único que reconocía de aquel lugar.
Como cuando se cortaba la luz en casa...
Pero aquella oscuridad era diferente.
Mucho más profunda.
Entonces escuchó un sonido.
—Auuuuuu...
Aron se quedó quieto.
Sus nuevos padres también levantaron la mirada.
El joven hombre observó hacia la ventana.
—Otra vez esos aullidos...
La mujer abrazó un poco más fuerte a Aron.
—Será mejor que no salgamos esta noche.
Otro aullido se escuchó a lo lejos.
—Auuuuuu...
Aron sintió curiosidad.
¿Qué clase de criaturas viven acá?
Entonces vio algo al fondo de la habitación.
Una silueta pequeña estaba acostada cerca de una pared.
Aron entrecerró los ojos.
No podía verla con claridad.
Pero aquella figura le resultaba familiar.
La luz de una vela se movió ligeramente.
Y entonces pudo distinguirla.
Un pequeño cuerpo.
Dos orejas.
Pelaje conocido.
Y alrededor de su cuello...
un collar dorado.
En el centro del collar había una pequeña esmeralda verde.
Los ojos de Aron se abrieron completamente.
No podía creerlo.
No...
Una lágrima recorrió su rostro.
—M... Mochi...
Su madre se sorprendió.
—¿Por qué llora?
Pero Aron no podía responder.
Había reconocido aquella silueta.
Era él.
Mochi.
Su compañero de la antigua vida.
El pequeño gato que había elegido llevar consigo.
El mismo que había estado a su lado cuando se sentía solo.
Aron comenzó a llorar.
Pero esta vez no era tristeza.
Era felicidad.
Intentó mover sus pequeños brazos hacia él.
—Mochi...
La silueta se movió.
El gato levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos reflejaron la luz de las velas.
Durante unos segundos observó al bebé.
Entonces sus orejas se levantaron.
—¿Aron...?
Aron se quedó completamente sorprendido.
Podía entenderlo.
Lexia había cumplido su promesa.
Mochi se levantó y caminó rápidamente hacia él.
—Aron...
El pequeño gato llegó hasta sus brazos.
Aron lo miró mientras las lágrimas seguían cayendo.
—Estás acá...
Mochi apoyó la cabeza contra él.
—Te dije que no te iba a dejar solo.
Aron sonrió.
Por primera vez desde su muerte, sintió que realmente tenía una segunda oportunidad.
Ahora tenía una nueva familia.
Un nuevo mundo.
Y a su mejor compañero a su lado.
Pero todavía no sabía qué clase de lugar era aquel.
No sabía qué criaturas producían aquellos extraños aullidos.
No sabía por qué sus nuevos padres eran tan jóvenes.
Ni sabía qué secretos escondía aquel mundo.
Solo sabía una cosa:
Su segunda vida acababa de comenzar.
Y esta vez, no estaba solo.