Cinco años habían pasado desde que Eiden Vareth había llegado a aquel mundo.
Aunque su cuerpo seguía siendo el de un niño, su mente conservaba los recuerdos de su antigua vida. Y esa mezcla hacía que tuviera una curiosidad difícil de controlar.
Desde que había descubierto la existencia de la magia, Eiden no había dejado de hacerse preguntas.
¿Qué tan grande era aquel mundo?
¿Qué otros tipos de magia existían?
¿Había personas capaces de hacer cosas todavía más increíbles?
Y, sobre todo...
¿Qué había más allá del Reino Humano?
Aquellas preguntas llevaron a Eiden a pasar cinco días prácticamente encerrado entre libros.
Había conseguido varios libros de magia de la biblioteca de su familia y los había leído una y otra vez.
—Magia de agua... magia de tierra... magia de fuego...
Eiden pasaba las páginas rápidamente.
Había descubierto que existían diferentes sistemas y niveles de magia. Entre los conocimientos básicos que había aprendido, tres elementos aparecían constantemente en los libros:
Agua.
Tierra.
Fuego.
Eiden memorizaba hechizos, conceptos, propiedades mágicas y hasta las distintas formas de controlar el maná.
Pero había algo que le interesaba incluso más.
Un enorme mapa del mundo.
Lo extendió sobre la mesa y comenzó a observarlo con atención.
—Así que este es el mundo...
Sus ojos recorrieron cada región.
El Reino Humano.
El Continente Elfo.
El Continente Demoníaco.
El Reino de los Gigantes.
El Continente Bestia.
El Continente Pantano.
Y, al norte, el enorme Continente Polar.
Eiden quedó fascinado.
—Hay muchísimo por explorar...
Sin embargo, algunas zonas del mapa estaban marcadas con símbolos que no lograba comprender.
—¿Y esto qué significa?
No obtuvo respuesta.
Eiden levantó la cabeza.
Estaba completamente solo.
Entonces escuchó una voz desde la puerta.
—Significa que llevás cinco días sin dormir como corresponde.
Eiden se congeló.
—Eh...
Lyra estaba parada en la entrada con los brazos cruzados.
—Eiden.
—Sí, mamá...
—A dormir.
—Pero todavía me falta muchísimo por aprender.
—Precisamente por eso tenés que dormir.
Eiden suspiró.
—Está bien...
Antes de guardar los libros, levantó una mano.
Una pequeña esfera de agua apareció sobre su palma.
Lyra abrió los ojos sorprendida.
—¿Aprendiste magia de agua?
Eiden sonrió.
—También tierra y fuego.
La esfera desapareció.
Un pequeño fragmento de tierra se elevó desde el suelo y luego una pequeña llama apareció sobre su otra mano.
Lyra lo miró con una mezcla de sorpresa y orgullo.
—Definitivamente sos mi hijo.
—¿Eso significa que puedo seguir estudiando?
—No.
—¿Ni un poquito?
—A comer.
—Bueno...
Un rato después, Lyra puso la comida sobre la mesa.
—¡Eiden, ya está lista la comida!
—¡Ya voy, mamá!
Eiden se sentó rápidamente.
Miró alrededor.
—¿Y papá?
Lyra tomó asiento.
—Aldren salió. Tenía una misión de aventurero.
Eiden dejó de comer.
—¿Una misión de aventurero?
—Sí.
Los ojos de Eiden brillaron.
—¿Papá es aventurero?
—Claro. ¿Nunca te lo había contado?
—¡No!
Eiden comenzó a hacer preguntas una detrás de otra.
—¿Qué hacen los aventureros? ¿Van a otros lugares? ¿Luchan contra monstruos? ¿Aceptan misiones? ¿Pueden explorar otros continentes?
Lyra soltó una pequeña risa.
—Una pregunta a la vez.
Pero Eiden ya estaba completamente emocionado.
Por primera vez, había encontrado algo que parecía conectar todas las cosas que había estado estudiando.
Magia.
Monstruos.
Reinos.
Exploración.
Y aventuras.
Horas después, Eiden estaba nuevamente afuera practicando magia.
Intentaba controlar el agua mientras mantenía la concentración.
—Vamos...
El agua comenzó a elevarse.
—Un poco más...
La esfera creció.
Eiden sonrió.
—¡Lo logré!
De repente, escuchó algo a lo lejos.
Clop... clop... clop...
Eiden se quedó quieto.
—¿Caballos?
El sonido se acercaba.
Mochi, que estaba descansando cerca, levantó las orejas.
—Parece que alguien está llegando.
Eiden corrió hacia el camino.
A lo lejos aparecieron cuatro jinetes.
El primero era Aldren.
—¡Papá!
Eiden corrió hacia él.
Aldren bajó del caballo y sonrió.
—¿Cómo está mi pequeño mago?
—¡Bien! Aprendí magia de agua, tierra y fuego.
—Eso ya me lo imagino.
Aldren miró hacia sus compañeros.
—Quiero presentarte a unas personas.
El primero era un elfo de apariencia elegante, orejas puntiagudas y cabello claro.
—Él es Aldebaran. Es un elfo y un excelente arquero.
Aldebaran inclinó la cabeza.
—Es un placer conocerte, Eiden.
—¡Igualmente!
Luego aparecieron dos chicas de rasgos felinos.
Eiden las observó con curiosidad.
—¿Son... hombres bestia?
—Exactamente —respondió Aldren—. Ellas son Luci y Linea. Son hermanas gemelas.
Luci hizo una pequeña reverencia.
Era tranquila y algo tímida.
—Mucho gusto, Eiden.
—Mucho gusto, Luci.
Después Linea dio un paso adelante.
—¡Yo soy Linea, miau!
Eiden sonrió.
—¡Hola!
Linea levantó orgullosamente el pulgar.
—¡Y soy la más fuerte de los cuatro, miau!
Luci suspiró.
—No hacía falta decirlo.
—¡Pero es verdad, miau!
Linea dio un paso hacia atrás y tropezó con una piedra.
—¡Auch! ¡Fue la piedra, miau!
Aldren se llevó una mano a la frente.